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Smoke
Escrito por Jazz Baker. Colaborador   
Jueves, 18 de Octubre de 2012


Valoración espectadores: 9.00


Valoración de VaDeCine.es: 9

Título original: Smoke
Nacionalidad: Estados Unidos
Año: 1995 Duración: 112 min.
Dirección: Wayne Wang
Guión: Paul Auster
Fotografía: Adam Holender
Música: Rachel Portman
Intérpretes: Harvey Keitel (Auggie), William Hurt (Paul Benjamin), Stockard Channing (Ruby), Forest Whitaker (Cyrus Cole), Harold Perrineau Jr. (Rashid), Ashley Judd (Felicity)


Trailer


EL PESO DEL HUMO Y EL CAPRICHOSO AZAR

Son templos paganos donde no se reza a un ídolo de madera. Uno se encuentra allí en su propia casa. O mejor. Sus estanterías pueden estar ocupadas por libros desordenados de autores englobados en el boom latinoamericano, de cómics del mundo de los sueños o de defensores de la ley que la quebrantan constantemente para hacerla cumplir. Lo pueden estar también de botellas de vino tinto con etiquetas llamativas y de copas de boca ancha en las que catarlos, de rones y ponches, de tabaco de liar o de puros de contrabando. Lugares donde encontrarte y charlar con los amigos –los de siempre y los recién llegados a nuestros presentes– sobre la crisis, las manifestaciones, el tedio al que nos están condenando, lo caro que está todo, el fútbol, Muse o Vetusta Morla –esto siempre da mucho juego– y la tercera entrega del Batman de Nolan mientras observamos sin disimulo a las mujeres que se hayan dentro del alcance de nuestro radar, con las que intentamos cruzar la mirada y llamar su atención, con las que no pierden un segundo en uno y nos dejan tristes y rotos mientras sonreímos al tendido sin ganas.

En uno de estos maravillosos enclaves se reúnen para comprar tabaco los personajes de Smoke, la redonda y genial película codirigida por Wayne Wong y Paul Auster, aunque no lo recojan así los créditos. Un pequeño estanco ubicado en el corazón de Brooklyn en el que se evadirse de un mundo que les borra la sonrisa de la cara, en el que nada ha resultado como ellos habían soñado. Un oasis donde curar las heridas, donde reponer fuerzas y volver a creer. Donde poder fumar sin letreros que prohíban, sin dedos que acusen.


Si al frente del proyecto está Paul Auster, no podemos esperar otra cosa que no sean personajes bien definidos y trazados, diálogos inteligentes y posibles y, cómo no, una trama donde el azar juegue un papel determinante. Y cumple. Te crees todos los personajes, te llegan. Te duele lo que les pase, su cruz es tu cruz. Algo que debería cuidarse y mimarse en cada film y que, sin embargo, es rara avis.

Al frente del negocio está Auggie Wren. Un hombre que no sólo dispensa tabaco y da las vueltas correctamente. Es alguien que mira la vida con ilusión desde la misma acera, a la misma hora, con templanza y los ojos abiertos de par en par, dejándose sorprender por la vida. Un probable padre que con pinta de duro esconde un gran corazón, que ayuda al joven desorientado y a la antigua amante a la que tanto quiso. Un papel que borda un maestro de la interpretación, el gran Harvey Keitel.

Uno de los parroquianos es Paul Benjamin, el hombre que sabía pesar el humo. Un escritor atascado en su nueva novela, que no es capaz de domar al folio en blanco por la amargura que arrastra. Cuatro años antes, de manera fortuita, perdió lo que más quería en este mundo. Sin razones ni explicaciones. Una mala suerte que le robó la vida a dos inocentes, que dejó a un tercero de una pieza por fuera, de mil rotas por dentro. En su mundo de sombras, por aquello del destino, entrará de un empujón un joven metido en un lío con una banda de atracadores y, a la vez, en busca de sus raíces, Rashid. Para pagar su deuda, Paul Benjamin intentará ayudarlo, lo que le costará alguna que otra contusión.


Ruby y Cyrus son dos personajes que pululan alrededor de los tres anteriores. La primera es una mujer que exprimió la vida y la noche, su cuerpo y a los hombres. Tiene una hija a la que nunca le ofreció un padre que la protegiera y la guiara, que ahora está en problemas y rechaza todo rescate. Cyrus es un pobre hombre que se pega con la vida para sacar a su familia adelante. Trabaja en su propia gasolinera con un brazo de carne y hueso y otro de hierro. De su pasado no se siente muy orgulloso, y éste, sin él pretenderlo, se presentará doce años después para pedirle trabajo a cambio de muy poco.

Grandes personajes, perspicaces diálogos. Un tempo perfecto. Todo funciona maravillosamente hasta el último bloque. Y no, por favor, no piense que a partir de aquí comienza el declive. Ni mucho menos. A partir de este instante asistiremos a uno de los cuentos de Navidad más subyugantes y emotivos que uno pueda escuchar o asistir. Pura magia. Una pequeña pieza que no invita de forma tramposa y mezquina a la lágrima fácil. Que te lleva a la congoja con elegancia y maestría, que provoca que asomen las primeras humedades a los ojos. Y como hombres, juraremos que fue el humo.


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