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Funny Games U.S.
Escrito por Dr. Manhattan   
Viernes, 18 de Julio de 2008


Valoración espectadores: 9.00

Funny Games U.S. (Michael Haneke, 2008)

Valoración de VaDeCine.es: 8.5

Cartel de Funny GamesTítulo original: Funny Games U.S.
Nacionalidad: EE.UU./Francia/Reino Unido/Austria/Alemania/Italia
Año: 2008 Duración: 111 minutos
Dirección: Michael Haneke
Guión: Michael Haneke
Fotografía: Darius Khondji
Intérpretes: Naomi Watts (Ann), Tim Roth (George), Michael Pitt (Paul), Brady Corbet (Peter), Devon Gearhart (Georgie)


Página web
Trailer


Audaz. Porque sabe exactamente hasta dónde llegar y, lo más importante, cómo hacerlo. Peligrosa. Porque viene a ser una representación perfecta de la violencia más arbitraria, signo identificativo del vanidoso mundo actual. Malvada. Porque no deja concesión al espectador. Salvaje. Porque le golpea indiscriminadamente donde más duele. Sensual. Porque lo más grave de todo es que el que la contempla no puede dejar de mirarla. Extrema. Porque en ocasiones sobrepasa la línea. Magnífica. Porque en su conjunto lo es. Monstruosa. Porque asusta de verdad, sin falsos alardes. Brutal. Porque su endiablado tino es inconcebible. Brillante. Porque su faro iluminador luce como ningún otro. Por una vez un tráiler acertó en sus pretensiones: adjetivo y definición del mismo; palabra y su locura en imagen; música culta y violencia extrema, desazonador mix (también presente en la película, donde al principio se pasa abruptamente de la más tranquilizadora música clásica al más extremo heavy metal, presagiador signo lanzado por el director).

Michael Haneke es listo, de eso no cabe ninguna duda. Y a mí esta película me parece el exponente máximo de esa razón. Es sencillo: durante mucho tiempo, Hollywood ha importado ideas de otros a su particular universo de hacer las cosas, rehaciéndolas a su adinerada manera, lo cual no deja de ser una terrible demostración de su falta de ideas -sobre todo de un tiempo a esta parte-. Pues bien, ahora a algunos adinerados de esa potente industria se les antoja una versión de una minoritaria película de autor austriaca, viendo el filón que el tema de la violencia supondrá en las grandes masas. Ponen como condición caras conocidas al asunto (por eso de la identificación del espectador, dicen) y se lo encargan al mismo director. ¿Resultado? Éste les planta la misma película, prácticamente igual plano a plano, con los mismos decorados incluso, donde sólo varía eso: los actores. ¿Es esto una tomadura de pelo o una genialidad por su parte? Me inclino por lo segundo, porque, aparte de ganar más dinero y a la vez abrirse el mercado, ¿acaso no es SU película y por tanto tiene la potestad de hacer con ella lo que quiera, aprovechando la coyuntura? ¿Existe algo más cachondo que un director foráneo les haga a los americanos exactamente la misma película que ya hizo en Europa y que encima le salga bien el plan, retratándoles así como una consecuencia clara de lo que decía al comienzo de este párrafo? ¿Acaso no es esto una manera de poner en situación a una sociedad despreocupada que en gran medida es impulsora de un salvajismo y aplastante superioridad en todas sus instancias similar a la mostrada en el film, para más sangre en sus narices y con su dinero? ¿Pero tiene mérito rehacer la misma película, en lo que supone la traslación extrema de la palabra “remake”? Por supuesto que sí, pasen y vean.

