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Elefante Blanco
Escrito por Agente Cooper   
Jueves, 19 de Julio de 2012


Valoración espectadores: 7.00

Elefante Blanco (Pablo Trapero, 2012)

Valoración de VaDeCine.es: 7

Elefante Blanco (Pablo Trapero, 2012)Título original: Elefante Blanco
Nacionalidad: Argentina
Año: 2012 Duración: 106 min.
Dirección: Pablo Trapero
Guión: Pablo Trapero, Martín Mauregui, Alejandro Fadel, Santiago Mitre
Fotografía: Guillermo Nieto
Música: Michael Nyman
Intérpretes: Ricardo Darín (Julián), Jérémie Renier (Nicolás), Martina Gusman (Luciana), Federico Benjamín Barga (Monito), Mauricio Minetti (Cruz), Walter Jakob (Lisandro)

Trailer


El escenario psicológico de Elefanto Blanco es la rutina de un grupo de personas esposadas a un trabajo inclemente, el de sembrar esperanza en un terreno baldío bajo el peor de los climas posibles. El físico es el Barrio General Belgrano, en Buenos Aires; la “ciudad oculta”, llamada así tras el levantamiento de un muro a su alrededor por el general Videla para esconder al exterior las miserias bonaerenses durante el Mundial de Argentina de 1978. Entonces y ahora, viven acinadas cientos de familias en la Villa 15, empotradas entre bandas rivales de narcotraficantes, con su prole en constante amenaza de caer en las garras de la droga. El lugar es la historia del desamparo institucional. Se lo cuenta Julián (Ricardo Darín) a Nicolás (Jérémie Renier), de sacerdote a sascerdote, compañeros en antiguas batallas evangélicas. Éste acaba de volver a la ciudad tras un traumático suceso en la jungla amazónica. El primero, con la ayuda de la congregación y el asesoramiento de una joven trabajadora social (la habitual Martina Gusman), ha puesto en marcha un programa de saneamiento de la zona, apreciado por las gentes del lugar pero con la consistencia de un frágil castillo de naipes. Y cada día hace más viento. El gran empeño es la remodelación del Elefante Blanco, un mastodóntico edificio pensado para ser el hospital más grande de Latinoamérica que Julián intenta transformar en un lugar aprovechable, útil. Un comedor comunitario, un jardín de infancia, una enfermería...

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A Pablo Trapero el realismo le viene de fábrica, desde Mundo Grúa hasta Carancho, su última película antes de ésta. Bajo la epidermis de género, sea thriller o melodrama, sus historias –casi siempre articuladas en guiones de su puño y letra, con o sin ayuda de su equipo habitual- provocan incomodidad desde el anclaje, localizado permanentemente en los claroscuros de la sociedad. Elefante Blanco cumple con la premisa y, jugando a las similitudes, uno puede entenderla como mezcla entre Ciudad de Dios y De Dioses y Hombres. Y eso precisamente es lo que, finalmente, limita en mayor medida su grandeza. Intentar cubrir los dos aspectos que centran cada uno de esos trabajos –la furioso, cruel y deshumanizado día a día en la favela (en Argentina denominadas villas) y la angustia moral de quien se debe a un martirio diario en favor del prójimo- se convierte en un objetivo demasiado ambicioso para Trapero, que no acierta a destilar la esencia de ninguno de ellos con suficiente contundencia como para colocar su obra a la altura de tan insignes referentes. Como en el principio de incertidumbre de Heisenberg, cuando enfoca a los individuos, se pierde la noción del entorno; y para enfatizar las dificultades sociales, se ve obligado a desnaturalizar en cierta medida a sus personajes; hecho constatable, sobre todo, en una conclusión argumental poco creíble.

Tal problema no impide apreciar las descargas de nervio que muchos de sus pasajes infunden envueltos en la música del maestro Nyman. Tampoco la solvencia general de su elenco interpretativo, comandado por un Ricardo Darín cada vez más consolidado como el gran referente cinematográfico de habla hispana. La riqueza de personajes que engalana su carrera es cada vez mayor, aunque aquí se eche a un lado para dar protagonismo a Gusman y a Renier sin que la película, en este sentido, se carge de impostura. Como les decía, el problema no es la interpretación de los actores sino los propios personajes de la historia.

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Permitanme de este modo juzgar la película como notable. Entiendan mi benevolencia con toda propuesta que me parezca de necesario visionado en estos momentos de crisis. Porque la verdadera cara de la pobreza queda meridianamente clara en la cinta. Y duele su sino: un laberíntico camino hacia la solución que parece no tener fin, sino más bien un constante principio que dinamita el espíritu de quienes se atreven a recorrerlo. Ese es el duro mensaje, aunque llegue algo borroso.

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