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Akira Kurosawa cumple 100 años
Escrito por Rolo Tomasi   
Lunes, 13 de Diciembre de 2010


Valoración espectadores: 9.00

Centenario del nacimiento de Akira Kurosawa

"El cine es como una plaza pública, donde gente de todo el mundo va a compartir sus emociones."

Akira Kurosawa nació en 1910 y el cine siempre estuvo presente en su vida. Su padre, militar, llevaba al niño habitualmente a ver películas, algo excepcional en aquella época para un miembro del ejército dado que era considerado un espectáculo poco respetable. Después, su hermano mayor Heigo comenzó a trabajar como narrador de películas mudas. Gracias a ese privilegio, Heigo habitualmente recomendaba a Akira las películas que debía ir a ver. Para Akira, Heigo era su principal referencia y durante toda su vida lo consideró el reverso negativo de su propia personalidad. Gracias a él, aprendió algunas de las lecciones más importantes de su vida, como aquella vez, en 1923, cuando Heigo lo llevo a la ciudad de Kanto para que viera las consecuencias del terremoto que había matado a más de 100.000 personas. Cuando Akira apartó la vista de los cadáveres que se amontaban por todas partes, su hermano le obligó a mirarlos. Así fue como aprendió a afrontar sus miedos, a vencerlos en lugar de evitarlos.

A pesar de su afición, Akira nunca se planteó trabajar en la industria cinematográfica hasta que en 1933 sucedió algo terrible pero fundamental para que el cine se encontrara con el que llegaría a ser uno de sus más destacados genios. Su hermano Heigo, de sólo 27 años, tuvo éxito en su segundo intento de suicidio. Ese hecho supuso que Akira pasara a ser el cabeza de familia, provocando dejara de lado su vocación de pintor para buscar un trabajo más lucrativo con el que llevar un sustento a su hogar. Así fue como se encontró con un anuncio en el que la productora PCL (que más tarde se convertiría en la mítica Toho) buscaba ayudantes de dirección.

Kurosawa durante el rodaje de Nadare (1937), uno de sus primeros trabajos como ayudante de dirección

Una vez dentro de los estudios PCL, comenzó a trabajar con Kajiro Yamamoto, uno de los directores japoneses más importantes de aquellos tiempos. Para PCL, los ayudantes de dirección eran un pilar fundamental en su estructura, por lo que Kurosawa recibió una completa formación como cineasta a la que siempre estuvo muy agracedido, y con la que aprendió el funcionamiento de cada uno de los departamentos de la productora. Fue en ese momento cuando comprendió la importancia de un buen guión.

Poco después de entrar en los futuros estudios Toho, un golpe de suerte aceleró su carrera. Un conflicto laboral provocó que muchos de los trabajadores veteranos, envidiosos del trato recibido por los recién llegados, abandonaran su cargo obligando a que sus puestos fueran ocupados por Akira y sus compañeros. Fueron años de trabajo duro en los Kurosawa apenas tenía tiempo para ir a dormir a casa, pero eso no evitaba que en su tiempo libre escribiera sus propios guiones con lo que conseguía importantes ingresos extraordinarios.

Sugata Sanshiro, debut de Kurosawa en la dirección

Gracias a sus sobresalientes dotes como guionista fue ganando prestigio hasta que en 1943 consiguió dirigir su primera película, La leyenda del gran Judo (Sugata sanshiro). A pesar de ser un trabajo que dista mucho de ser memorable, fue un gran éxito de público que le permitió ganarse la confianza del estudio para continuar su incipiente carrera. No obstante, donde más problemas encontró fue con la censura del gobierno japonés. En plena Segunda Guerra Mundial, el ultranacionalismo hacía que los censores vieran en los guiones de Kurosawa aspectos pro-occidentales provocando severos encontronazos entre ambas partes. De hecho, antes de la aprobación de La leyenda del gran Judo, tres guiones fueron rechazados. No resulta extraño las autoridades vieran en Kurosawa una figura pro-occidental, puesto que para el director japonés el cine que se hacía en su país era demasiado estático y echaba de menos el dinamismo propio del cine norteamericano.

Con la derrota de Japón y la posterior ocupación del país por las fuerzas occidentales, la censura perdió fuerza y le permitió realizar su trabajo con mayor libertad. Ese control total de su obra, pues siempre dirigió, escribió y montó sus películas, pronto dio como resultado su primera gran obra. En 1948, cinco años y siete películas después de su ópera prima, dirigió El ángel ebrio (Yoidore tenshi) que además de por su sobresaliente calidad cinematográfica es especialmente recordada porque supuso su primera colaboración con Toshiro Mifune.

