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Oz, un mundo de fantasía
Escrito por Error Humano   
Miércoles, 13 de Marzo de 2013


Valoración espectadores: 7.25

Oz, un mundo de fantasía (Sam Raimi, 2013)

Valoración de VaDeCine.es: 7,5

Oz, un mundo de fantasía (Sam Raimi, 2013)Título original: Oz: The Great and Powerful
Nacionalidad: Estados Unidos
Año: 2013 Duración: 127 min.
Dirección: Sam Raimi
Guión: Mitchell Kapner, David Lindsay-Abaire (novela: L. Frank Baum)
Fotografía: Peter Deming
Música: Danny Elfman
Intérpretes: James Franco (Oz), Michelle Williams (Glinda/Annie), Rachel Weisz (Evanora), Mila Kunis (Theodora), Zach Braff (Finley/Frank), Bill Cobbs (Maestro Tinker), Tony Cox (Knuck)
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LUMINOSA ODA AL ARTIFICIO

Arrancan los títulos de crédito de Oz y uno ya empieza a sospechar que se encuentra ante un ejercicio de ingenio: preciosos y circenses letreros se suceden por el arte de la tramoya. Decorados que se superponen y bailan movidos por hilos, activados por resortes. Teatro, telón y aplauso. Enseguida aparecen los referentes: El hombre elefante aquí, un joven Tim Burton allá (Danny Elfman obliga), George Meliés, sobre todo. El asunto podría haber resultado únicamente un recurso estético, pero va más allá. Se trata de algo mucho más serio; de toda una declaración de intenciones, un anticipo del enfoque venidero. Porque Sam Raimi no ha ceñido su labor a realizar un entretenimiento colorido y tridimensional, que también, sino que ha aprovechado magníficamente este encargo, a priori descabellado (una precuela de nada menos que la mítica El mago de Oz), para elevar el mensaje del cine como generador de ilusiones, para reivindicarse a sí mismo como artesano, de paso.

James Franco, perfecto Mago de Oz.

Así, de una precuela que trata de explicar cómo el mago llegó a la Ciudad Esmeralda, Sam Raimi hará una verdadera oda al artificio, un alegato por el fascinante trampantojo. James Franco será el genial embaucador, sublime en la composición de un egoísta prestidigitador de circo que será conducido, tornado mediante, de Kansas a la mágica tierra de Oz. Antes de Dorothy, antes incluso de su propia leyenda. En el prólogo de la película, rodado en un bello blanco y negro que homenajea a su vez los inicios del clásico de Fleming, conoceremos al personaje en cuestión. Un ilusionista mujeriego, grandilocuente y ególatra; encantador, a pesar de todo. También en este arranque del film se nos darán las pistas que luego tendrán su reflejo en Oz, donde el mago, aclamado como un mesías salvador, encontrará la ocasión para alcanzar su tan ansiada grandeza, la aclamación popular, los tesoros con los que siempre soñó. También la oportunidad de redimirse que jamás se había planteado. De hallar su propia bondad, abrirse a un amigo y hacer andar a los lisiados, si hiciera falta.

Porque de eso trata este largometraje, de eso también el maravilloso musical de 1939: de la amistad, el valor, la nobleza, la fe y el amor. Y Sam Raimi no solo comprende todo ese cándido universo, sino que lo potencia sin ningún tipo de complejo, sin ruborizarse por hablar de brujas buenas y malas, por teñir de verde a la villana, por respetar pero reformular el clásico. Y todo ello -he aquí la magia-, lejos de marchitar una propuesta estrenada en el actual y resabiado 2013, engrandece la inocencia aquí defendida. Quien se deje guiar por el camino de baldosas amarillas quedará maravillado por el asombroso mundo de Oz, un espacio para el genio y la fantasía. Homenaje al clásico, decíamos. Pero también fruto de sus tiempos digitales, aprovechando las nuevas oportunidades, cautivando por el camino a multitud de niños. Definitivamente, Raimi ha hecho claqué con sus zapatos rojos.

Luminosa Michelle Williams. Contrapunto a las oscuras Weisz y Kunis. Tremendo reparto.

Pero más allá de la aventura (trepidante pero irregular por momentos), de la conseguida comedia y de la habilidad para hilar el clásico con ésta su precuela, Sam Raimi, decíamos, ha aprovechado Oz para reivindicar el papel del cine como generador de ilusiones, ensalzando así lo que aquella cinta con Judy Garland y su arco iris significaba en esencia. En este alegato, Raimi comenzará a fundirse con el mago protagonista del relato: ambos ilusionistas, ambos necesitados de la capacidad del público para creer en su arte de birlibirloque y, definitivamente, ambos enamorados de ese sencillo pero maravilloso invento llamado cine (¿americano o francés? ¿Edison o los Lumière?). Simples imágenes en movimiento, pero de una capacidad única para generar empatía, tejer historias y ensueños. Sólo es necesario creer en ello, dejarse llevar por el artificio. Aquél utilizado por Meliés para reinventar la ficción o viajar a La Luna, por Fleming para aterrizar en Oz. El último largometraje de Sam Raimi es, en definitiva, todo lo que La invención de Hugo pretendió ser. Pero donde Scorsese naufragó (en que el film crease su propia magia, más allá de referencias interartísticas y su amor por el medio), Sam Raimi se ha elevado construyendo un film luminoso, fascinante. Y aunque uno ya sabe que el cine sólo son fuegos artificiales, el hechizo ha funcionado. A servidor, crédulo infante, Raimi lo ha dejado boquiabierto. Él es, sin duda, el auténtico Mago de Oz.

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