VaDeCine.es: Tu magazine on-line sobre cine con críticas, entrevistas y artículos.

     
El poder televisivo del genio danés (de Medea a Riget)
Escrito por Dr. Manhattan   
Lunes, 24 de Agosto de 2009


Valoración espectadores: 6.50

Lars von Trier y la televisión

Lars von Trier ha realizado una vasta obra televisiva, en multitud de mediometrajes desconocidos y prácticamente imposibles de ver. De entre todo ese material, lo que mejor ha sobrevivido (o, sencillamente, más repercusión ha tenido; es otra forma de enumerarlo) es la película corta que en 1988 realizó sobre Medea, pero, sobre todo, las dos temporadas (separadas tres años en su producción, los que van de 1994 a 1997) que dedicó a retratar las vivencias y ocurrencias que acontecen en el interior de un hospital muy peculiar: Riget (El reino). Nos centraremos, pues, en repasar brevemente las dotadas virtudes que el genio danés demostró tener para la realización televisiva, poniendo el foco en las dos citadas obras.


En la primera de ellas ya apuntaba maneras en su manejo del limitado tiempo para construir una sólida trama, y si bien se trata de un producto destinado para la televisión (su duración, apenas 75 minutos, no da para más), puede valorarse como una película a añadir a su repertorio, con la nada caprichosa peculiaridad de estar situada en plena eclosión de la llamada Trilogía de Europa (formada por las previas El elemento del crimen y Epidemic , y por la inmediatamente posterior Europa ).

En Medea, von Trier adapta un guión original de su admirado (y a todas luces imprescindible) compatriota Carl Theodor Dreyer, quien no pudo finalmente llevarlo a la gran pantalla. Éste, a su vez, partió de la historia contada por Eurípides, que fue encargado para relatar la vida de este mito de la Grecia Clásica. Y lo que nos llega es un pequeño extracto de las múltiples aventuras de esta mujer hechicera, quizás la etapa más conocida, por trágica, de su existencia. Así, tomándose las licencias convenientes con respecto a la historia clásica para su adaptación al medio cinematográfico, el entonces joven director sitúa en pantalla a una pobre mujer, traicionada por su marido Jasón para casarse con Glauce, la hija del rey Creonte, y de esta forma adquirir los derechos al trono de Corinto, de donde la protagonista es expulsada. La tragedia se desencadenará cuando Medea culmine su venganza personal en forma de regalo mortal para la nueva prometida y de sacrificio humano de los dos hijos que tenía en común con Jasón, para enloquecimiento de su ex-marido.

Una imagen de Medea

Una terrible historia digna del gusto de von Trier que éste, en su versión, se encarga de relevar en su significado a través del muy logrado aspecto visual que confiere a la obra. Con un presupuesto mucho menos holgado que el que ostentaría en The kingdom (título internacional de la serie antes mencionada), el danés saca máximo partido a su desbordante imaginación y representa metafísicamente el sufrimiento, muerte y sacrificio que esta oscura mujer profesa, inundando el ambiente de aguas, cavernas y brumas de angustiosa contemplación. Contraposiciones de luz y oscuridad, en una bella composición de imágenes, así como una leve impresión de fantasía, afectan a los personajes, y ayudan al subrayado del distinto carácter de las situaciones planteadas.

El vidente no puede dejar de sentir un gélido escalofrío tras contemplar el elocuente gráfico que da nombre al film y que cierra el mismo, enmudecido ante la cruda recreación que el realizador ha parido, sobria y contenida aunque extremadamente impactante; patrones visibles en toda su filmografía.