Toshiro Mifune en El ángel ebrio

Kurosawa encontró en Mifune al actor perfecto, del que llegó a decir que su única debilidad como intérprete era la aspereza de su voz. Capaz de interpretar tanto a invencibles samuráis como a respetables hombres de negocios, acabaría protagonizando todas las películas del director hasta 1965, con la única excepción de Vivir (Ikiru, 1952). Juntos se dieron prestigio mutuo gracias a un puñado de películas que han pasado a la historia del cine como incontestables obras maestras. La primera de ellas fue Rashomon (1950), que consiguió el León de Oro en el Festival de Venecia en 1951, y que no sólo revolucionó el lenguaje cinematográfico por su innovadora estructura sino que su importancia va más allá puesto que descubrió el cine oriental a occidente, llegando a ganar el Oscar a mejor película de habla no inglesa en 1952, siendo la primera película no europea que recibía tal reconocimiento.

Sería en 1954 cuando Akira Kurosawa realizaría la obra por la que siempre será recordado, Los siete samuráis (Shichinin no samurai), la película japonesa más influyente de todos los tiempos. Espectacular e intimista al mismo tiempo, adaptada e imitada en innumerables ocasiones, popular entre todo tipo de público, resulta un ejemplo perfecto de lo grandioso que puede llegar a ser el cine.

La épica batalla final de Los siete samurais, una de las cumbres del cineasta

A pesar del desmesurado éxito conseguido por Los siete samuráis, el cineasta no rebajó su ritmo de trabajo y siguió entregando un largometraje por año, con resultados más que notables, como Trono de sangre (Kimonosu-jo, 1957), demostrando su maestría en todo tipo de géneros como el cine negro, en el que consiguió uno de sus mejores resultados con Los canallas duermen en paz (1960), magnífico exponente de la serie negra a la altura de sus precedentes estadounidenses.

En 1965, la próspera colaboración entre Kurosawa y Mifune llegaría a su fin con Barbarroja (Akahige). Se podría pensar que nada mejor para terminar la colaboración actor-director más fructífera de la historia que una obra maestra como ésta, pero la separación, lejos de ser amistosa, dejó tras de sí una leyenda a la altura de su importancia. No está claro por qué se produjo la ruptura, los dos se negaron a hablar sobre ello, ni siquiera décadas después de que ocurriera. Sin embargo, la versión más aceptada es que Kurosawa no estaba de acuerdo con la visión que tenía Mifune del personaje del Dr. Niide, a pesar de que gracias a él consiguió la Copa Volpi al mejor actor del Festival de Venecia. Incluso se dice que llegaron a las manos durante el rodaje, algo que el actor siempre negó. Lo único claro es que una vez que finalizó la grabación de Akahige, Kurosawa y Mifune jamás se volvieron a dirigir la palabra.

Barbarroja, una de sus obras más conmovedoras

Tuvieron que pasar cinco años para que el japonés volviera a ponerse detrás de las cámaras. A los 60 años, Kurosawa decidió dar un giro a su carrera con Dodes ka-den (1970). Se arriesgó a trabajar con actores desconocidos para contar la vida de unos personajes rechazados por la sociedad, y por primera vez utilizó el color. Ya desde el inicio del proyecto, encontró grandes dificultades para financiar una historia tan arriesgada, algo a lo que tampoco ayudaron los rumores que hablaban de sus deterioradas facultades mentales. Para un director como él, acostumbrado al éxito de crítica y taquilla, la cinta fue un absoluto fracaso en ambos sentidos, afectándole muy profundamente y sumiéndole en una grave depresión, que le condujo en 1971 a tratar de quitarse la vida infligiéndose más de 30 cortes con una cuchilla. Afortunadamente, consiguió superar este delicado momento de su vida aunque su carrera no volvería a ser la misma, pasando de realizar 24 películas en 22 años (1943-1965) a sólo siete en el mismo periodo de tiempo (1970-1992).

Debido a la incertidumbre que despertaba su nombre dentro de la industria cinematográfica japonesa, tuvo que recurrir a financiación soviética para la producción de su siguiente película, Dersu Uzala (1975). Con ella, volvió a la senda de los grandes éxitos, llevándose de nuevo el Oscar a la mejor película de habla no inglesa, y recuperó el crédito perdido, necesario para llevar a cabo dos de sus obras más ambiciosas, Kagemusha (1980) y Ran (1985). En la primera de ellas, no obstante, tuvo que recurrir a dos de sus más famosos seguidores, George Lucas y Francis Ford Coppola, para que convencieran a la 20th Century Fox de financiar parte de su abultado presupuesto.

Akira Kurosawa con Coppola y Lucas

En tres años, de 1990 a 1992, realizó otras tantas películas (Los sueños; Rapsodia en Agosto; y Madadayo) que rubricaron sin mancha una trayectoria imposible de superar. En esos últimos años de su carrera, volvió a la actividad frenética de sus comienzos como si, de pronto, se hubiera dado cuenta de que tenía demasiadas cosas de contar y poco tiempo para hacerlo. El título de su última película es una buena muestra de ello, una posible traducción de Madadayo sería “Todavía no”, como si el viejo maestro lanzara un grito desesperado pidiendo un poco más de tiempo. Seis años después de decir corten por última vez, ese tiempo se acababa para Akira Kurosawa. Ahora que este 2010 también termina, toca celebrar los 100 años del nacimiento de uno de esos directores que han convertido al cine en ARTE, con mayúsculas.

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