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Jugando a la ruleta rusa, Francis Ford Coppola
Escrito por Inmafun   
Viernes, 26 de Junio de 2009


Valoración espectadores: 9.90

Francis Ford Coppola

En este artículo os invitamos a recorrer la trayectoria de uno de los directores más polémicos y excéntricos del panorama cinematográfico. Desde sus primeras incursiones hasta sus últimos proyectos, el apellido Coppola siempre ha sido sinónimo de ambición y pugna, atributos que, sin duda, su cine refleja a la perfección.


Un talento incipiente


Detroit, Michigan. Un 7 de abril de 1939 Carmine e Italia Coppola  veían nacer a su segundo hijo. Francis Ford Coppola venía a este mundo para deleitarnos con su personal y ecléctica visión del arte cinematográfico. Un director transformado en un icono generacional para sus coetáneos por sus ascensos y caídas, y en todo un referente para los nuevos genios del cine actual.

Antes de fijar residencia en Queens, los Coppola, debido a la profesión de director de orquesta del cabeza de familia, anduvieron cambiando constantemente de domicilio, produciendo en el jovencito Francis una sensación de inestabilidad y frustración debido a los innumerables primeros días de cole que le toco revivir una y otra vez.

A la edad de nueve años, Coppola cae enfermo de polio, quedando todo un año recluido en su domicilio, aislado del resto de niños de su edad e impedido físicamente. Es en ese periodo en el que decide iniciarse de manera amateur en el campo mediante las representaciones de marionetas. Además, por arte de serendipia, cae en sus manos un viejo reproductor de 8mm. que había pertenecido a su padre. De esta inocente manera, el devenir de uno de los más aclamados directores de esta era comenzaba a tomar forma mientras montaba y musicalizaba las cintas caseras de la familia a modo de pasatiempo infantil.

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Cumplidos los dieciocho y en cierto modo apoyado e inspirado por las virtudes artísticas de una familia ítalo-americana ya iniciada en el mundo de la farándula y el gusto por la estética, el Coppola estudiante decide encauzar su futuro en torno a las artes escénicas. Aún no teniendo muy clara su predilección por el cine, decidió coquetear con el género teatral cursando estudios en la universidad de Hofstra, en Nueva York. Estudiante modélico, obtuvo el reconocimiento de crítica y público por el montaje que realizó de Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams. En 1960 obtiene el título de Artes Teatrales para matricularse acto seguido en el Departamento de Cine de la una Universidad de Los Ángeles, una incipiente UCLA de la que más adelante surgieran grandes talentos.


Un golpe de suerte


A principios de los 60, las escuelas de cine no tendían a producir grandes talentos cinematográficos. Coppola, sabedor del triste futuro que posiblemente acaeciese sobre su  persona, decidió no desfallecer en el intento y fue agarrando todas y cada una de las lianas que le fueron tendidas a su paso.

Con el propósito de abrirse camino, comenzó por hacer incursión con varios mediometrajes en un género muy de moda por aquel entonces: los nudies. Labor poco dignificante, pero que sirvió como carta de presentación a un Roger Corman que, por aquel entonces, buscaba una lumbrera de la UCLA que le hiciera el trabajo sucio. Así, el peculiar King de la serie B, dio no sólo con un chico de los recados al que mandar a por café, sino que la dedicación y empeño con que Coppola trabajaba hizo que Corman le diese la oportunidad de montar el sonido de The Young Racers (1963).

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Aprovechando la oportunidad que le brindaba el destino, Coppola sugirió a su mentor el rodaje de Dementia 13 (1963), proyecto que rondaba la inquieta cabeza del joven cineasta. Así, Corman accedió a financiar la cinta con los retales económicos que habían sobrado de su último trabajo. La película, un thriller a la antigua usanza y de regusto hitchcokniano, muy en voga entre el público adolescente que poblaba los drive-ins de la época, pasó a ser manzana de la discordia y causa de distanciamiento entre discípulo y maestro. Corman, decepcionado con el resultado del experimento, contrató a Jack Hill para que terminase el rodaje de la película, traición que Coppola jamás perdonaría.


