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Nicky, la Aprendiz de Bruja
Escrito por Agente Cooper   
Jueves, 16 de Abril de 2009


Valoración espectadores: 8.17

Nicky la Aprendiz de Bruja (Hayao Miyazaki, 1989)

Valoración de VaDeCine.es: 8

ImageTítulo original: Majo No Takkyubin
Nacionalidad: Japón
Año: 1989 Duración: 101 min
Dirección: Hayao Miyazaki
Guión: Hayao Miyazaki (Libro: Eiko Kadono)
Fotografía: Shigeo Sugimura
Música: Joe Hisaishi




Reviso de nuevo encantado esta edificante historia sobre crecer, dibujada con mimo y responsabilidad por un artista tan fascinante como imprescindible. Me refiero, claro, a Hayao Miyazaki, un venerable animador que siempre ha trabajado para los niños y se cuida muy mucho de poder contentar a todos ellos, razón por la que ha construido su obra a diferentes niveles. Empezando por Mi Vecino Totoro y concluyendo con la Princesa Mononoke, la filmografía del dibujante japonés se solapa de tal manera que cubre todo el espectro de edades comprendido entre la educación preescolar y el fin de la adolescencia. Y en todas sus películas sabe de qué hablar, y cómo hacerlo de la manera más entretenida y bella posible. 

En Majo no Takkyūbin, Miyazaki profundiza en el tránsito entre niñez y adolescencia contándonos las peripecias de una pequeña bruja: Kiki (me niego a ceder ante la estupidez de lo políticamente correcto, razón por la que se cambió el nombre de la protagonista, de Kiki a Nicky, en el título español). En el final de su proceso de formación, debe abandonar el nido paterno y valerse por sí misma en un nuevo lugar. Acompañada de su gato Jiji, llegará de este modo a Koriko, una preciosa ciudad costera donde decide establecerse. Allí conocerá a Osono, una panadera que le ofrecerá cobijo y un trabajo de repartidora a domicilio; y a Tombo, un chico enamorado de la aeronáutica. Debido a su trabajo también interaccionará con la señora Oku-Sama y con Úrsula, una artista un tanto hippie que vive en una cabaña en el bosque que rodea la ciudad. Todas estas figuras ejercerán una saludable influencia en la formación de Kiki.


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Miyazaki educa con profundidad, algo que se ha perdido en casi todos los productos de animación en la actualidad, muchos de ellos llenos de superficiales moralinas. Y lo hace a través de Kiki. Modélica en su comportamiento, en ella se expresan valores universales de manera sencilla y efectiva, sin alardes, para que cualquier niño, sea cual sea su cultura, pueda entenderlos. Nuestra protagonista aprende la importancia de perseverar ante la dificultad (frustración, enfermedad, complejos…), comprende la necesidad de mostrar respeto y afecto a las personas mayores así como la peligrosidad de los prejuicios; asimila el esfuerzo que cualquier recompensa requiere sin olvidar la prevalencia de lo espiritual sobre lo material, siempre con la bondad y la justicia como elementos irrenunciables. Tanto ella como su amigo Tombo son, además, niños sanos, activos y traviesos, con ese punto valiente y un poco inconsciente que tanto gusta al director y tan poco a esta (nuestra) generación de padres sobreprotectores.

Miyazaki es sabio. Asume con naturalidad la culminación del propósito que su protagonista se marca al principio de la historia. A pesar de haber mostrado con luminosidad la niñez de Kiki, una vez superada esta fase, con ella deben quedar ancladas ciertas cosas. El director lo ejemplifica durante la película: Jiji ha ido cediendo terreno narrativo frente a Úrsula, una figura fraternal, una especie de hermana mayor. El primero representa la infancia, la segunda la adolescencia; y Kiki, como símbolo del tránsito que experimenta, pierde al final la capacidad de comunicarse con su gato. No hay drama en ello, sólo el incesante fluir vital.


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Pero mis elogios no se remitirán únicamente al fabuloso contenido moral de esta obra. Su factura, tradicional y rebosante de belleza, se adorna con multitud de matices escénicos aderezados por la partitura de otro genio, Joe Hisaishi, compositor de cabecera de Ghibli. Miyazaki, fiel a su pluma y a su lápiz cuando hizo esta película y también ahora que corren tiempos de computadoras ultrarrápidas, exprime como nadie sus emplazamientos, aunque sea sólo uno en este caso. Su ciudad, mezcla de urbe centroeuropea de mediados de siglo y paraíso de la costa azul, está capturada con pasmosa minuciosidad en cada uno de sus dibujos, sobre todo en los numerosos planos a vista de pájaro (o de bruja en vuelo) que la película contiene.

Una joya de la animación, una más de las muchas que el maestro lleva ofreciendo desde hace más de 20 años.

Tags: Hayao Miyazaki  
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