VaDeCine.es: Tu magazine on-line sobre cine con críticas, entrevistas y artículos.

     
Retroback: Vivencias
Escrito por Dr. Manhattan   
Lunes, 09 de Febrero de 2009


Valoración espectadores: 5.63

Retroback

Y el cine parió a Retroback, o Retroback parió al cine, la afirmación casi podría darse la vuelta. Esta primera edición del Festival Internacional de Cine Clásico de Granada ha concluído, pero sería hartamente raro que transcurrido un año no hubiera una segunda vez, y después una tercera, y más tarde una cuarta…


Atraídos por el predicado encanto de la ciudad y por el más que atractivo plantel de actividades y películas propuestas en su interior, mi amigo Rolo Tomasi y un servidor nos decidimos de inmediato a acudir a la ciudad granadina. No sería más que un fin de semana, no podíamos permitirnos más, pero sabíamos que merecería la pena. No nos equivocábamos.

Pero, ¿qué hace a dos aventureros toledanos desplazarse hasta Granada un viernes, para emprender el camino de vuelta un domingo, más de 700 kilómetros mediante? Sin duda su pasión por el cine, que se reafirma certeramente en un evento como éste; un festival parido desde esa misma pasión, con lo que el vínculo ya está creado de antemano. La posibilidad de contemplar -¡de vivir!- clásicos y obras de culto en el cálido ambiente de una sala de cine es algo generalmente vetado por nuestra condición (afortunada por otro lado) de jóvenes; ahora, Retroback palía esa limitación ofreciéndonos en bandeja la oportunidad. Eso es algo que no se puede (desde luego no se debe) rechazar.

Así pues nos encontramos, un 30 de enero, de buena tarde, en pleno centro de una ciudad desconocida. ¿Qué puede pasar? Que nuestra inicial ilusión se torne, primero, en desconsuelo, a medida que pasan los minutos y no encontramos donde aparcar el coche; pero más tarde, en desesperación, cuando no nos encontramos ni a nosotros mismos. La primera consecuencia es no llegar a ver los recuerdos de Fellini en su Amarcord; la segunda, constatar que Granada es caótica en cuanto al tráfico. Uno de los escasos puntos negativos de la experiencia.

Y sin embargo, el azar parece querer recolocarnos en la buena dirección. De buenas a primeras nos encontramos frente a un gigantesco anuncio que reza la palabra clave y luce la figura perfecta: Audrey Hepburn (icono homenajeado en esta primera edición). Es el Teatro Isabel La Católica, sede de Retroback y lugar de recogida de las acreditaciones. Aprovecho para entrar y buscar la mía, amablemente atendido por Natalia y Carlos, dos de los responsables de prensa, quienes me facilitan los materiales publicados, incluído el completísimo libro-guía con análisis de las diferentes secciones y películas programadas. La primera impresión es la de cercanía, y eso es algo de agradecer cuando te encuentras de la mano de Dios en territorio ajeno. Al poco tiempo llega Jose Hurtado, jefe de prensa, y lo certifica: todo son facilidades; y además, nos da un gratificante anuncio: después de la jornada hay fiesta en un local; buen comienzo. Pero primero, y gracias a sus indicaciones, lograremos llegar a tiempo al gran plato fuerte de nuestra demasiado corta estancia: Suspiria.

Previo paso fugaz por el hostal donde nos hospedaremos, nos dirigimos al Centro Comercial Neptuno, donde se ubican los cines “Cinema 2000”, lugar donde mayoritariamente se proyectan las películas del festival. Nuestro paso es más que ligero, no nos queda otra si queremos ser puntuales, y de hecho lo somos (por los pelos). A la entrada de la sala, una atenta azafata nos pone sobre aviso acerca del corte que existirá en la proyección, necesario para el cambio de bobina y que favorecerá la correcta conservación del ya de por sí trillado estado de la copia. Una vez dentro, breves reencuentros con camaradas del pasado, ahora tras los telones de esta suculenta realidad, dan paso al encuentro con otros conocidos de ese mundo global llamado internet. La compañía se agradece en mitad de la sala.

Y sin solución de continuidad, da comienzo el festín. Ni más ni menos que el imprescindible escritor e historiador cinematográfico Carlos Aguilar presenta el acto, dando paso a un crítico italiano que nos introduce la obra que vamos a ver y… ¡a su director, Dario Argento! Sí, amigos, la gran sorpresa (que para nosotros no lo era tanto, puesto que ya me habían informado previamente de su presencia, lo cual no disminuía mi sentida ilusión) estaba ahí, delante de nosotros, a escasos metros, y tenía la extraña apariencia de este reconocido director de terror italiano, principal impulsor del denominado género “giallo”. El director de Retroback, David López, le hizo entrega de una placa conmemorativa.

