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El cielo sobre Berlín
Escrito por Jazz Baker. Colaborador   
Sábado, 05 de Enero de 2013


Valoración espectadores: 9.00


Valoración de VaDeCine.es: 9

Título original: Der Himmel über Berlin
Nacionalidad: Alemania oeste- Francia
Año: 1987 Duración: 128 min.
Dirección: Wim Wenders
Guión: Wim Wenders (Novela: Peter Handke)
Fotografía: Henri Alekan (B&W)
Música: Jürgen Knieper
Intérpretes: Bruno Ganz (Damiel), Peter Falk (Der Filmstar), Solveig Dommartin (Marion), Otto Sander (Cassiel), Curt Bois (Homer), Hans Martin Stier, Elmar Wilms, Lajos Kovacs, Bruno Rosaz

Trailer

Están ahí. Aunque no podamos verlos o tocarlos, velan por nosotros. Mi hermana mayor, que apenas sumó unas horas de vida, uno de ellos. A veces lo hacen desde los elevados tejados de la capital alemana. Desde allí contemplan cómo ha evolucionado el mundo desde el primer día, mucho antes de acoger al hombre sobre su superficie para que, como la termita con la madera, acabe destruyéndola. Sus córneas y sus notas han registrado fielmente cómo los inmensos prados, atravesados ayer por animales salvajes en libertad y por riachuelos de agua limpia, son hoy montañas rectangulares de ladrillo y cristal.

Contemplaron cómo salíamos de la cueva para erigir metálicos puentes que nos permitieran llegar al otro lado, titánicos bloques donde atrincherar a docenas de familias a precios astronómicos, amplias y solemnes avenidas por donde circular cientos y cientos de coches. Una majestuosa arquitectura originada por genios privilegiados que no ha impedido que vivamos rodeados de millones de hombres y mujeres semejantes a nosotros y que, a la vez, paradójicamente, nos sintamos terriblemente solos. Un mundo pensado con el cerebro donde le cuesta latir al corazón.


De esta situación son conscientes los ángeles cuando descienden de los suelos de teja y nube y caminan a nuestro lado, cuando escuchan esa voz interior que escondemos en nuestros adentros. Esas preocupaciones que nos desvelan y nos dificultan el sueño, que nos hacen olvidar lo verdaderamente importante –la dueña de aquella mirada azul a la que en un mes de noviembre estuve a punto de conocer–.

Intentan consolarnos, darnos fuerzas para seguir adelante. Poco más. Sus actuaciones están limitadas por las reglas dictadas por un dios misericordioso y benevolente que ha optado porque el hombre salve al hombre sin ayuda divina. Y nosotros, error de cálculo, modelados a imagen y semejanza de nuestro creador, no somos más que el lobo del hombre. En vez de tender un brazo para ayudar, sacamos el cuchillo para obtener un beneficio inmediato en metálico. Y claro, así nos va.

En un elegante blanco y negro, con una fotografía espectacular, Wim Wenders recoge la visión que tienen los ángeles de nosotros. Su maestría a la hora de desplazar la cámara por distintos rincones de la Biblioteca Nacional de Berlín, o desde el cielo de una urbe que dirige Europa con mano de hierro en guante de hierro, sumado a la clase que demuestra en el montaje, hace que El Cielo sobre Berlín sea un título que te absorba y no te devuelva a tu rutina diaria hasta que desaparezca de la pantalla el último de los títulos de crédito. Hipnotiza. Seduce. Engancha.


Pese a saber todo de nosotros, en vez de avergonzarse de nuestro fracaso y odiarnos por nuestra mezquindad, los ángeles nos quieren. Hasta el punto de que el salto al vacío de un joven sin ganas de seguir peleándose con los lunes y los martes les duele como si les clavaran a ellos una lanza en el costado. Esta mirada convierte a este largometraje en un sentido y profundo ejercicio de amor a la humanidad. Un canto a la esperanza y a un futuro mucho mejor que este nefasto presente que asfixia a una indignada mayoría.

Tan grande es este amor que nos profesan que uno de ellos decide perder sus alas y transformarse en uno de nosotros. Sentir el peso de una piedra en su mano, el olor a tabaco que queda adjunta a la camisa rallada cuando se sale de la cafetería de la esquina, la amargura que lega en el cielo del paladar un sorbo de una taza ardiente de café sin leche, el frío en la piel de una mañana desapacible de un invierno en el que flojean las ventas de los modestos puestos a pie de calle. Saber del corazón de una joven trapecista, de la paz que transmiten sus caricias en nuestro rostro, del fuego que regalan sus carnosos labios.

Una obra que se empezó a rodar a partir de unos bocetos conceptuales sin consolidar. Peter Handke, quien no se veía capaz de escribir un guión sobre una serie de ángeles en una ciudad dividida por un muro, tal y como le pidió Wenders, le envió a cambio una serie de monólogos sobre los que pudiese ir trabajando. Es por ello que el director recurre a la voz en off mientras recorre la piedra, la carne y el hueso de Berlín. Un muro que, pese a la visión que de nosotros guardan los ángeles, retrata al hombre como lo que realmente es: la mayor y más mezquina de las ratas.

Una película que impacta sobremanera a todo aquel que la visiona. Las reflexiones de carácter filosófico de los ángeles, las dudas y desconsuelos de hombres y mujeres, la creación del hombre reunida y dispuesta en la urbe alemana, una música que secuestra sístoles y diástoles, la calma y verdad que transmiten todas las interpretaciones, la curiosa y brillante mezcla de color y blanco y negro, las maestras elecciones a la hora de situar la cámara y cómo y por dónde desplazarla dentro de una escena, los sentimientos puros que transmite… todo ello hace de este multipremiado título una de esas películas que jamás se olvidan.

Y al final de todo, lo que realmente hace girar al mundo. Por quien merece la pena morir. Siempre una mujer.

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