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La Rodilla de Clara
Escrito por Agente Cooper   
Miércoles, 07 de Abril de 2010


Valoración espectadores: 7.75

La Rodilla de Clara (Eric Rohmer, 1970)

Valoración de VaDeCine.es: 9

ImageTítulo original: Le Genou de Claire
Nacionalidad: Francia
Año: 1970 Duración: 104 min
Dirección: Eric Rohmer
Guión: Eric Rohmer
Fotografía: Néstor Almendros
Música: Varios
Intérpretes: Jean-Claude Brialy (Jèrome); Bèatrice Romand (Laura); Aurora Cornu Aurora); Laurence de Monaghan (Clara); Gèrard Falconetti (Gilles).



En la penúltima entrega de los Cuentos Morales, Rohmer teoriza sobre la fidelidad, siempre amenazada por el instintivo deseo y protegida por el (auto)gobierno de la razón moral. Y lo hace sobre un escenario realmente incómodo: dos adultos manipulando a su antojo los sentimientos de dos adolescentes.

Jerome, un diplomático francés en retiro veraniego, encuentra por casualidad a su vieja amiga Aurora, escritora. Se ponen al día. Él por fin parece haber sentado la cabeza y anuncia su inminente boda. Ella, conocedora de su pasado mujeriego –probablemente en primera persona-, no parece tenerlo tan claro. Con la excusa de un repentino abandono de las musas, la escritora propone un simulacro de seducción y así obtener de primera mano sus consecuencias sentimentales
para la novela en que trabaja. Él accede y Aurora elige como objeto de estudio a Laura, la hija menor de la dueña de la casa donde se hospeda. Todo parece transcurrir bajo control hasta que el habitual triangulo Rohmeriano se completa con Clara, la hermana mayor de Laura. Ante ella, Jerome no finge, el deseo suge y siente que debe ponerse a prueba, llegar al borde del precipicio y no saltar, en definitiva, convencerse de su amor.

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Como siempre en Rohmer, la palabra es parte integrante de la obra. Por poco sorprendente que resulte dentro de su filmografía, no deja de ser extraordinario el vasto domino del lenguaje que el director demuestra. El preciso retrato psicológico de los cinco personajes principales: Jerome, Auora, Laura, Clara y su novio Gilles, obedece mucho más a lo que escuchamos que a lo que vemos.

Pero ¿puede uno encontrar algo más allá de la pura reflexión en La Rodilla de Clara? Sin duda. Sólo una mirada reduccionista obviaría el intrínseco valor cinematográfico del largometraje. De su lograda factura técnica cabe resaltar en primer lugar la impresionista fotografía inspirada en Gauguin que Rohmer y Nestor Almendros extraen del pueblo de Talloires, bucólico escenario a la orilla del lago Annecy en la ladera alpina. También el plano referido a los personajes, siempre el más importante, merece la atención del espectador. El “teatro filmado”, orgullo del director francés, debe ser aceptado como posicionamiento artístico necesario para un cine naturalista donde la conversación es esencial, nunca como prueba de falta de pericia en la dirección o el montaje. Así, asistimos a una continua usurpación del terreno del campo-contracampo clásico por modificaciones de éste o secuencias de larga duración donde los interlocutores comparten plano. Un recurso utilizado por Rohmer para multiplicar la importancia escénica del oyente. La fabulosa escena culminante de la cinta es un claro ejemplo de ello.

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Un apunte más: el escrito previo de La Rodilla de Clara era un relato en primera persona. A la hora de visualizar el filme, Rohmer introduce el personaje de Aurora para injertar los pensamientos de Jerome mediante parlamentos con ésta. La voz en off queda así premeditadamente erradicada. Esta elección no sólo aumenta en mi opinión la fluidez del conjunto de la narración, sobre todo permite juzgar los hechos sin ambajes, mientras ocurren, pues para el espectador queda desdoblada acción y justificación.

Ganadora de la Concha de Oro del Festival de San Sebastián, La Rodilla de Clara podría abrir un debate sobre la intencionalidad de todo artista con su obra y cómo ésta es percibida por el público. Si hay diferencia, ¿es legítima o resultado del desconocimiento? ¿Cuán grande es este desfase? ¿Qué debe prevalecer? Rohmer parece negar cualquier intento fetichista o recorrido por la perversidad. Jerome repite una y otra vez que su atracción por Clara no es sexual, sino una mera prueba (superada) de fidelidad a su futura esposa. Es innegable que la tentación debe florecer para dar empaque a la disyuntiva, pero la turbación erótica está ahí, por lo menos yo la percibo en magistrales planos absolutamente voyeuristas, o en la elección de dos adolescentes como objetivo del intrigante juego entre Jerome y Aurora. A mi entender, lo recalco, es como si el director escindiera imagen y discurso algo más de lo habitual en su cine, como si aquella nos permitiera intuir lo que esconden las palabras. ¿Y si la variable “subconsciente” entra en juego? ¿Es Jerome honesto al explicar sus sentimientos? ¿Qué opinaría Buñuel de La Rodilla de Clara? Todas estas dudas que me asaltan, tengan o no fundamento, no son más que la demostración de la apabullante riqueza semántica de un filme ambiguo, colmado de sustancia hasta su misma conclusión.

Tras la despedida de Jerome y Clara, todos los personajes han desaparecido del escenario. Pienso entonces en qué opinaría cada uno de ellos si tuvieran mi omnisciente punto de vista, el que Rohmer me otorga. Imposible obtener respuesta al juego metacinematográfico. Al menos puedo iniciar otra partida, sólo tengo que elegir el siguiente título de su filmografía.

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