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Crónica de Sitges 2013. Jueves 17.
Escrito por Dr. Manhattan   
Viernes, 18 de Octubre de 2013


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DE POSESIONES, PESADILLAS, DESDOBLAMIENTOS Y OTRAS SUSTANCIAS CINEMATOGRÁFICAS DE CARÁCTER ALUCINATORIO


La estancia en un festival de cine adquiere su rutina a medida que transcurren los días. Y aunque la mayor parte de éste se pase en el interior de una sala oscura delante de una pantalla donde se proyectan las más diversas imágenes, debe haber espacio y tiempo para ocupar el resto de necesidades básicas -aquí el cine cuenta como una de ellas, por si no había quedado claro hasta ahora-; de una adecuada gestión de ese otro espacio depende en gran medida tu estado físico y mental, que necesariamente se trastoca en un festival de la duración e intensidad de Sitges. Por eso hoy voy a variar el formato de la crónica, de manera que el lector se pueda hacer una idea (que aun así difícilmente comprenderá si no ha estado aquí para vivir una experiencia similar) del timing de un festivla de cine.

The Rambler (Calvin Reeder)

El despertador suena algo más tarde de las 6 de la mañana; en una hora se hará pública la página de reservas para los medios acreditados y VaDeCine.es debe esforzarse en conseguir las mejores entradas disponibles. El tiempo que transcurra hasta ese momento lo ocuparé en comenzar a redactar (o terminar de perfilar, si me dio tiempo a empezar antes de irme a dormir) la crónica del día anterior, para intentar publicarla a lo largo de la mañana. Ducha rápida, desayuno express en uno de las múltiples cafeterías del pueblo (donde sirven una bollería artesanal exquisita) y caminata cuesta arriba hasta llegar al Auditori, centro del festival que está en la otra punta de Sitges, para recoger las entradas reservadas el día anterior y comenzar con la primera película del día, a las 8.30. En este caso se trata de Gallows Hill, cinta de producción estadounidense y dirigida por el español Victor García, un nombre muy curtido en la televisión. Es una película de terror que hace suyo el planteamiento y las situaciones de varias cintas clásicas del género (Evil Dead, El exorcista y muchas otras), por lo que adolece de personalidad propia, y sin embargo la realización ostenta pulso, el ritmo es constante e incluye los consabidos altibajos de tensión que una cinta de estas características suele tener, y su capacidad para generar tensión e inquietud en el espectador está más que conseguida. Será interesante observar la evolución del realizador bajo un guión menos manido, y si es capaz de ofrecer algo diferente a todo lo que ya conocemos.


Es un día un tanto atípico en cuanto a los desplazamientos que he de realizar para poder visionar los films que tengo en mi agenda. Normalmente por la mañana suelo quedarme en el Auditori para ver del tirón tres o, al menos, dos películas, pero hoy me la he jugado y bajo al Prado a ver The rambler, que tiene pase único. Midiendo su duración y el comienzo de la siguiente proyección de nuevo en el Auditori, me quedará un margen escaso de unos 10 minutos para estar otra vez allí, cuando el tiempo normal que lleva hacer el recorrido desde el pueblo hasta la mencionada sede es de entre 15 y 20 minutos, dependiendo de si estás más o menos alejado del centro (y de tu capacidad para andar deprisa, habilidad de la que yo presumo). En cuanto a la cinta dirigida por Calvin Reeder, se trata de una road movie que sigue la vuelta a la “normalidad” de un expresidiario. Sólo que esa rutina y los personajes que la habitan se revela alucinada y extraña, como si estuviera pasada por un filtro de LSD. Y así la pone en escena el realizador, insertando secuencias de carácter alucinógeno y cierta explicitud en medio de la aparente normalidad por la que se pasea el personaje principal, una suerte de bohemio que no abandona ni su guitarra (aunque apenas la toque) ni sus gafas de sol en ningún momento, esté peleándose o en disposición para follar.


Las únicas verduras que han visto mis ojos (y mi estómago) en los últimos 8 días

Pero no hay tiempo material disponible para reflexionar más sobre este fascinante cruce entre Una historia verdadera y La matanza de Texas, tanto es así que los doscientos últimos metros de recorrido (cuesta arriba) hasta el Auditori los tengo que hacer corriendo; de lo contrario me hubiesen cerrado las puertas del recinto (en esta edición está prohibida la entrada a la sala una vez iniciada la proyección) y no habría podido ver la siguiente obra, a la que tantas ganas tenía: Only lovers left alive, del genial Jim Jarmusch. Dos horas después, cuando me haya marchado a comer y pese a, esta vez sí, disponer del tiempo necesario para pensar sobre ella, la habré olvidado por completo. Porque esta historia de vampiros filmada con la misma elegancia con la que siempre acomete a sus personajes ese loco realizador de pelo blanco, se pierde en su pose moderna a lo largo de sus dos horas y no acierta a resolver el romanticismo que los afecta. Aunque parezca mentira, parece que sólo interesa reflejar una nueva lectura sobre esta manida temática -y así, vemos a Tilda Swinton y Tom Hiddleston muy interesados por la música y completamente integrados en el disfrute de las (estupendas) canciones que suenan en las discoteca o en la casa del protagonista masculino-, pero realmente se observa poca pasión o fortaleza en esta diferencia. Cuando el aspecto cool ingiere discreta pero progresivamente al discurso.


