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Alejandro Amenábar
Escrito por Error Humano   
Domingo, 11 de Octubre de 2009


Valoración espectadores: 7.04

ALEJANDRO AMENÁBAR. EL OTRO CINE ESPAÑOL.

Alejandro Amenábar. El Otro Cine Español.




De Chile a España: aquel 11 de septiembre olvidado.

Al igual que ‘Chicho’ Ibáñez Serrador (Montevideo, 1935) -ese otro fantástico anfitrión hacia el horror-, Alejandro Fernando Amenábar Cantos (Santiago de Chile, 1972) también es oriundo de Sudamérica e, igualmente, comenzó a desarrollar su carrera fílmica en España, su país de adopción desde la infancia. Este paralelismo, aunque casual, no es del todo gratuito, pues del algún modo ambos comparten referentes e inclinación hacia el suspense. Los dos realizadores, cada uno en diferente época y con distintos medios, alcanzaron el favor del público a través de la sugestión, ese magnético vehículo del cine de terror que, posteriormente, Amenábar ha sabido conducir por películas de diversa índole y género.

Alejandro apenas recuerda Chile, pues con un año escaso, sus padres, chileno y española, emigraron rumbo a España previamente al fatídico 11 de septiembre de 1973, de infame recuerdo para el país andino, y olvidado, o permitido, por la comunidad internacional. En esas fechas, como acontece en todo régimen dictatorial, mientras Augusto Pinochet derribaba por las bravas las puertas del Palacio de La Moneda, la cultura escapaba por la ventana. Como incipiente paradigma de ello, el bebé Alejandro llegaba a Getafe, donde, durante su infancia, estudiaría interno en los Escolapios, desdoblando su tiempo entre cintas de Hitchcock, Powell o Stanley Kubrick y su otra gran pasión: la música. En este matrimonio de aficiones, y revisando la citada lista de autores, se empieza a atisbar la indisoluble relación entre sonido e imagen que impregnaría su cine posterior. Ésa que, apostado tras su teclado, le empujó a componer sus propias bandas sonoras.



Primeros esbozos y ‘Tesis’ doctoral.


Con una educación hogareña, de marcado carácter chileno, rodeado de libros, música, dibujos… su infancia se alejaba de la de otros chicos de su barrio, encaminándole hacia la introspección y el arte -en su más extensa acepción- como válvulas de escape. Alejandro se recreaba contando cuentos, siempre con un corrillo alrededor y la imaginación como único juguete. Algo después de esa época fue cuando inició su andadura como realizador amateur, siguiendo las pautas del perfecto cortometrajista primerizo. Así, su autoría llegó a cotas insospechadas cuando, una vez matriculado en Imagen y Sonido en la Facultad de Ciencias de la Información de Madrid, emprendió su primer trabajo corto: La Cabeza (1991), cuyos títulos de crédito se reducen a su nombre: protagonista, guionista, realizador, compositor, montador, productor… Amenábar se atrevió con todo; o, tal vez, no le quedó otra. Sea como fuere, el caso es que su debut obtuvo el premio de la Asociación Independiente de Cineastas Amateurs (AICA).

De este modo, y aunque Alejandro siempre manifestó que de no ser cineasta hubiera intentando ser músico, este primer éxito le encaminó definitivamente hacia el cine, aunque, eso sí, su segunda pasión se seguiría liberando a través de sus minuciosas y siempre apropiadas bandas sonoras. Composiciones que, más tarde, desbordarían su cine para colaborar en las ajenas Nadie Conoce a Nadie (1999), de su amigo Mateo Gil, o La Lengua de las Mariposas (1999), de José Luis Cuerda.

Entretanto, paradójicamente, Amenábar suspendía nada más y nada menos que la asignatura de ‘Realización’, algo que le inclinó a abandonar sus estudios y convertirse en autodidacta. Hoy día, no cuesta imaginarse al profesor que impartía esa materia justificando aquel suspenso ante las bromas de sus amigos.

Su siguiente parada en el camino fue el desapercibido cortometraje La extraña obsesión del Doctor Morbius (1992), que, si bien fue su único esbozo no premiado, le sirvió para curtirse como realizador, llevándole hasta el punto clave en su carrera: Himenóptero (1993), un ejercicio de puesta en abismo del propio cine amateur. La proyección de este cortometraje en el Festival de Elche sacó del anonimato a Alejandro y le reportó el reconocimiento de autores como Bigas Luna o José Luís Cuerda, el hombre que cambiaría la vida al incipiente realizador.