Después, a disfrutar en vivo, dentro de la misma sala donde su director se dispone en su correspondiente lugar privilegiado -la primera fila-, de este film enfermo y de impactante capacidad de sugestión en base a sus inquietantes imágenes y chirriantes sonidos, bien paridos por su autor (quien, por cierto, se marchó al poco tiempo, y es que debe tenerla ya muy vista). Un lujo al alcance de muy pocos; en la sala, por cierto, los suficientes (y entusiastas) como para crear un festivo ambiente de celebración por el cine, al fin y al cabo, entiendo, uno de los motivos principales de este nuevo festival.

Ése, la feliz afluencia del respetable a los distintos pases de películas poco comunes para el público menos formado, fue uno de los rasgos identificativos del certamen, lo cual le da validez en sus intenciones de reconocer y también dar a conocer ese cine importante pero mayoritariamente oculto. El otro signo bien visible, en al menos aquellas proyecciones de las que nosotros fuimos testigos (pero que supongo se debió extender al resto de films, por la antigüedad y rareza, según el caso, de los mismos), fue todo lo relacionado con el entramado del subtitulado al español de la película de turno.

Imagen de Retroback

Ante la tremenda dificultad, o sencillamente imposibilidad, de conseguir una bobina original con subtítulos quemados en el celuloide en nuestro idioma, los responsables se vieron obligados a emplear el ya conocido método casero: una persona, sentada en el patio de butacas y con un ordenador portátil entre piernas, debe ir dando a la teclita en el momento adecuado para que la frase escrita esté debidamente sincronizada con el diálogo del momento correspondiente. Cuando no hay otra cosa, bienvenido sea, y si se hace bien, se reconoce el esfuerzo, puesto que se disfruta del visionado sin mayores complicaciones. El problema viene cuando se descuida una imprescindible labor de revisión y ensayo con las copias que se manejan, y eso, lamentablemente, lo padecimos al día siguiente.

Pero antes de finalizar el primer día, las primeras horas, tocaba apurar el goloso pastel que se nos planteó. Así pues, tras la primera ración de buen cine en Retroback, probamos otra casi igual de alimenticia: el sabroso kebab nos supo a gloria y sirvió para saciar nuestra acuciante hambre, ya que tanto ajetreo no nos había permitido ni abrir la boca de verdad. Finalmente, acudimos a la anunciada fiesta, y hablamos, entre ruido, más detalladamente con un atareado Jose Hurtado, que nos contó sobre los motivos de su hiperactividad: las previsiones se habían desbordado y el éxito de esta primera edición estaba instaurándose poco a poco, se notaba en la asistencia -que provocó el lleno en algunos pases, como en el de la mítica Desayuno con diamantes, teniendo que programar nuevas horas para ella- y en las numerosas acreditaciones; el esfuerzo estaba teniendo su recompensa. Después, las horas pasaron… Pero poco cine que contar.


Y llegamos al sábado. No tuvimos mucho margen de maniobra, la verdad. Por la mañana, dimos un paseo por la ciudad, fuimos a ver qué se escondía tras ese “Amador” que nos cantaron Los planetas (donde conocimos a un ex-recluso, recién liberado tras nueve años de condena, que nos contó en primera persona y emocionado su terrible historia, en una experiencia que nos resultó absolutamente enriquecedora y que me veía en la obligación moral de plasmar aquí), y de ahí casi directos a la sesión de tarde del día.

Una de las grandes virtudes del festival es su admirable selección de títulos, por eso resulta igual de placentero que dificultoso escoger entre tanta buena obra. La ventaja de ello es que raramente nos íbamos a equivocar.

Imagen de Retroback

Tres películas hasta la madrugada pues, y poco descanso de por medio. Primero, La balada del soldado (siempre precedida, como cualquiera otra, del misterioso y nostálgico tráiler del festival), una bella película rusa sobre el amor en tiempos de guerra. Nos gusta el film, y sin embargo creemos no poder disfrutarlo en su totalidad: el formato de la imagen no es del todo correcto y los subtítulos -esta vez sí impresos en el celuloide- no son todo lo completos que uno desease, habiendo algunas partes desincronizadas o directamente no subtituladas. Empero, pasamos por alto esos detalles por el mero hecho de haber podido disfrutar en grandes dimensiones de esta joya; nos sorprende de nuevo la afluencia de espectadores a un film así, y también nos alegramos por ello.

