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Los juegos del hambre
Escrito por Dr. Manhattan   
Miércoles, 09 de Mayo de 2012


Valoración espectadores: 5.33

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Valoración de VaDeCine.es: 2

altTítulo original: The Hunger Games
Nacionalidad: Estados Unidos
Año: 2012 Duración: 142 min.
Dirección: Gary Ross
Guión: Gary Ross, Suzanne Collins, Billy Ray (Novela: Suzanne Collins)
Fotografía: Tom Stern
Música: James Newton Howard, T-Bone Burnett
Intérpretes: Stanley Tucci (Caesar), Jennifer Lawrence (Katniss), Wes Bentley (Seneca), Willow Shields (Primrose), Elizabeth Banks (Effie), Liam Hemsworth (Gale)

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Desconozco, como la práctica totalidad de la gente común, su identidad, pero resulta indudable la existencia de personas, corporaciones, o simplemente entes, que tienen una influencia decisiva en nuestra sociedad. En esta sociedad capitalista, regida para (sobre)vivir por y para la generación de dinero. Pero como este marco excede la política (el lugar hacia donde normalmente derivaría un comentario de esa índole), nos centraremos en la cultura, que tampoco escapa a la anterior hipótesis. Cómo, si no, se puede comprender el cíclico éxito de sagas como Crepúsculo o la que parece su natural sucesora, por cuantía recaudatoria y evidente público objetivo, y que ahora nos ocupa, Los juegos del hambre. Ya sea en su original literario o en su adaptación cinematográfica, resulta evidente que las cotas de calidad alcanzadas por ambas en ningún caso resultan excelsas, más bien todo lo contrario. ¿Entonces? ¿Por qué unas novelas juveniles sin mayor aspiración comienzan de repente a verse multiplicadas por las librerías hasta tal punto de que es conveniente su adaptación al cine para exprimir aún más a la nueva gallina de los huevos de oro? No todo el público es joven... aunque quizás siempre haya querido serlo; al igual que no todo el mundo se deja llevar por la publicidad masiva... a pesar de que cada día dispongamos de menos opciones y libertad de elección (aunque paradójicamente parezca que ocurre lo contrario). La influencia de la que les hablaba. Aparentemente invisible, subrepticia, pero real y contundente. Todo un misterio, sin duda.

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Una lectura paralela se puede extraer de la película de Gary Ross, adaptación de la primera novela de la trilogía escrita por Suzanne Collins (quien también participa en la escritura del guión). Sólo que en este caso la influencia se percibe más resaltada, toda vez focalizada en el poder que ejercen los medios de comunicación, por lo que los ecos (orwellianos) de su alcance resuenan con una mayor claridad. Se trata de una nación dividida en doce distritos en donde los habitantes están esclavizados y anualmente dos de ellos (un hombre y una mujer jóvenes) son elegidos para representar al suyo en los denominados Juegos del hambre. Una competición a vida o muerte, donde todos los representantes son soltados en medio de una isla con el fin de matarse entre sí hasta que finalmente quede un único superviviente (y aquí se acaba cualquier conato de paralelismo con la irregular pero inmensamente superior cinta de culto que es Battle Royale), televisada y teledirigida a modo de un Big Brother de última generación, para gloria y regocijo de la masa.

Un argumento de lo más interesante, sin duda, pero que se ve lastrado desde su misma concepción, más dada a la complacencia que a un verdadero interés en mostrar la verdad de lo que relata. Resultaría encomiable la introducción a la batalla, la necesaria explicación y aceptación por parte del espectador de los personajes implicados, de su ambiente, de sus orígenes, de su naturaleza misma... si no fuera porque el mayor objetivo de ésta, que en verdad se produce, fuera hacer acopio visual de la rimbombancia, y además de manera extraordinariamente prolongada. Y es que la primera mitad de la película, cuando no algo más (y la broma en total son casi dos horas y media), es todo un conseguido muestrario, que no por gracioso resulta menos cansino, de lo que el color y las formas pueden dar de sí: no existe una sola tonalidad chirriante, fuera de lo común, que no aparezca de fondo, ya sea en una pared, en un decorado o en una bebida mismamente; así como no hay peinado o decoración facial que no se haya imaginado y mostrado aquí. Una suerte de ridícula estética kitsch posmoderna que cumple su cometido de entrar por los ojos para, en la medida de lo posible, cegar al respetable sobre lo que en verdad debería estar viendo, que no es otra cosa sino una película de supervivencia extrema.  

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Y la paradoja se produce cuando se desarrolla esa segunda parte, supuesto apogeo de tales preparativos. ¿En verdad se puede fabricar un film con un fondo tan desolador basándose en una vistosa opacidad, no en el realismo sino en el escapismo más lacerante, en definitiva en la apremiante falta de compromiso? Los juegos del hambre, de la mano de sus responsables (y como cabeza de turco principal su realizador, el habitualmente insulso Gary Ross) demuestra que sí. La prueba evidente de ello es que en una cinta de exterminio humano apenas se intuya una gota de sangre; que resulte difícil contemplar una pelea descarnada, sino que más bien se recurra a un chascarrillo previo (muy de adolescente machito, eso sí) que desenfade la gravedad del instante; que se recurra al efectista movimiento de cámara en lugar de a la contemplación que dé lugar al oportuno sobrecogimiento sobrevenido por la situación, para así despistar el objetivo de una inminente ejecución; que se voltee el sentido de un texto, en suma, en favor de no incomodar a un espectador que sólo venía a entretenerse, a divertirse mientras observa esta jubilosa matanza de semejantes.

Se intuye en Los juegos del hambre algo parecido a una recreación de un futuro distópico; sin embargo, cualquier moraleja no puede conseguirse sin un sello de autenticidad, y aquí hay impostura desde el mismo momento que el producto se orienta hacia un público concreto, no habituado al extremo, desconocedor siquiera del significado del mismo, toda vez imbuido de un conformismo que resulta en desidia y desinterés para con lo anormal. Y así este film no podía resultar de otra manera sino normal en toda su acepción; formalmente convencional, arquetípico en su construcción y cualquier cosa menos atrevido -no digamos ya arriesgado- en su mensaje, pese a la cruda temática que aborda. Un éxito seguro.


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Comentarios (2)
  • barry lyndon

    pésimamente narrada

  • Carmelo, el del Cádiz CF

    Una absoluta pérdida de tiempo. Conformista, con un guión lamentable y un punto de partida interesante pero calcado de Battle Royale o Perseguido. Lo increíble es que se genero tal fenómeno de masas a partir de esta mediocridad. Definitivamente el marketing es un arma poderosa.
    Ah, olvidaba su peor pecad, es aburridisima. Que alguien me explique porque hacen falta dos horas y media para mal contar esta patochada.

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