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París, París
Escrito por Error Humano   
Miércoles, 15 de Abril de 2009


Valoración espectadores: 7.17

París, París (Christophe Barratier, 2008)

Valoración de VaDeCine.es: 7

ImageTítulo original: Faubourg 36
Nacionalidad: Francia
Año: 2008 Duración: 120 min.
Dirección: Christophe Barratier
Guión: Christophe Barratier
Fotografía: Tom Stern
Música: Reinhardt Wagner
Intérpretes: Gérard Jugnot (Pigoil), Clovis Cornillac (Milou), Kad Merad (Jacky), Nora Arnezeder (Dulce), Bernard-Pierre Donnadieu (Galapiat), Maxence Perrin (Jojo), Pierre Richard (Sr. Radio)
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Navidad de 1935. La inestabilidad política divide a Francia ideológicamente. Al norte de París se asienta el Chansonia, un vetusto teatro de varietés que a duras penas capea el temporal de la depresión, centrando el ocio de un barrio obrero: ‘El barrio’ a ojos de Pigoil, nuestro protagonista, pues cuando el apego achucha no hay más terruño que el propio.

Dorado pasatiempo y balcón de los sueños para el pueblo llano, las “empresas” de especulación inmobiliaria no guardan tanto cariño al musical de revista, entretenimiento del vulgo, y acechan con sus debes y haberes la contabilidad del teatro. Así, en la nochevieja de aquel año, el acosado y hastiado cabaret hinca la rodilla ante la presión de sus mafiosos acreedores. Con él, el capital derriba a los trabajadores del recinto, pasando artistas y tramoyistas, nuestro Pigoil incluido, a engrosar la cola del paro en una época de carestía en la que por desempleo no existía prestación ni subsidio, y cuando era gente como los aquí retratados quienes luchaban por que hoy disfrutemos de unas mejores condiciones laborales.

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Sí, el mismo tío de Los Chicos del Coro, acompañado de una especie de Peter Sellers francés de chaqueta extraña.

En la dureza de ver todo perdido se encuadra París, París para, desde la esperanza, mostrar hasta dónde llega la ilusión del colectivo. Aquel “¡Proletarios de todos los países, uníos!” tira hacia delante de estos desempleados, y juntos emprenden la ocupación del deshauciado local para alzar de nuevo el telón. Sin permisos, sin propiedad privada, pero repletos de sueños y esfuerzo intentarán revitalizar la sala de variedades. Muchas son las limitaciones y diversas las excusas que cada uno escoge para afrontar el reto, aunque en definitiva todos se mueven por una misma motivación: reconstruir sus maltrechas vidas, pues era su oficio su sentido de ser y el Chansonia, su hogar. A él entregaron todo sin mirar quien figuraba en las escrituras. Ahora sólo anhelan poder seguir subsistiendo de su profesión: el mundo del espectáculo.

Tras la internacionalmente distribuida y aclamada Los Chicos del Coro (2004), Christophe Barratier vuelve, con éste su segundo trabajo, a andar por la cuerda floja de la sensiblería y las buenas intenciones. Toca decidir al espectador si el melodrama es excesivo o, aunque dulce, no empalaga; y aquí puede inclinar la balanza lo nublado del día o de dónde sople el viento, pues realmente en la repetición de la fórmula maestra de su ópera prima, puede que a Barratier se le vaya la mano. No obstante, y a pesar del subjetivo juicio final, es innegable que su nostálgico retrato de la época aporta una notabilísima dirección artística y cuidadas interpretaciones al estilo clásico, aquél en el que el chico sabe encender un cigarrillo como nadie y la chica acapara todas las miradas cuando entra en escena (espectacular Nora Arnezeder, nombre a seguir). Así, en mi humilde opinión, París, París, entrañable y sencilla, logra atrapar al modo de los antiguos largometrajes, esos que programan en televisión una soleada tarde de sábado y, sin planearlo ni darte cuenta, acabas viendo emocionado junto a tu padre en el sofá de casa.

Es ése el mayor mérito de la cinta: funcionar a pesar de todo, exaltando el mundo de las varietés con unos números musicales sobresalientes. Una reivindicación muy al estilo de la que Tornatore reservara para el viejo cine en su joya Cinema Paradiso (1988), si bien, para evitar decepciones, conviene aclarar que esta París, París es notoriamente inferior.

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Nervios entre bambalinas. Emoción, intriga y dolor de barriga.

Acusada de tocar mil temas y no ahondar en ninguno, la película elude esta crítica desde su propio espíritu, pues, en este fresco de un barrio parisino del 36, son las dificultades del día a día, las pequeñas glorias y miserias, las que cobran sentido y no los hechos históricos que aquí, sabiamente, son el marco referencial. En el fondo, los objetivos del film no van más allá de los perseguidos por los propios espectáculos de variedades que retrata: entretener, hacer llegar su sutil y comprometido mensaje, emocionar, divertir… pero, ante todo, arrancar el aplauso del patio de butacas. Llegue desde aquí el mío.

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