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Fernando Meirelles: Compromiso en la Aldea Global
Escrito por Agente Cooper   
Viernes, 13 de Marzo de 2009


Valoración espectadores: 7.70
La improbabilidad tiene tantas caras en este mundo anónimo que al final se convierte en probable. La verdad es que no deja de resultar esperanzador que un tipo de clase media de la ciudad de Sao Paulo, licenciado en arquitectura, dirija a los 47 años una obra que dé la vuelta al mundo y le coloque en el centro del universo cinematográfico. Y encima, el mismo tipo, ya liberado de ataduras a productores y demás estorbos, continúa con coherencia y paso firme su carrera tras dos largometrajes más.


Fernando Meirelles decidió que el ladrillo podría llenarle el bolsillo pero jamás colmaría sus aspiraciones, así que formó junto a sus amigos de la universidad una cooperativa de producción de videos experimentales. Tras el éxito de sus primeras cintas en festivales nacionales, lo que parecía un sueño hubo que adaptarlo a la realidad. Así nació a mediados de los años 80 ‘Olhar Electrónico’, una pequeña compañía independiente que permitió a Meirelles moverse durante una década en el mundo de la producción televisiva. En este medio se fogueó con numerosos anuncios comerciales hasta quedar al cargo del proyecto infantil Rá-Tim-Bum, una serie para la que realizó casi doscientos episodios que continúa en la actualidad tras tres décadas en pantalla.

Meirelles seguía creciendo, disponía de más dinero y más medios. Esta situación provocó el nacimiento de una nueva productora, la definitiva: ‘O2 Filmes’, fundada junto a Paulo Morelli y Andrea Barata Ribeiro a mediados de los 90. Con ella, por fin llegaron los primeros largos: Menino Maluquinho 2: A Aventura (1998), una película familiar con poco o nada destacable; y Domésticas (2001), un díptico codirigido con Nando Olival sobre cinco empleadas de hogar en Sao Paulo que combinaba la dureza cuasidocumental del día a día en la ciudad paulista con una mirada más personal a sus protagonistas, a su filosofía de vida y sus anhelos. La película representa su primera toma de contacto con un tipo de cine que todavía no ha abandonado. El director brasileño sólo acepta la etiqueta de cine social si éste pasa el filtro de unos personajes con una historia que merece la pena contar.

 

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Ambas películas, en todo caso, se realizaron con otra en la cabeza, la que Meirelles empezó a cimentar tras leer en 1997 una novela de Paulo Lins que se había convertido en Best-seller en Brasil: Cidade de Deus. Inteligentemente, adquirió raudo sus derechos y se puso manos a la obra. Tras cinco años de planificación, en 2002 Ciudad de Dios vio la luz. Y la mecha prendió.

Por deseo expreso de Meirelles, la película se rodó, salvo un puñado de actores semidesconocidos, con muchachos de las favelas sin ninguna experiencia artística. Ejemplos de ello son sus protagonistas: Alexandre Rodrigues (Buscapé) y Leandro Firmito (Ze Pequeño), habitantes de la propia Ciudad de Dios, una de las favelas más peligrosas de Río de Janeiro. Su intención pretendía limitar los costes pues la novela contaba con más de 300 personajes. El hecho es que también aumentó exponencialmente la veracidad de la película. El director escuchó, hizo y dejó hacer a sus protagonistas, que con naturalidad comentaban situaciones para ellos cotidianas, pero nunca contempladas en un guión previo incapaz de desmenuzar por completo la realidad de la impermeable favela. El resultado final no tardaría en superar las expectativas de todo el equipo.

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La presentación de la película en Cannes sirvió de altavoz mundial. Su estreno fuera de concurso eclipsó la sección oficial. La ovación unánime atrajo a productores y distribuidores y el futuro de la cinta quedó asegurado. Tras un rotundo éxito nacional, sólo una cuestión formal impidió a Ciudad De Dios representar a Brasil en los Oscars de 2003. Un año más tarde, aprovechando que para el resto de las categorías contaba la fecha de estreno en Estados Unidos (en enero de 2003), incluso la reticente academia se rindió a su sofocante osadía con cuatro nominaciones que incluían la de mejor director para Fernando Meirelles. Para entonces la película ya se había convertido en un clásico contemporáneo que sólo admitía comparación con Pulp Fiction, algo que por cierto, siempre ha halagado a Quentin Tarantino.