Es una excepción (la dieta diaria en un festival como éste se compone de bocadillos, hamburguesas y mucho café, aunque sin olvidarse de las piezas de fruta, necesarias para otros menesteres), pero hoy dispongo del tiempo suficiente para comer un menú del día, el segundo en toda mi estancia. Acompañado de mi buen amigo Daniel y de ese inapelable opinador dictatorial y aún así muy recomendable Alfredo Paniagua, disfrutamos de una agradable charla cercana a las dos horas, y tras chupito de hierbas incluído nos metemos otra vez en El prado a ver un programa doble que seguirá aumentando la impresión de que, para hoy, los programadores de Sitges querían deleitarnos con las drogas cinematográficas más variadas y poderosas que puedan existir en el cirtuito festivalero.


Los directores de The taking, presentando su película

Pensaba que se trataba de un cortometraje, pero no, White Epilepsy, de Philippe Grandrieux, son 68 minutos de algo muy cercano al videoarte, desde luego lo más llamativo que un servidor ha visto en todo el festival (incluyendo el año pasado). Planificación vertical, fondo negro -que se intuye bosque, por los sonidos de alrededor- y un cuerpo de un hombre que se mueve lenta, lentísimamente de espaldas, tanto es así que queda la impresión de que se forman cuerpos y líneas extrañas en su piel; después, éste que se relaciona con una mujer, en un hiptnótico y extremadamente suave movimiento que hace que terminen por apelmazarse el uno sobre el otro, en una composición de grotesca belleza, pero sobre todo profundamente extraña. Fascinante pero no apto para todos los públicos. A continuación, uno de los platos fuertes de todo el festival: The taking. Dirigido a dos manos por Cezil Reed y Lydelle Jackson, se trata de un film que aborda abiertamente el tema del satanismo, pero exponiéndolo bajo el influjo de una puesta en escena alucinada e impactante, bajo un soberbio y cuidado sentido del montaje, y que bebe directamente de la paranoia del mejor David Lynch. Asociando la luz y la naturaleza al marco del malditismo que rodea al rapto que se narra en esta cinta, existe una voz en off completamente distorsionada y que confiere un aspecto supraterrenal al inquietante imaginario que aquí se despliega, como si el porvenir de nuestra especie quedase predefinido e incontestable por algo que escapa a nuestros sentidos pero que podemos percibir desde nuestro interior, inferido por una entidad invisible pero que se demostrará certera en su ejecución. Considerando los pocos medios de que dispone y observando los resultados obtenidos, que no son otros que los de haber sentido el pavor de la indefensión ante el mal invisible pero indudablemente presente en nuestro mundo, no cabe otra opción más que aplaudir sin tesón a estos dos jóvenes realizadores, porque darán que hablar. Una de las gemas de todo el festival, que desprende el caluroso aroma de su reciente terminación, pero que aun así se manifiesta implacablemente redondeada.


Quedan algo menos de dos horas para que en los cines Retiro se proyecte el último film de Jodorowski, La danza de la realidad. Mientras tanto doy un paseo por las casetas de merchandising, me hago con una estupenda e impactante camiseta de La matanza de Texas (con seguridad alguien fruncirá el ceño cuando la vea) y como algo de fruta. Jodorowski no puede estar presente en este cine para presentar el film debido a un retraso en su pase anterior en el Auditori, pero como lo importante son las imágenes, cabe decir que las que muestra en su última película hacen referencia a su propia vida. Y para ello qué mejor que rodearse de toda su familia, que ocupan diversos cargos en la misma. Así descubrimos el autoritarismo de su padre, la dulzura de su madre -quien no habla sino canta en el film- y la inocencia de su niñez, rodeado de toda una fauna de personajes estrafalarios pero auténticos, que tantas lecciones de vida pueden aportar. Circo, fanfarria, política, familia y poesía son los elementos que recorren La danza de la realidad, una de las películas más asequibles de toda la filmografía del artista chileno, y también una de las más encantadoras y bellas.


Una imagen de La danza de la realidad

No iba a ser ésta mi última proyección, pero el cuerpo humano tiene unos límites, por lo que al salir de El retiro decidí no volver a colocarme en la fila y volverme al hotel a descansar. The Demon’s Rook (que por sus imágenes promocionales se antojaba como el colofón al día oficialmente lisérgico de este Sitges 2013) tendrá que esperar. Y usted también, querido lector. Hasta mañana.

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