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El Sabor de las Cerezas
Escrito por Agente Cooper   
Viernes, 21 de Noviembre de 2008


Valoración espectadores: 9.00

El Sabor de las Cerezas (Abbas Kiarostami, 1997)

Valoración de VaDeCine.es: 8.5

SaborCerezas cartelTítulo original: Ta'm e guilass
Nacionalidad: Irán
Año: 1997 Duración: 98 min
Dirección: Abbas Kiarostami
Guión: Abbas Kiarostami
Fotografía: Homayor Payvar
Música: VV.AA.
Intérpretes: Homayon Irshadi (Mr Badii); Abdolrahman Bagheri (Mr Bagheri); Safar Ali Moradi (soldado); Afshin Khorshid Bakhtiari (guarda); Miir Hosein Noori (seminarista)
Trailer


El Sabor de las Cerezas
es una película de capital importancia en la historia del cine iraní. Supuso la consagración de Abbas Kiarostami como director al conseguir la Palma de Oro en Cannes en el año 1997 -compartida con La Anguila (Shohei Imamura, 1997)- y, a su cobijo, explotó una generación de directores que han puesto de moda esa poética y minimalista mirada que proviene del país musulmán. Nombres como Jafar Panahi (El Círculo, 2000); Samira Makhmalbaf (La Manzana, 1998; La Pizarra, 2000), o, en menor medida, Marjane Satrapi (Persépolis, 2007), entre otros, son productos un cine que ha florecido en medio de la constricción de libertad acaecida en el país tras la revolución islámica de 1979, la misma (o parecida) situación que produjo en España, durante la dictadura, la cristalización de maravillas como El Verdugo (Luis Garcia Berlanga, 1963) o Bienvenido Mr Marshall (Luis Garcia Berlanga, 1952)… pero todo esto es historia, y lo que aquí tenemos entre manos es una película que por sí sola merece toda la atención del espectador.

Un hombre deambula con su coche por las calles de Teherán en busca de ayuda. No busca trabajadores. Pronto observamos que necesita un desconocido. Quiere morir. Es éste cine de conceptos donde la causa no importa, no esperen saber la motivación del protagonista, sólo tiene importancia la licitud o no del hecho en una sociedad donde el suicidio es considerado una aberración. Viajamos con él en el asiento del copiloto, testigos mudos con la cámara como perspectiva. No resulta fácil encontrar el compañero necesario para su propósito, y dudo que lo fuera en cualquier caso en nuestra sociedad.


SaborCerezas 1


El primer candidato es un joven soldado kurdo mal pagado al que le vendría de perlas el dinero que nuestro protagonista le ofrece. Sin embargo, alguien acostumbrado a la muerte (es kurdo y soldado iraní) declina la idea argumentando que no es ningún matarife y huye despavorido ante la insistencia del hombre. De modo que se establece la primera paradoja del relato, que confronta la facilidad para la guerra, para la muerte en definitiva, con esta otra muerte sin vendaje político o religioso, mucho más complicada de aceptar. Sobre la religión profundizará más con el segundo de los candidatos, un seminarista afgano que invocando al Corán también rehusará la petición. Nuestro protagonista hace tambalear algunos de los pilares sobre los que la sociedad se levanta en ambas disputas. Kiarostami quiere un debate sin condiciones, sin axiomas inabordables, completamente abierto. Es por ello que el suicida tampoco será inmune a la duda sobre su acto.

Decía Kant que la realidad (el noúmeno) es independiente y diferente de como nosotros la percibimos (el fenómeno) a través de la ventana de nuestros sentidos, pero que lo único que podemos conocer es ésta realidad percibida, nunca la realidad en sí misma. Un discurso parecido, que ahonda en la relatividad de todo lo que nos rodea, es usado por alguien mucho menos ilustre que el filósofo alemán. Un simple taxidermista del Museo de Historia Natural de Teherán, con la experiencia de la vejez como único y preciado aval, trata de explicar a nuestro protagonista en el último de los litigios entre suicida y observador, que la vida es un estado de ánimo, no un ente capaz de ser comprendido hasta el punto de querer acabar con él. Una preciosa conversación repleta de sencillez e inteligencia que sirve de corolario a esta dialéctica, subrayada por el constante tránsito del protagonista en su coche, que Kiarostami propone en torno a la muerte voluntaria, recordando por su precisión, seriedad y profundidad al mismísimo Bergman.


SaborCerezas 2


La escasez de medios técnicos no limita el torrente poético que la cámara de Kiarostami es capaz de ofrecer en un entorno donde parece complicado buscar la belleza. Y debe ser así, porque como espectadores debemos sufrir un proceso parecido al que el protagonista experimenta. Nos movemos en un paisaje afeado, lleno de polvo y tierra, durante casi toda la película –la fealdad también necesita una excelente fotogarafía para resaltar el carácter metafórico del entorno-. Sin embargo, tras la última conversación, la cámara es capaz de insinuar la duda del protagonista con un puñado de espléndidos encuadres que, sin duda, suponen ese "sabor de las cerezas" del que le hablaba el viejo taxidermista y da título a la película. Un elemento reduccionista que sin embargo cuenta, por como se cuenta en la conversación, con gran capacidad emotiva.

Pero, de nuevo, cada individuo es diferente y desconocemos si la esperanza que salvó al viejo es suficiente para el señor Badii. Kiarostami no pretende dar lección alguna y lleva su discurso hasta el final abierto que la película, y cualquier intención de hacer reflexionar al espectador, merece. Nuestro protagonista consuma el acto, pero la naturaleza de éste permite, mediante la inteligente ocultación de su comienzo (la salida del hombre de casa se rueda desde el exterior, sin que veamos que sucede exactamente en el interior) y su final (la cámara se coloca a la espalda del protagonista), albergar la duda. Incluso el director, en un movimiento algo pretencioso en mi opinión, da una vuelta de tuerca más a la relatividad del asunto al mostrar, como colofón de la obra, imágenes del propio rodaje de la película que, supuestamente, sirven para marca una nueva línea divisoria; esta vez entre realidad y ficción... o quizás simplemente para salvar la censura.

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