Meirelles tardó tres años en dar el siguiente paso. Eligió un proyecto que Mike Newell había desechado para dedicarse por completo a Harry Potter y el Cáliz de Fuego. Se trataba de El Jardinero Fiel, una adaptación de la novela del mismo nombre escrita por John le Carrè. Su historia de corruptelas colonialistas de las empresas farmacéuticas en el tercer mundo enamoró a Simon Channing Williams, el productor de la película, que compró los derechos para su adapación cinematográfica al escritor antes incluso de la publicación de la novela. Durante su preparación, Meirelles devoró el espeluznante documental de la BBC Dying for Drugs (Muriendo por Medicinas) de Brian Wood y Michael Sinkin. En él se muestran algunas de las “maniobras” de las grandes compañías fabricantes de medicamentos para acortar los periodos de prueba entre en descubrimiento de un fármaco y su puesta a la venta.


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El proyecto, en manos del brasileño, transmutó, y lo que iba a ser una película centrada en el punto de vista de un personaje de clase media de un país desarrollado, acabó recogiendo admirablemente la atmósfera del África subsahariana. Con ese fin, se empeñó en cambiar el lugar de rodaje de Sudáfrica a Kenya, donde ocurre la historia; a pesar de retratar a su gobierno como corrupto y de que la novela de Le Carrè fuera prohibida anteriormente. Lo consiguió. Además, no tuvo problemas para contar con actores de primera línea. Rachel Weisz y Ralph Fiennes se implicaron por completo en la película, que tuvo una buena acogida por parte de crítica y público, y para la actriz supuso el primer Oscar de su carrera por su inspirador retrato de la activista social Tessa Quayle, personaje basado en Yvette Pierpaoli, a cuya memoria está dedicada la novela, que fue asesinada en Albania junto a otros dos trabajadores sociales.

Algunos de los “efectos secundarios” de la película fueron un puente, numerosos tanques de agua, y una nueva clase en Kibera, el barrio donde se instaló el rodaje; y una segunda escuela al norte de Kenya donde se filmaron las últimas secuencias.

Tras un impás de otros tres años donde Meirelles volvió al mundo de la televisión con Ciudad de Hombres, llegamos a A Ciegas, el nuevo proyecto del director brasileño: la adaptación de Ensayo sobre la Ceguera del premio Nóbel de Literatura José Saramago. La película llega este fin de semana a nuestras pantallas precedida de una fría acogida en el festival de Cannes, donde abrió la sección oficial del pasado año, y de una paupérrima recaudación en Estados Unidos (menos de 4 millones de dólares), provocada en parte por un estúpido boicot de la Federación Nacional de Ciegos estadounidense, que consideraba depravada y ofensiva tanto la novela como la película, organizando protestas por todo el país. Nada de esto ha quebrado la convicción de un Fernando Meirelles confiado en recuperar su inversión, unos 25 millones de dólares, en el mercado europeo tras el espaldarazo que supuso su estreno latinoamericano, un buen pellizco que ya sitúa los números de recaudación en todo el mundo alrededor de los 18 millones de dólares.

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A pesar de los malos augurios, el director cuenta con el beneplácito del escritor portugués afincado en las Islas Canarias, algo que preocupaba a Meirelles. Saramago disfrutó de un pase especial con el quipo de rodaje puesto que no pudo acudir al estreno en Cannes por problemas de salud. Tras el visionado, el novelista portugués, muy emocionado, despejó cualquier duda agradeciendo a Meirelles la obra. De hecho, se ha implicado personalmente en la distribución de la película.

Ocurra lo que ocurra, no parece que Meirelles prentenda dejar el frente. En tiempos de conformismo, la rebeldía es imprescindible.

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