El elocuente dibujo del título del telefilm

Una lástima que esta película no haya tenido la distribución y repercusión que sí tuvo, en cambio, El reino. Aunque no deja de resultar curiosa la comparación entre ambas realizaciones televisivas, diametralmente opuestas. Si entonces había medición, ahora hay desproporción; si allí había un sentido de la muerte representado en el marco de los cánones clásicos, aquí existe una tendencia a la desmesura que deviene en un muestrario de lo sobrenatural un tanto estrafalario; en definitiva, donde antes encontrábamos seriedad, después toparíamos con una manera de entender la ficción sin restricciones, amparándose el terror manifiesto y el humor irreverente juntos en el mismo intento. Lars von Trier comenzaba a campar a sus anchas en la constante dualidad broma/genialidad que siempre ha bordeado su carrera.

Y no por ello The Kingdom resulta de menor interés, más al contrario. Siendo una obra de marcado carácter ambicioso (y que en su mayoría, le serviría para financiar la Trilogía del corazón, compuesta por Rompiendo las olas , Los idiotas y Bailar en la oscuridad ), el controvertido director sabe explotar hasta límites insospechados los medios de que dispone y, haciendo gala de su habitual socarronería entremezclada con su profunda inteligencia, invierte su pulso en una creación altisonante y grandiosa de alguna manera, por cuanto pone al descubierto todos y cada uno de los parámetros formales que recorren su inquietud fílmica. Y entre tanto, Dinamarca vacía durante la emisión de los capítulos. Ahí es nada.

Stig Helmer mirando a los daneses

¿Lo que nos cuenta? ¿La “trama”, quizás? Olvídense. Sólo deben saber que la cámara recorre los largos y tortuosos pasillos del hospital Riget ayudándonos a descubrir, un poco más si cabe, durante cada uno de los cuatro capítulos en los que se divide cada temporada, a una galería de personajes a cada cual más excéntrico e inquietante. Probablemente el Dr. Stig Helmer esté a la cabeza de todos ellos: permanentemente malhumorado, casi siempre maleducado, sus visibles extravagancias y constantes exaltaciones no son sino la fachada que sirve de escondite a sus (terribles) errores del pasado, incapaz de reconocer. No le va a la zaga la señora Drusse, una anciana hipocondríaca que se empeña en instalarse en el hospital aun sin padecer ninguna enfermedad visible, con la excusa de buscar los espíritus que ella intuye alrededor. También están el director del recinto, Moesgaard, obsesionado con el perfecto funcionamiento del mismo pero incapaz de llevarlo a buen puerto, fruto de su progresiva y demencial preocupación sin sentido; y su hijo, un joven aspirante a médico más preocupado en ligar y realizar trastadas adolescentes que en estudiar medicina. Y Krogshoj, en apariencia el más serio de todos pero herméticamente cerrado, no sólo en sí mismo sino también en los sótanos de las instalaciones, donde soborna y trafica material de distinta índole con los internos. Por último, el profesor Bondo, un doctor obsesionado con un muy poco frecuente tumor de hígado que no duda en trasplantarse el que encuentra en un paciente para experimentar la sensación y avanzar en su investigación. Si a eso añadimos una médico cuyo embarazo crece al doble de ritmo de lo habitual; una ambulancia fantasma que llega y desaparece todas las noches a las puertas de entrada; una logia de doctores que celebran reuniones secretas profesando estúpidos e hilarantes ritos de iniciación; la aparición de espíritus y demás entes del más allá; conductores de ambulancia suicidas que sirven de apuesta a los empleados del hospital; y, sobre todo, dos chicos con síndrome de Down que, en la cocina del recinto y mientras fregan platos, parecen tener las claves de todo este en apariencia esperpéntico embrollo, no podrá negarse que más que un hospital, esto parece un manicomio.

