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Magnolia
Escrito por Error Humano   
Viernes, 04 de Enero de 2013


Valoración espectadores: 9.50

Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999)

Valoración de VaDeCine.es: 9,5

Magnolia (Paul Thomas Anderson, 1999) Título original: Magnolia
Nacionalidad: Estados Unidos
Año: 1999 Duración: 188 min.
Dirección: Paul Thomas Anderson
Guión: Paul Thomas Anderson
Fotografía: Robert Elswit
Música: Jon Brion (canciones: Aimee Mann)
Intérpretes: Jason Robards (Earl Partridge), Philip Seymour Hoffman (Phil Parma), Tom Cruise (Frank T.J. Mackie), Julianne Moore (Linda Partridge), John C. Reilly (Jim Kurring), Melora Walters (Claudia Wilson Gator), Philip Baker Hall (Jimmy Gator), Jeremy Blackman (Stanley Spector), William H. Macy (Donnie Smith)
Trailer


Magnolia es la interconexión en sí misma, toda una suerte de pequeños detalles que conforman una red. Aquello del film coral, tan en boga hace un tiempo, pero con un importante matiz: se rebate a sí misma. Y es maravillosa. Porque Magnolia es la aproximación de Paul Thomas Anderson a las Vidas Cruzadas de Robert Altman desde la negación del propio formato. Ningún cruce acontecido será fruto del azar. Porque donde otros sostienen la casualidad, un categórico Anderson erige la causalidad. Y ya desde el prodigioso prólogo somos advertidos: el curioso caso de Green-Berry-Hill, el del buzo en medio de un bosque incendiado y el del suicida frustrado cómplice de su propio asesinato. "Estas no son cosas que simplemente ocurren por azar. No, por lo que a mí respecta, ésta no puede ser una de esas cosas..." implora reiteradamente el elocuente narrador durante el ingenioso truco que Anderson utiliza a modo de preámbulo donde captar la atención, para situar al espectador ante el interrogante venidero.

Y es que, si estas coincidencias no suceden por casualidad, ¿por qué suceden? Destino, podría ser la respuesta. O tal vez no. Tal vez el quid de la cuestión no esté tanto en que nuestro futuro esté escrito como en que nuestro pasado sea el que nos determina. Porque "puede que nosotros hayamos acabado con el pasado, pero el pasado no ha acabado con nosotros", se repite como mantra en la película. Y este pasado, lo que hemos sido, lo que hemos hecho o dicho, habrá de volver a nosotros cual bíblica maldición. Y al final, si el cielo viene con negros nubarrones, habrá de llover.

La enfermedad y el psicopompo hecho enfermero

Magnolia no es pues sino la historia de una alta probabilidad de lluvia sobre el Valle de San Fernando, California. Un día cualquiera. Un chaparrón sobre la existencia de un puñado de personas, nueve para concretar. Pero podría ser la vida misma. Porque P.T. Anderson es inmensamente ambicioso, que no pretencioso. No habrá tono dogmático, tampoco melodramático. Así, en el film encontrará cabida un intenso sentido del humor a pesar de las desgracias acontecidas. Y esperanza al final de todo. Es la vida, decíamos. Pura tragicomedia. En ella conviven enfermedad e ironía, inteligencia y tristeza, inseguridad y rencor, el perdón y los remordimientos, putos remordimientos... También el amor. Y a veces uno tiene esos sentimientos aunque no sepa dónde ponerlos.

El film, excesivo en su propio concepto, amalgama de reflexiones e interpretaciones, trufado de simbolismo y referencias, también reclama una defensa de la infancia en consonancia con la importancia del pasado antes resaltada. Así, varios de los personajes mostrarán cómo lo vivido en nuestra primera edad configura el adulto que seremos. Y allí aparece el abuso como origen de futuros desequilibrios. Un abuso, el sexual, ampliamente denunciado en nuestra sociedad actual, y otro con el que hemos sido más condescendientes: el psicológico. Esa presión a la que sometemos a nuestros hijos, obligados a la perfección, aquí encarnada en el inolvidable quiz show "What Do Kids Know?", otra ventana al inframundo del espectáculo explorada con amargura por Anderson (como ya hiciera en la precedente Boogie Nights, rendija hacia los entresijos del porno). La amoralidad de la industria. Una velada crítica a la masonería del establishment audiovisual. Pero sobre todo, el lamento por los juguetes rotos que todo ello excreta. 

La amoralidad del tipo respetable.

Será Paul Thomas Anderson el titiritero que ordene este caos que es la vida, destilando arte de la entropía. Un maremágnum contenido en un prólogo, tres actos y un epílogo, cual tragedia griega, para completar un guión increíblemente pertrechado. Y un montaje portentoso, sublime. Apoyado en la partitura de Jon Brion y la voz de Aimee Mann durante más de 180 minutos de metraje, cada acto se teje entrelazando hasta nueve relatos de manera harto efectiva, magistral. Encaje de bolillos. Allá estará la ejemplar presentación de personajes, el desarrollo de sus problemáticas, el extenso clímax convertido en tour de force para un espectador subyugado, atrapado en la maraña de historias, fascinado.

Magnolia es todo lo apuntado y mucho más. Es la alineación de los astros. Una de las mejores películas del final del pasado siglo, una de esas que se dan cada mucho tiempo, en la que todo encaja, fluye. Un largometraje en el que despunta sobremanera Paul Thomas Anderson (n. 1970), joven prodigio llamado a ser el mejor director de su generación, confluyendo en el espacio y el tiempo con un elenco de actores taumatúrgico: Seymour Hoffman, Moore, Robards, Cruise, H. Macy, Baker Hall, Reilly... Todos en estado de gracia, interpretando uno de esos tres o cuatro papeles por los que serán recordados para la posteridad. A la vez. Al alimón. Así que no, esto no puede ser una de esas cosas que ocurren por azar. No puede ser. Por lo que a mí respecta, no puede ser sólo una de esas cosas. Tal vez todo esto había de unirse en este formidable caleidoscopio que es Magnolia. Quizás, simple y llanamente, tanto talento estaba destinado a florecer es esta absoluta obra maestra contemporánea.

Estas cosas pasan.


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