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Cuerda atisbó el talento innato y comenzó en este punto su mecenazgo para con Amenábar. Se culminaba así la halagüeña iniciación de un joven cineasta que, desde este momento, fue etiquetado de promesa del cine patrio. El veterano realizador le produjo Luna (1995), su último mediometraje, un trabajo de género para el que contó con un presupuesto más holgado y del que posteriormente realizase una versión reducida en formato 35 mm,. El resultado convenció plenamente al estrenado productor. Así, seguro de la joya que traía entre manos, José Luís Cuerda financió el largometraje que, finalmente, daría a conocer el nombre de Alejandro Amenábar a toda España: Tesis (1996) supuso una inusual revolución que enganchó al público por su cautivador y aterrador argumento. Aquel pequeño que soñaba en Getafe con poder contar historias había cumplido su anhelo, pasando de promesa a niño prodigio del cine español.



“Me llamó Alejandro y estoy andando. Estoy andando y me llamo Alejandro”.


Tesis arrasó en los Goya de aquel año, encumbrando a su director con el premio a la Mejor Dirección Novel. La cinta usa el pretexto argumental de las snuff movies para denunciar el exceso de violencia real en los medios de comunicación y el aparente disfrute de cierto tipo de público con ello. En una lectura más interiorizada, Tesis sirvió para exorcizar los fantasmas que la Facultad impuso a su realizador: ya nadie le suspendería.

Además de al propio autor, el largometraje también lanzó al estrellato a Eduardo Noriega y Fele Martínez, por entonces desconocidos. Sostenida en una excelente interpretación de una aterrorizada Ana Torrent, el suspense de la cinta entroncaba con la esencia de Hitchcock o el Powell de El fotógrafo del Pánico e inició una etapa del cineasta en la que, como es habitual en los novatos, reflejó sus principales referentes a través del homenaje y el efectismo, refugiando su talento en el cine de género. En este sentido, su renovada visión del cine anglosajón, alejaba a la industria española de sus recurrentes tramas. Todo un soplo de aire fresco.

En este recorrido a tres paradas por el terror psicológico, Amenábar firmó la mencionada Tesis, ejemplar opera prima; Abre los Ojos (1997), malabarismo por la frontera entre sueño y realidad; y Los Otros (2000), ensayo sobre el cine de fantasmas. Entre ellas la progresión es evidente y constante; o geométrica, más bien. Así, si Tesis le abrió España, Abre los Ojos, aparte de consagrarle, le adentró en la industria internacional: Tom Cruise, toda una megaestrella hollywoodiense, puso sus ojos en ella. Fascinado por la desconcertante historia de un rico y atractivo joven que pierde el rostro tras un accidente, adquirió los derechos de la obra y produjo un remake de escaso empaque titulado Vanilla Sky (Cameron Crowe, 2001) y protagonizado por él mismo.

Amenábar vació Madrid para Abre los Ojos.

Pero el protectorado de Cruise, que sustituyó a Cuerda en la labor, no acabó allí. Fue mucho más lejos. Tras dos películas en España, Amenábar se encargaría de filmar fuera de nuestras fronteras, con guión y reparto inglés, y un presupuesto mucho mayor del que un cineasta español acostumbra a manejar. La financiación y respaldo promocional de Cruise y la guinda de Nicole Kidman como protagonista completaban un proyecto de los que acostumbran a fagocitar nuevos talentos con voracidad.

Sin embargo, con la prestancia de un veterano y la tenacidad por bandera, Amenábar no sólo salió airoso del órdago, sino que demostró una tremenda capacidad de dirección y firmó uno de los mejores filmes de terror de los últimos años. Toda una espectral lección cinematográfica.



Y nadar ‘Mar Adentro’. Regreso a España para un cambio de registro.


Este trío de largometrajes inicial demostró, tal y como apuntábamos al inicio de esta semblanza, el perfecto dominio del ‘tempo’ y el suspense que Amenábar atesora. Una cualidad que, unida al éxito en la taquilla internacional de Los Otros, se materializó en forma de lluvia de proyectos norteamericanos para Alejandro.

