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¡Qué Grande Era el Cine! (o es)
Escrito por Error Humano   
Jueves, 18 de Septiembre de 2008


Valoración espectadores: 8.35

¡Qué grande era el cine! (o es)

Parece generalmente aceptado, no se conoce muy bien cómo, pero se convirtió en axioma cinéfilo: antes, el cine era mejor. Pero, ¿aguanta esta verdad el más mínimo y superficial análisis? ¿O se trata de un convencionalismo más en el forzado carácter del intelectual aparentado?

Dejemos, desde el inicio, meridianamente claro que nos vamos a mover siempre dentro de la escala de grises, pues una opinión maniqueísta del asunto resultaría una imprudente estupidez. Por otro lado, hablar de que existen buenas y malas películas en todos los períodos históricos del séptimo arte es tan obvio que torna en bobada comentarlo: ya sabemos, de antemano, que esa es la conclusión a la que llegaremos, pero déjennos jugar, sólo queremos polemizar un rato y no sean demagogos, políticamente correctos y aguafiestas.

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Lo primero a delimitar sería la frontera temporal: ¿qué podríamos considerar cine clásico? Y lo que es aún más discutible: ¿cuál sería el contemporáneo? Me gustaría estimar como punto de inflexión los años 70, pero por razones evolutivas o poéticas razonaré adelantar levemente el arbitrario referente hasta el film (no el año) 2001: A Space Odyssey (1968). Esto es tanto o más cuestionable que el hecho de perpetrar este insustancial artículo.

Juega a favor del axioma el peso de la nostalgia, aquello de cualquier tiempo vivido fue mejor, pero este sentimiento deberíamos aparcarlo a la hora de acercarnos a la controversia. Cierto es, también, el enorme número de obras maestras que se acumulan ante nuestra memoria si pensamos en cine clásico: desde las creaciones mudas de Murnau, Keaton o Lang, hasta los primeros pasos de la sugerente Europa de Bergman o la Nouvelle Vague, pasando obligatoriamente por la época dorada de Hollywood, con Wilder, Ford, Hitchcock o el año 1939 como botón de muestra, sin obviar las salpicaduras de genialidad en el resto del mapamundi, como Ozu, Kurosawa, Buñuel o el neorrealismo italiano. Este argumento, demagogia pura, es exterminado por la ley de la gravedad, pues todas estas películas nos llegan a través de un, quién sabe si afortunado, filtro; ¿o acaso no se realizaba basura en aquellos tiempos? Siento resolver que, sin duda, muchísima (ahí queda Retrospecter). Pero, anualmente sólo unas pocas obras, tal vez menos de una decena, sobreviven a las arrugas. Parecido número, adivino, al que resistirán el envite de nuestros alocados tiempos. Si piensan que miento, caigan en la cuenta de que la vida no se acaba en los Oscars, y por flojos que sean los del cercano año que les venga en mente, debemos contar con el cine mundial para realizar nuestro análisis, y, dar por supuesta nuestra ignorancia a la hora de ver cine, aceptando que algunos clásicos en pañales pasan por nuestras pantallas (y nuestros ojos) desapercibidos, pues sólo el tiempo enseña a gatear a las obras maestras.

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Más allá del arte cinematográfico en sí, hay quien añora, y suma al debate, el precioso encanto de ir al cine, de la actividad en sí. Atendemos expectantes al viejo narrando las magníficas historias en las antiguas tribunas, cines de verano o cine-clubs, con aquellos atractivos programas de mano, y la cualidad del cine como único entretenimiento, acto social en sí. Ciertos aspectos de esta índole son, sin duda, deseables (maldita la hora en que se perdió la programación de mano), pero, por el contrario, a nadie escapa que la rotación de películas era escasa, la distribución deficiente y para ver uno de los etiquetados actualmente como “clásicos imprescindibles” en el cine de tu pueblo, pues tardabas... ¿tal vez años?, ¿quizás nunca, si a la censura le venía en gana? O peor aún, llegaban modificadas en su doblaje para alterar absolutamente el significado del film (únicamente en España, Bergman era un católico abnegado y convencido, ¡qué privilegio!).

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Hoy, en la era de Internet y los multicines, la oferta es tan global que, aun con sus muchas deficiencias, supera de largo la antigua, democratizando la cultura mediante los p2p (lo siento SGAE y cía., es así) y mejorando razonablemente (salvo deshonrosas excepciones) la fecha de los estrenos en nuestro país. Por contra, nuestras carteleras se ven bombardeadas por un alarmantemente alto porcentaje de contenidos inmundos, que desvirtúan nuestra percepción, fomentado falsamente el comentado axioma que da lugar a este artículo. Sin embargo, de esa infame maraña escapan directores con consideración de artistas que siguen emergiendo regularmente década a década: desde los fronterizos F.F. Coppola o Kubrick, hasta Allen, Spielberg, Eastwood, Lynch, Kitano o P.T. Anderson, entre otros. Abierta y larga lista de nombres que, trata de igualarse, cuando menos, a la alineación titular de genios (indiscutibles, ojo) del pasado.

Postulo, pues, con precaución, que no estamos tan mal, basta de impostura, que la cultura no se limita a haber oído hablar de tal o cual personaje, sino a conocer su obra; y no es patrimonio propio de tibios eruditos de vocación que sueltan convencionalismos como muñecos parlantes a los que tiran de su cuerda: “yo es que no veo la televisión”, “el libro era mejor”, “sólo escucho la radio” o “nada como el cine de antes”. Estos estereotipos no fomentan la opinión formada e individual, pues no son sino otro cauce de alienación.

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La cultura es un elemento vivo, y en el ámbito del cine, aún respira; con lo que disfrutemos como tenaces buscadores de oro en la actual cartelera y aprovechemos las nuevas ventajas técnicas o tecnológicas que nos abren un, antes impensable, abanico formativo, que nos permite, entre otras muchísimas cosas, seguir la carrera cinematográfica de cualquier director, actor o guionista, actual o pretérito. Una recomendable y bonita forma de familiarizarse con la Historia del Cine que ahora todos tenemos más a mano. Es ésta la época de las oportunidades intelectuales.

Sirva, en cualquier caso, este artículo de excusa con el fin de reivindicar un elemento que valga de guía para no quedar atrapados en este laberinto ingente de referencias culturales. Responsabilidad que bien podría recaer en la televisión pública, dado su carácter de medio mayoritario; así, en el ámbito del celuloide, todos nos sentimos un poco huérfanos desde que nos abandonó el programa homenajeado en el título de este divagador texto, en el que todo lo expuesto o insinuado admite y espera réplica, pues, una vez más, albergo mi temor -demasiadas veces satisfecho- de no tener razón.

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