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Ashes of time (Redux)
Escrito por Dr. Manhattan   
Miércoles, 12 de Agosto de 2009


Valoración espectadores: 6.33

Ashes of time Redux (Wong Kar Wai, 2008)

Valoración de VaDeCine.es: 7.5

Póster de Ashes of time (Redux)Título original: Dung che sai duk
Nacionalidad: Hong Kong, China, Taiwan
Año: 2008 Duración: 93 min.
Dirección: Wong Kar Wai
Guión: Wong Kar Wai, Louis Cha (novela)
Fotografía: Christopher Doyle
Música: Frankie Chan, Roel A. Garcia
Intérpretes: Leslie Cheung (Ouyang Feng), Brigitte Lin (Murong Yin), Tony Leung Chiu Wai (Espadachín ciego), Carina Lau (Flor de Melocotón), Tony Leung Ka Fai (Huang Yaoshi), La mujer (Maggie Cheung)

Página web
Tráiler

Corría el año 1994 cuando Wong Kar Wai realizaba su tercera película, Las cenizas del tiempo (Ashes of time). Nada tenía que ver con sus dos anteriores realizaciones ni con la otra obra estrenada ese mismo año (Chungking express): el director chino se retiraba al desierto, tal y como hace su principal protagonista, y allí situado daba rienda suelta a su particular estilo cinematográfico, altamente bello en lo visual y de hondo embrujo narrativo.

Catorce años después, debido a la variedad de copias que durante todos los años anteriores circularon sin la aprobación autoral del director, y no conforme éste con la precariedad del estado de los materiales originales (que al parecer tuvo que buscar y rebuscar entre diferentes distribuidores y almacenes de cines, en un laborioso proceso de recuperación de copias de los negativos), Kar Wai se propuso realizar la que es ya la versión definitiva de la película, que ahora nos ocupa. Para ello, añadió algunas escenas, mejoró efectos especiales, intrincó aún más la estructura de la trama y encargó una nueva (y magnífica) banda sonora.

El espadachín protagonista

Como resultado, un film extraño, magnético, poético y, también, difícil. Porque si bien esta obra del maestro se desmarca de todas las demás por su localización y ambientación en el género de las artes marciales (versión con espada, en directa relación con el mundo samurai), la complejidad narrativa que casi siempre vive adherida a sus cintas -en la manera en que suele recorrer el alma de los seres atormentados e infelices que las habitan, y nunca utiliza un camino llano sino más bien merecidamente pedregoso, irregular en fin, para hacernos partícipes de sus viajes- hace aquí excelso acto de presencia.

Uno no adivina a entender en esta en apariencia sencilla (como suele ocurrir, las historias simples son las que al final encierran la mayor complejidad) y sin embargo enrevesada historia de amores y desamores, guerra y paz, soledad y amistad, violencia y calma, sobre todo de un marcado diálogo trascendental, remarcado en off para su subrayado aun con el posible riesgo de la confusión identitaria del que lo pronuncia, más que la afectada historia de un ser solitario, Ouyang Feng, mercenario que trafica y negocia la vida de los demás, harto de su existencia en su anterior hogar, la mística Montaña del Camello Blanco. Su definición en este mundo, en ese mundo en que ahora se aferra a vivir, no le viene dada por sí mismo, sino por los demás, todos aquellos que pasan a su alrededor y que nos hacen conocerle, intuirle más bien, mayormente ocultado por su misteriosa presencia; tan sólo nos quedará claro que su apartamiento existencial, su predisposición a no querer saber nada de lo que le rodea salvo aquello imprescindible para su supervivencia, habrá sido fruto de su tragedia personal, marcada por un pasado amoroso frustrado. Derrotado para amar, quedará imposibilitado para sobrellevar ese sentimiento e impelido a canalizarlo a través de la guerra.

Una demostración de la bella fotografía, en una batalla

Entre tanto, nosotros permaneceremos aguerridos a su confusa historia, deslumbrados ante la amarillenta, seca y vibrante fotografía, que refuerza aún más el carácter agrio e incómodo de la obra y sus agotados personajes, creación del genial Christopher Doyle; promovidos por los dramáticos acordes de la partitura compuesta por Frankie Chan y Roel A. García para la ocasión; y emocionados ante el lúgubre, parsimonioso transcurrir del tiempo y sus estéticos brotes de violencia puntuales, filmados al ralentí y con distorsión de imagen en su representación, montaje mediante. Otro motivo más de confusión, esta vez gratificante a nuestros ojos.

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