Con poco más de una hora de por medio para echar un vistazo a los escaparates del centro comercial, cargamos fuerzas para la intensiva sesión nocturna: nada menos que un Melville y un para nosotros desconocido Kaneto Shindo. La gente vuelve a responder, y si ya se hace raro ver tanta expectación (la sala se ocupaba con más de media entrada tranquilamente) ante un film de dos horas y media dotado de la particular narración del genial francés, más aún lo es ver a grupos de gente de nuestra edad disponerse frente a la pantalla grande para contemplar, un sábado por la noche, una cinta japonesa de fantasmas de hace más de 40 años. Eso, si me permiten la expresión, sí que es un auténtico pelotazo, pero una vez más (y no me canso de repetirlo) demuestra hasta qué punto la organización ha sabido orquestar y promocionar adecuadamente un evento como este.

Pero de nuevo me siento en la obligación de contar los problemas durante las proyecciones. El film francés Círculo rojo era una copia inglesa, por lo que tenía los subtítulos quemados en ese idioma, de ahí que una persona tuviera que utilizar el método ya empleado en Suspiria para que los no versados en francés o inglés (o sea, la inmensa mayoría) se enterara de algo; pero claro, sobreimpresionar letras en dos idiomas no es la mejor solución, y tuvieron que pasar unos minutos y algunas quejas de los asistentes para que los subtítulos en el nuestro se proyectaran sobre la parte superior de la pantalla. Con Kuroneko fue casi peor, porque al corte de algunos minutos en la proyección, inesperado aunque excusado al instante, se sumaron las partes sin subtitular de la película, especialmente molesto durante un monólogo de uno de los personajes, de un par de minutos de duración.

La confrontación de impresiones con mi compañero Rolo (fascinación para mí, aburrimiento para él) acerca del film japonés y la constatación de la admiración mutua sobre la maestría del francés, dejaron de lado mayores preocupaciones con respecto a los problemas mencionados, y nos llevaron directamente a dormir. El día había sido largo, el domingo amanecería temprano y el camino de vuelta estaba a la espera.

Es enero una fecha poco habitual para la celebración de acontecimientos de esta índole, y el atrevimiento conlleva su riesgo: la lluvia fue incesante durante toda nuestra estancia. Así, con un domingo bastante gris y un frío generoso, nos disponemos a recoger nuestros bártulos y prepararnos para la partida, no sin antes dejar de visitar lo más imprescindible en la ciudad: la Alhambra. Un complejo maravilloso y plenamente disfrutable, al que sin duda habrá que volver más pronto que tarde.

Volvemos al centro, comemos, y marchamos; momento para la reflexión. Habríamos necesitado de más tiempo para establecer un juicio más justo: nos hubiera gustado poder disfrutar de todas las demás actividades preparadas -la exposición de Audrey Hepburn, la de carteles del cine de terror italiano, y la de programas de mano de películas clásicas-; asistir a los estupendos conciertos alrededor del nombre de Henry Mancini programados -uno, con su hija Monica como protagonista y el otro, con la orquesta de Granada tras los acordes-; presenciar alguna de las galas del festival; preguntar en las ruedas de prensa organizadas -y ya de paso conocer a Pupi Avati, otro importante director de terror italiano que también fue invitado-; hojear más detenidamente las publicaciones con motivo del certamen -una, sobre el director granadino Eugenio Martín; la otra, la espectacular “Antología del cine fantástico italiano”, nuevo número de la revista Quatermass (casi libro: 368 páginas y unas 1700 fotografías), que analiza de la mano de importantes críticos la historia del género en Italia; ver también de cerca a la estrella de El viaje fantástico de Simbad, Caroline Munro, o al hijo de Hepburn, Sean… Demasiadas golosinas para tan escaso tiempo. Una lástima.

Pero la realidad que vivimos, aquella de la que sí podemos hablar, fue muy satisfactoria. Tiene algunos puntos negativos ya reseñados, pero se trata de pequeñas lagunas propias de la inexperiencia de la primera vez que, estoy seguro, serán solventadas dentro de un año, cuando volvamos movidos por la misma inquietud que rige el buen hacer de aquellos que se encuentran tras las riendas de la ilusión transmutada en cine. Sólo me queda darles sinceramente las gracias y animarles en su empeño.


Compartir
Comentarios (0)
¡Sólo los usuarios registrados pueden escribir comentarios! Crea tu usuario pulsando este enlace.
 
VaDeCine.es en Twitter VaDeCine.es en Facebook
Artículos