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Adios a mi Concubina
Escrito por Agente Cooper   
Viernes, 21 de Noviembre de 2008


Valoración espectadores: 5.40

Adiós a mi Concubina (Chen Kaige, 1993)

Valoración de VaDeCine.es: 6

AdiosConcubina cartelTítulo original: Ba Wang Bie Ji
Nacionalidad: China
Año: 1993 Duración: 171 min
Dirección: Chen Kaige
Guión: Lillan Lee (guión y novela); Wei Lu; Bik-Wa Lei
Fotografía: Changwei Gu
Música: Jiping Zhao
Intérpretes: Leslie Cheung (Cheng Dieyi "Douzi"); Fengyi Zhang (Duang Xiaolou "Shitou"); Li Gong (Juxian)



Andaba Chen Kaige por España la primavera pasada presentando su primera incursión en la ópera: Turandot de Puccini. En Adios a mi Concubina, se acercó de manera tangencial a este bello arte, utilizando el periplo vital de dos actores de la tradicional Ópera de Pekín, para reflexionar sobre los profundos cambios que tuvieron lugar en el país asiatico durante el siglo XX, en un empeño parecido al que anteriormente hizo Bernardo Bertolucci en El Último Emperador (1987), película que la precedió y también la supera en calidad y ambición, si bien ambas son un prodigio estético de la época, y el largometraje de Kaige resulta mucho más intimista en su planteamiento.

Chen Kaige es uno más de los integrantes, junto a Yimou Zhang, por ejemplo, de la denominada “quinta generación de directores chinos,” graduados en 1982 e hijos del fracaso de esa gran mentira para perpetuar a Mao Tse Tung que fue la Revolución Cultural de 1966, mutiladora del futuro cultural e intelectual del país. Como muchos otros, el director chino formó parte de la Guardia Roja durante la revolución, denunciando a su propio padre ante el partido y condenándolo así a trabajos forzados. Pecado éste que, tras la maduración y ya sin el lavado de cerebro, trató de expiar en algunos pasajes de ésta película.

Como en todo periplo vital, la niñez tiene capital importancia a la hora de forjar la personalidad de un individuo. Douzi (Leslie Cheung), hijo de una prostituta y abandonado por ella en la academia de un viejo actor, es adiestrado desde pequeño en esta academia en papeles de mujer (debían ser interpretados por hombres) bajo una disciplina marcial que condicionará su propia identidad sexual. La brutalidad de su maestro, necesaria según él para un buen adiestramiento, no es asimilada por el rebelde Douzi hasta que habiendo escapado de la escuela (la primera vez que traspasa sus muros) decide volver tras asistir a hurtadillas a una representación operística y quedar prendado. 


AdiosConcubina 1


Su protector durante esta traumática etapa, Shitou (Fengyi Zhang), se convertirá en su partener artístico cuando, pasado el tiempo, el éxito llama a sus puertas. La relación fraternal (y sexual en cierto modo) que entre ambos se forja, se verá trastocada por la irrupción de Juxian (Li Gong), prostituta arribista que arrebatará a Shitou de su compañero enamorado.

Estos tres imperfectos personajes soportan el resto de la historia y son nuestros vectores a través de la Historia. Sus miserias, sus intrigas y traiciones, pero también sus actos de amor y respeto ocurren sobre un lienzo de aroma político que abarca medio siglo XX, desde los tiempos previos a la invasión nipona en los años 30, hasta el final de la Revolución Cultural en 1976. La generalmente excelente factura de la cinta, cuya paleta de colores parece inagotable, adolece en más de una ocasión de cierto preciosismo y ampulosidad, no siempre tan necesario como en, a mi entender, su punto fuerte: el retrato de un (el) arte que se marchita inexorablemente -y con él nuestros dos actores- ante la deriva de una sociedad cambiante, que ha dejado de entender su esencia y lo ve como un entretenimiento elitista, un vehículo hacia el poder o, peor aún, como una amenaza.

Sin embargo, el resto de la película deambula perdida a medio camino de muchas cosas, sin hacer diana en nada más. Durante sus casi tres horas de duración no son pocos los momentos de sopor, sobre todo en las tres primeras cuartas partes del film, levantando el vuelo al final. Creo que el tempo pausado mezcla perfectamente con el espíritu de la obra. Ese no es el problema. Me da la sensación de que la presencia como guionista de la autora de la novela sobre la que se basa la película, debió forzar una exagerada fidelidad a la obra literaria. Si no, no se entiende este exceso de metraje, fácilmente recortable mediante la supresión de escenas absolutamente superfluas que no afectan al mensaje principal, como por ejemplo el reencuentro con el viejo maestro o una adicción al opio que comienza y termina sin dejar poso alguno, pero añade un significativo minutaje a la cinta. Un buen uso de las tijeras hubiera podido reducir aproximadamente a dos horas la duración de Adiós a mi Concubina. Hablaríamos entonces de una personalísima visión de una nación a través del individuo y su arte, y no de una película altamente sobrevalorada.

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