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Los sin nombre
Escrito por Jazz Baker. Colaborador   
Miércoles, 24 de Octubre de 2012


Valoración espectadores: 8.50


Valoración de VaDeCine.es: 8.5

Título original: Los sin nombre
Nacionalidad: España
Año: 1999 Duración: 102 min.
Dirección: Jaume Balagueró
Guión: Jaume Balagueró (Novela: Ramsey Campbell)
Fotografía: Xavi Giménez
Música: Carles Cases
Intérpretes: Emma Vilarasau (Claudia), Karra Elejalde (Massera), Tristán Ulloa (Quiroga), Pep Tosar (Toni), Jordi Dauder (Forense), Toni Sevilla (Franco)


Trailer

Supimos de Jaume Balagueró (Lérida, 1968) gracias a su primer largometraje, Los sin nombre, estrenado en 1999, cuyo guión está basado en la novela –de mismo nombre– firmada por Ramsey Campbell, autor británico considerado por la crítica como uno de los maestros vigentes del relato de terror. Un título con fuerza, empaque y misterio. Además, un cartel sin estrellas de alfombra roja en el que emerge de la oscuridad reinante medio rostro angelical de mirada intranquila, de sonrisa borrada. Alicientes que predisponen a uno a entrar en la sala de cine expectante y ansioso.

El ambiente malsano preside la proyección desde la primera escena, aquella en la que Bruno Massera (Kerra Elejalde, un grande de nuestro cine) llega a la escena de un macabro crimen para llevar el caso. El cadáver es un cuerpo cruelmente torturado y desfigurado perteneciente a una niña que ya nunca se quedará en la residencia de la universidad el próximo fin de semana, que no podrá jugar con sus dos hijos al escondite inglés en su patio repleto de macetas rústicas, a la que no le permitirán asistir a cualquiera de las ochos manifestaciones diarias que se celebran en Madrid en estos lúgubres días. Que dejará a unos padres con el estómago a punto de escapar por la boca, con luto sin alivio de piel adentro, con ganas de acabar con todo. Sin esperanzas. Las pruebas para identificarla se limitan a una pulsera con su nombre y a una pierna cuatro centímetros más corta que la otra. Todo lo demás ha sido convenientemente eliminado.


Cinco años después, el matrimonio es bagaje, se disolvió. El daño irreparable fue tan grande que aquel nido de tristeza sólo duró un año más. Ella ahora se dedica en cuerpo y cuerpo –el alma se la destrozaron– a su rutinario trabajo. Intenta salir del pozo, luchar por empezar de nuevo. No es fácil. Nada fácil. Y las lágrimas resbalan por las mejillas en el borde de la piscina.

Suena el teléfono. Una voz de adolescente. Femenina. “Mamá, soy yo… ven a buscarme”. El alma en vilo, el corazón como cien purasangres encarando los últimos cincuenta metros del sprint. Amor de madre. Amor de Claudia, creíble por la afortunada y conmovedora actuación de Emma Vilarasau. Recurrirá al agente que se encargó del caso de su hija. Un hombre que dos semanas antes ha abandonado su carrera profesional, que no recuerda ni dónde puso su placa. Se siente dolido, hastiado. La vida tampoco le ha recompensando las buenas acciones. Busca alejarse de su rutina y tomar distancia de sus recuerdos para empezar de nuevo –también–. Sin embargo, Claudia no se lo permitirá. No dejará que la abandone. Le cogerá de la mano, le mirará a los ojos, y de herida de muerte a herido de muerte le pedirá socorro. No podrá negarse, y tras estudiar el caso, acabará admitiendo que pudieron haberse equivocado en su día y que su hija, quizás, siga viva.


Una ardua investigación que les conducirá a caminos a los que solemos negarles la existencia. Nos complace pensar que esa gente no existe, que no hay desgraciados con una mente tan podrida y corrompida. Que, de existir, son sólo cuatro gatos negros que no han de cruzarse nunca con uno. Y, por supuesto, nos equivocamos. Las sectas y los clanes con fines perversos han estado presentes a lo largo de la historia. Hitler, por ejemplo, militó en uno de ellos. Siguen y seguirán ahí.

Para ayudarles en estos terrenos pantanosos contarán con un reportero de una revista dedicada a los fenómenos paranormales. O más bien un periodista aburrido de documentar avistamientos de ovnis cuya existencia nunca consiguen demostrar, lloros en rojo de imágenes de escayola, de encuentros en la tercera fase. Un joven al que se le escapa la vida entre tomadura y tomadura de pelo. Su nombre, Quiroga. Su intérprete, Tristán Ulloa.

La búsqueda de Ángela provocará que ningún espectador quede indiferente. No hay tregua, el ritmo de la película no permite descansar para coger aire. Quizás no entre dentro del género de terror –lo siento, de géneros no entiendo–, pero lo que está claro es que te obliga a removerte en la butaca, a que nunca estés cómodo, a que te sientas inseguro en la sala. No digamos ya al salir de ella de noche. A ello contribuyen un guión sólido, una ambientación soez y grosera, una oscuridad que todo lo pervierte, unos actores que transpiran verdad.


También ayudan esos cortes en los que aparecen imágenes macabras o tétricas enlazadas a unos ruidos maquinales que sobresaltan hasta al más duro de los marines de los EE.UU. Montajes breves que podrían aparecer en cualquier video de Marilyn Manson o Ministry para deleite de sus cientos de miles de seguidores. Cumplen su papel, es cierto. Sin embargo, para mi gusto, abusa de ellos. Por lo menos de tanto ruido estridente.

Un primer largometraje que le permitiría rodar en el futuro títulos con una vocación mayoritaria, tales como Darkness (2002), Frágiles (2005) y Rec (2007), aquel reportaje televisivo que ha acabado originando una franquicia formada por cuatro títulos. Por cierto, junto a Paco Plaza, también fue responsable de OT: la película (2002). Cosas de la vida.

En definitiva, un film muy atractivo que merece ser descubierto por un mayor número de personas. Para mí, su mejor obra. Y es que, de vez en cuando, está bien asustarse -un poco-.


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