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Los cautivos
Escrito por Carlos Díaz Maroto. Colaborador   
Martes, 17 de Julio de 2012


Valoración espectadores: 9.00


Valoración de VaDeCine.es: 9.5

Título original: The Tall T
Nacionalidad: Estados Unidos
Año: 1957 Duración: 78 min.
Dirección: Budd Boetticher
Guión: Burt Kennedy (Historia: Elmore Leonard)
Fotografía: Charles Lawton Jr.
Música: Heinz Roemheld
Intérpretes: Randolph Scott (Pat Brennan), Richard Boone (Frank), Maurreen O' Sullivan (Doretta), Arthur Hunnicutt (Ed), Skip Homeier (Billy Jack), Henry Silva (Chink)


Trailer

Randolph Scott (1898-1987) fue un hombre de sólida fortuna que hacía westerns porque le gustaba. Casualidad o no, su carrera se puede dividir en una serie de ciclos donde determinados directores fueron conformando una carrera coherente y vital. Ya en sus inicios, y como un presagio, Henry Hathaway rodó con él una serie de adaptaciones de novelas de Zane Grey, comenzando con El legado de la estepa (Heritage of the Desert, 1932), y que superan la media del western de serie B de la época. Después, directores como Edwin L. Marin, Ray Enright o André De Toth fueron ampliando ese recorrido de un actor considerado escasamente por muchos (incluido él mismo), pero que encarnó como pocos la figura del westerner honrado y recto. Randolph Scott era un caballero del sur, y transmitía su humanidad a los personajes a los que daba vida, ungiendo de convicción a sus cometidos con escasos bocetos.

A mediados de la década de 1950, Scott comenzó otro ciclo fílmico, esta vez dirigido por el gran Budd Boetticher (1916-2001). El primero de los títulos fue el magistral Seven Men from Now [dvd: Tras la pista de los asesinos, 1956]. Si bien los ciclos previos contienen entregas bastante estimables (en especial el de De Toth), con la etapa de Boetticher Scott alcanzó el culmen. Gracias también a unos excelentes guiones, muchos de ellos escritos por Burt Kennedy (1) , nuestro íntegro vaquero fue viendo su personalidad teñida de matices grises; el personaje unidimensión adquirió relieve, y muchas veces los forajidos adquirían mayor integridad que el propio protagonista.


The Tall T (1957), segundo título de la saga, no llegó a estrenarse en España (al igual que el primero), pero se emitió varias veces por televisión como Los cautivos (que es como se denomina la novela original de Elmore Leonard (2)), y con ese título ha acabado apareciendo en DVD. Con un conciso metraje de hora y cuarto, su arranque parece situarnos en un entorno cotidiano. Pat Brennan es el propietario de unas tierras (que no se verán en momento alguno) simpático y cordial, que verá cómo pierde su caballo en una apuesta cuando visita el rancho The Tall T para adquirir un semental. De regreso por el desierto, el conductor de la diligencia –el característico Arthur Hunnicutt, experto en papeles de esa índole– le permite acompañarles, y cuando llegan a la parada de postas se encuentran el lugar dominado por un trío de forajidos.

Con una estructura argumental que remite a la excelente El correo del infierno (Rawhide, 1951), de Hathaway, a partir de ahí el film se convierte casi en una pieza de cámara. El cine de Boetticher era muy admirado por la crítica cahierista francesa del momento, y casi podría decirse que el modo de narrar del realizador de Chicago posee toques bressonianos. Boetticher hace uso de una planificación sobria, al servicio de la historia; las imágenes están compuestas solo a base de planos generales y medios, sin un solo primer plano en todo el film. Escasos travellings siguen a los personajes. Lo que podría parecer que otorgaría escaso vigor al film, por el contrario, le confiere inmediatez, sequedad, y la narración se convierte en un cautivante estudio de caracteres.

Así pues, tenemos a nuestro protagonista, Pat Brennan, que en una situación límite habrá de buscar el modo de salir de ahí. Uno de los viajeros de la diligencia es Willard Mills (John Hubbard), un hombre desagradable que acaba de casarse con la madura Doretta (la encantadora Maureen O’Sullivan), una mujer gris y tímida que ve cómo su vida se está agostando al lado de un padre que la desprecia, y que para huir de esa mediocridad se casa con un hombre al que no ama y que sabe que solo la valora por su dinero. Los tres forajidos están compuestos por Chink (un espléndido Henry Silva), un hombre primitivo y que solo se mueve por instinto, y Billy Jack (Skip Homeier), un muchacho de cortos alcances y que es una sombra de Chink en muchos aspectos. Y el jefe, Frank Usher (un excelso Richard Boone), un hombre culto y en tiempos honrado, y que por circunstancias de la vida se vio impelido a delinquir; arrostra ese destino con pesar, y solo busca reunir el dinero suficiente para retirarse, y es capaz de percibir la falta de integridad en los demás, incluso por encima del héroe del film: ante la falta de moralidad de Mills, que vende su esposa a los delincuentes, Brennan le reprocha haberse aprovechado de la circunstancia; “Si usted no ve la diferencia no se la voy a explicar”, le replica Usher a Brennan.


Usher, además, está cansado de la conversación superficial de sus acólitos, que solo piensan en mujeres, y encuentra un alma afín con Brennan. Tal vez, en otras circunstancias, hubieran podido ser buenos amigos. Pero las cosas son como son, ambos están a lados contrarios de la balanza, y pese a que el vaquero le gusta, no dudará en matarlo si llega la ocasión.

El film ofrece una dureza sorprendente, en especial por el perfil psicopático del personaje de Chink (trasunto del de Jack Elam en la citada El correo del infierno), que no pestañeará en matar a un niño y luego arrojarlo al interior de un pozo; en un enfrentamiento, el propio héroe volará el rostro de uno de los forajidos con tal de salvarse. Son estallidos repentinos, leves, o incluso en off, pero empapan el metraje en su conjunto; ello, unido a lo agreste del paisaje, conforma un film árido, tenso, de emociones primarias a flor de piel. También demuestra que una película barata y de serie B puede alcanzar logros mucho más altos que filmes con aspiraciones mayores, hasta llegar a obtener el nivel de obra maestra.

  (1)- Burt Kennedy fue un excelente guionista. Sin embargo, cuando saltó al campo de la dirección –empezando con la interesante The Canadians [tv: Al otro lado de la frontera, 1961]- la mayor parte de su obra se volvió rutinaria, y las mejores de sus películas pueden ser consideradas como “simpáticas” sin más.
  (2)- De gran fama hoy día por sus novelas criminales, en tiempos Elmore Leonard fue todo un especialista en el western. Esperemos que algún editor eche pronto ojo a esta etapa, pues, salvo error, está totalmente inédita en nuestro país.


[1] Burt Kennedy fue un excelente guionista. Sin embargo, cuando saltó al campo de la dirección –empezando con la interesante The Canadians [tv: Al otro lado de la frontera, 1961]- la mayor parte de su obra se volvió rutinaria, y las mejores de sus películas pueden ser consideradas como “simpáticas” sin más.

[1] De gran fama hoy día por sus novelas criminales, en tiempos Elmore Leonard fue todo un especialista en el western. Esperemos que algún editor eche pronto ojo a esta etapa, pues, salvo error, está totalmente inédita en nuestro país.

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