Uno de los poseedores de la VERDAD

Pues bien, aunque no lo parezca, El reino esconde entre sus paredes la representación de la perenne lucha entre el bien y el mal, la confrontación entre lo real y lo sobrenatural en el marco de un edificio símbolo de lo corpóreo, como bien nos cuenta el guasón danés al final de cada episodio, apareciendo, cual demiurgo, junto a los títulos de crédito delante de una cortina roja que cierra las correrías que él previamente ha desplegado (si bien a veces, uno, al verle y analizar lo que comenta, llega a preguntarse hasta qué punto él está más cuerdo que sus personajes). Porque, aun teniendo en consideración el marcado carácter febril y limítrofe con la más descabellada gansada "made in Lars" que posee la serie, hay que reconocerle ciertas virtudes irrebatibles a la misma (además de saber introducirnos levemente en los modales y particular cultura danesa, aquí enfrentada a la sueca mediante el personaje de Helmer, que cada noche no duda en salir al ático del edificio para añorar su avistado país y cagarse, literalmente, en la “escoria danesa” en la que está inmerso).

Por ejemplo, se hace patente aquí la enorme capacidad del director para administrar el drama, que proporciona con cuentagotas, y conjugarlo con dosificadas líneas de un terror que sabe entremezclar naturalmente en la realidad cotidiana (una de las mejores bazas, y siempre presente, que encontramos en la serie), a la vez que insufla un humor muy visible durante todo el desarrollo, inherente a la rareza propia de la historia y a la inquietud con la que acierta a perfilar los caracteres que la dan vida. Se toma su tiempo y, en una media de una hora de duración por capítulo (no importándole extenderse hasta quince minutos más en algunos), planifica certeramente lo que quiere transmitir en cada uno de ellos de tal manera que, cuando llegue el final, éste sea lo suficientemente interesante como para enganchar al espectador para el siguiente. Y vaya si lo logra.

La señora Drusse y sus fieles acompañantes

Y en cuanto a lo que la realización en sí se refiere (desarrollada casi en su totalidad en interiores), ésta adopta un tono documental del que sin duda se beneficia la obra, como si la cámara fuese un convidado de piedra entre camillas, ascensores, pacientes y discusiones de médicos, ejecutando von Trier un recital de aprovechamiento del espacio de rodaje a la hora de colocar y angular la cámara, y después, de montar el material previamente filmado, siempre en tonos rojizos, oscuros y desgastados para conseguir transmitir ese ambiente tenebroso y resquebrajoso, sucio y asqueroso por momentos, que posee el complejo hospitalario y las almas que lo pueblan; incluso diría que con The kingdom, exprimió hasta el final la capacidad interpretativa de sus poco conocidos actores. Toda la ficción es así salvo el consabido prólogo o introducción de cada episodio, una auténtica "set piece" del misterio que nos cuenta cómo, en el lugar donde ahora la ciencia y mentes más privilegiadas del país desarrollan su labor, antaño los lugareños lavaban la ropa en las pantanosas aguas allí presentes, con la consiguiente superstición que emergirá del lugar; vigorosamente narrado en off, de raíz barroca en lo visual y con explosión final de sangre sobre las letras del título incluída (lo que dará paso a la habitual cortinilla de presentación de los personajes, más habitual), desprende una merecida inquietud y resulta una pieza clave en el conjunto.

La magnífica introducción de Riget

Con todo lo anterior, sólo resulta frustrante el hecho de que no haya una finalización clara a lo que von Trier quiere contarnos, un golpe de autoridad último que glorifique su sentido. Claro, que conociéndole, no es de extrañar que -como los espíritus que deambulan por Riget, observadores los unos, reclamadores de justicia eterna los otros, transmutándose el mal puro en una revivificación del pasado más terrible el de más allá (llamémosle el diablo), mientras los pobres humanos, lo suficientemente preocupados en su propia estupidez y únicamente armados en la explicación racional de la existencia, luchan inefablemente contra toda esa superstición que creen inexistente-, deje al libre albedrío interpretativo de cada cual los extraños, locos, estrafalarios pero magníficos avatares de su Reino, de nuestro reino.       

El protagonista de la serie

Compartir
Comentarios (0)
¡Sólo los usuarios registrados pueden escribir comentarios! Crea tu usuario pulsando este enlace.
 
VaDeCine.es en Twitter VaDeCine.es en Facebook
Artículos