Comparado con el personalísimo y subyugante M. Night Shyamalan - también debido en parte al casual, casi taumatúrgico, parecido entre Los Otros y El Sexto Sentido-, el lado fácil de la vida se había abierto para Alejandro. Podía elegir ideas en las que se sintiese cómodo y que supusieran bombazos económicos. El sueño de Hollywood había tornado realidad.

Nicole Kidman aterrorizada en Los Otros.

Sin embargo, Amenábar un realizador que, aparte de filmes, dirige su carrera, dio un vuelco a su filmografía y su destino. Si Los Otros asaltaba el recurrente tema de la muerte desde el lado oscuro, Mar Adentro (2004) lo hizo desde el luminoso. Si en aquélla primó lo sobrenatural, ahora se eligió lo natural, lo cotidiano. Así, abandonó el thriller, desoyó los cantos de sirena y regresó a España para filmar un biopic fuera de género: la historia real de Ramón Sampedro, un tetrapléjico que reivindicó su derecho a una muerta digna, que clamó por la legalización de la eutanasia. Un icono de la lucha por la libertad de decisión.

Alejándose de clichés, un camaleónico Amenábar huyó del sentimentalismo y el panfleto para filmar con veracidad, para acercar a la persona y su historia. Mar Adentro compone todo un canto a la vida desde la quietud de una cama, volando a través de la ventana. Acompañado del carisma de Javier Bardem, quien protagonizó magistral e indeleblemente la obra, Amenábar había vuelto a España, pero el altavoz de su cine ya no se podía silenciar. El film deslumbró al mundo, tuvo una repercusión internacional inusitada y le reportó el Oscar a la Mejor Película Extranjera.

Tras conquistar el dorado, a través de tan sólo cuatro largometrajes y en retrospectiva visión de su filmografía, parece querer abrirse paso la huella de sus referentes más obvios, su particular triunvirato: Hitchcock, Kubrick y Spielberg. “Influencias, no sólo a nivel estilístico, sino por el modo en que cada uno se planteaba el cine. En el caso de Hitchcock, directamente relacionado con el suspense. En el caso de Kubrick buscando la mayor simplicidad y el punto de vista más preciso a la hora de contar algo y en el caso de Spielberg, colocándose en la posición del espectador y haciendo la película que a él le gustaría ver", según declaraciones del propio Amenábar. Tres ascendentes y otras tantas formas de entender el cine que el realizador español aúna en su caleidoscópica cinematografía.

Bardem y el descubrimiento de Belén Rueda en Mar Adentro.


El Faro de Alejandro.


Después de tocar multitud de notas en su pentagrama fílmico, capaz de dirigir obras de toda condición y con el mundo expectante, parece éste el momento apropiado para que Amenábar realice su triple tirabuzón; para que salte sin red. Ya no habrá protección tras su género fetiche, ya no existirá el refugio del espacio cerrado y lo controlable. Es la hora del ágora, del espacio abierto. Es el turno de las superproducciones, tan alejadas de su primer cine. Ésas que sólo ruedan algunos elegidos y en las que sólo muy de cuando en cuando vemos acreditado a un director español.

Ágora (2009), homenaje a la astronomía mutado en alegato contra la imposición violenta de ideas, ambiciosa historia de Hipatia de Alejandría y el derrumbe de su civilización, marcará el camino. El rumbo de Amenábar será radicalmente diferente si el film triunfa. Tal vez entonces no haya vuelta atrás. Si fracasa, no se preocupen, confíen en su talento. Hasta el mejor escriba echa un borrón; y no todos los cineastas se acoplan al imperativo ritmo de lo mayestático. Si incluso David Lynch sucumbió en la incontrolada Dune y aún supo recuperar el pulso de su filmografía, igualmente debemos confiar en Alejandro: un director con mayúsculas, alumno aventajado de la escuela nacional y que está aquí para demostrarnos que otro tipo de cine es posible en España; para recalcar que un chico suspenso en ‘Realización’ en su Facultad puede encabezar una generación. Tal vez esto sea más significativo de lo que parece. Quizá, al igual que la industria del cine español, la enseñanza en nuestro país también necesite una reforma. Alejandro Amenábar abandera el cambio.

 

Alejandro, demiurgo en el rodaje de Ágora.

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