Imagen de Funny Games

Dejando a un lado todas las anteriores consideraciones, discutibles como pocas, la película es la que es. Y resulta una escalofriante cinta que expone una de las más lúcidas diatribas contra la violencia jamás filmadas, empleando justamente la misma arma que se denuncia, obligando al espectador a establecer una necesaria reflexión sobre su identificación ante la secuencia de imágenes inhumanas que abaten la pantalla y de paso a él mismo. La trama urdida es conocida: una familia pasa unos días en un idílico paraje vacacional donde poder descansar y relajarse jugando, por ejemplo, al golf. Mientras tanto, una pareja de jóvenes se dedica a dar rienda suelta a sus pervertidas diversiones, jugando a torturar psicológica y físicamente a sus víctimas antes de asesinarlas vilmente. Sin embargo no les basta con el ensañamiento atroz sino que gozan de recurrir a la humillación más lacerante, aquélla que ataca directamente a la moral, instándoles a entrar a participar en sus dialécticos juegos, contraindicándoles su paciente educación volviéndola en su contra, dándole la vuelta a la tortilla de la decencia para conseguir enojar e indignar a un tiempo al afectado espectador, que permanece inasible en su asiento. La sensación que le queda al mismo cuando observa los deshechos de la ética movidos por el encuadre es la del más absoluto desasosiego e incapacidad, en principio, de incomprensión hacia tanta maldad irracional; no obstante, y apenas sin quererlo, no hace más que enfrentarse a sus propios miedos, a su propia indiferencia, a su propia pasividad diaria, rutinaria ante el espejo que el ilusionista Haneke le coloca frente a sí: todo es el reflejo de nuestra existencia, envueltos en las llamas de la indecencia de la imagen actual, la que nos golpea día tras día en el televisor, en internet, en el vídeo, en la consola, y a la que nos habituamos sin plantearnos su verdadero significado, en un ejercicio de preocupante vacuidad.

Por ello el alemán se encarga de rellenar los huecos, forzando al espectador a entrar y enfrentarse a ellos. Y no quiere hacerlo de cualquier manera, no, semejante ejercicio de metáfora extrema requiere de inteligencia y enarbola una presente sutileza: no hay imágenes explícitas, porque en la propuesta metafórica éstas no sólo no son necesarias sino que serían malavenidas, dejando al espectador la opción de su imaginación (lo cual definirá a cada cual, puesto que frente a él todo está ya ofrecido), pero sí algunas miradas por parte de Paul (Michael Pitt, el cabecilla de los malhechores) directas a la cámara: Haneke, en esos momentos puntuales, pocos pero importantes en la película, está implicando directamente al espectador, haciéndole partícipe y cuestionándole acerca del porqué, en lo que supone un ejercicio de diálogo y complicidad con el propio asesino -al que no podemos dejar de mirar perpetrar sus fechorías-, que llega incluso a preguntarnos nuestra propia opinión; de hecho el director nos da una oportunidad de ganar, una pequeña luz en medio de tanto sufrimiento, pero un maravilloso y oportuno rebobinado vuelve a colocar la trama donde siempre la quiso dejar, consiguiendo con ello propinar un terrible poso de pesadumbre al espectador y dejando las cosas bien claras sobre quién manda y qué es lo que quiere decirnos, sin concesiones. Como en el durísimo plano fijo central, que despoja sentimentalmente al espectador situándolo frente al abismo del vacío existencial provocado por la aterradora violencia. Por eso, en última instancia, cuando al final de la película los dos niñatos marchan en el bote dirección a una nueva casa discutiendo sobre si lo que han vivido ha sido ficción o realidad, no hace más que remarcar, por un lado, el sinsentido de sus actos, y, por otro, la idea de que los hechos son perfectamente extrapolables a la realidad, a una situación similar en un lugar cualquiera. A través de este terrible último guiño, logra enfrentarnos a nosotros mismos.

Michael Pitt

Funny Games U.S. causa exactamente el mismo impacto que su predecesora a pesar de que todo nos suene a ya visto, a ya vivido, lo cual no deja de sorprender y de resultar satisfactorio. A ello contribuye un excelente reparto en su conjunto pero, sobre todo, un no menos inspirado Haneke, que de nuevo nos mata con sus tremendas balas mor(t)ales presentes en su siempre cargada y guerrillera cartuchera.

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Comentarios (2)
  • Carmelo, el del Cádiz CF

    Una maravilla. Terriblemente hipnótica. Brutalmente inteligente. Uno no puede apartar la vista de esta atrocidad.
    No podría estar más de acuerdo con todo lo afirmado en la estupenda crítica.

  • barry lyndon

    El terrorífico plano final y esa música me ha hecho buscar como loco el mando por el sofá para quitarlo...y no lo encontraba! Me ha dado miedo. Acojonante.

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