Seven Arts; un oasis en el desierto


Tras el desengaño profesional que supuso la ruptura de relaciones con Roger Corman, padrino de otros muchos directores a lo largo de su carrera, Coppola, hastiado y algo confuso, ve como la suerte vuelve a llamar a su puerta. La productora independiente Seven Arts le ofrece un contrato como guionista que acepta con entusiasmo. La fusión con la Warner catapulta la trayectoria profesional del joven de Queens, que no tarda en demostrar iniciativa proponiendo a los “fat cats” del negocio el rodaje de You´re a big boy now (1966). La cinta, tintada con Nouvelle Vague en tono jovial y ligero, supuso una matrícula de honor en su proyecto de fin de carrera.

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La fortuna provoca de nuevo que los astros se alineen y, bastante emocionado con el nuevo proyecto que le ofrece la productora, se dispone a sumergirse en un género con el que hasta ahora no había estado demasiado familiarizado: El musical. El valle del arco iris (1968), protagonizada por Petula Clark y Fred Astaire, supuso una versión del original de Broadway que, si bien paso totalmente desapercibida, supuso una labor digna del realizador, que vio como su protagonista femenina optaba al Globo de Oro en el 68 por aquel encargo. A pesar de no haber aportado gran éxito al director, siguió coqueteando con el género musical en varias ocasiones, fruto de las cuales verían la luz Corazonada (1982) o Cotton Club (1984).

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Un tándem ideal: Coppola meets Lucas

Un jovencísimo George Lucas tenderá más de una vez la mano en algún apuro a Coppola. Llueve sobre mi corazón (1969),- ganadora de la Concha de Oro en San Sebastián - con tintes autobiográficos,  supondrá el comienzo de innumerables colaboraciones entre los dos realizadores, a parte de una amistad extrapolada al ámbito empresarial y económico. Lucas, ya en rodaje de El valle del arco iris rebañó una nada desdeñable cantidad de dinero a la Warner para que su camarada pudiese continuar su labor.

Es por aquel entonces cuando Lucas, trabajando en la semilla del  THX 1138 4EB (1970), se decide, incitado por su colega, a dar el salto al vacío y transformar en largometraje su personal proyecto.

En busca de la utopía, los dos amigos, junto a otros compañeros de profesión, se embarcan en una empresa titánica por la que se verán fagocitados más pronto que tarde: la productora Zoetrope. El espejismo de aquel sueño dorado en el que reunir a los jóvenes talentos incomprendidos de la UCLA no tardó en caer por su propio peso. Los jóvenes impulsivos y emprendedores del mundillo del fotograma no tardan en embaucar a la Warner para que aporte  capital al proyecto de siete filmes, encabezados por THX1138 4EB. Desafortunadamente, la Warner exige el inmediato reembolso de la jugosa inversión cuando ve el resultado final del primer proyecto. El 19 de noviembre de 1970, Zoetrope se ve obligada a rotularse con un “out of business”. Irónicamente, echando la vista atrás, Coppola denominaría aquel catastrófico día como “Black Thursday”.


Conquistando la cima: El apogeo de los 70


El guión de Patton relanza la carrera de Coppola de manera satisfactoria, haciéndole merecedor del Oscar junto a Edmund H. Norton.

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Sin embargo,  es innegable  la capacidad que demostró Coppola a la hora de  de transformar a un incipiente Marlon Brando en  icono imperecedero del mundo de la mafia, El Don de los dones. Además, el resto del reparto no destacaba precisamente por la experiencia: Al Pacino contaba en su currículum con tan solo una película, Pánico en Needle Park (Jerry Schatzberg, 1971) y Caan y Duvall habían debutado con el propio Coppola en Llueve sobre mi corazón. No obstante, el clasicismo y la elegancia con que transcurren los minutos de cinta sigue creando admiradores e imitadores en las nuevas generaciones, que aún se deleitan con las sobrecogedoras secuencias, violentas a la par que sobrias, con las que Coppola hace gala de su sabia mano a la hora de dirigir, siempre apoyado por la fantástica fotografía de Gordon Willis. Lo tumultuoso y atropellado del rodaje, los cortes y las modificaciones no son lastre en este collage, si bien el Oscar a mejor guión adaptado es  testigo que acredita la arrolladora energía con la que se rodó esta cinta, suponiendo todo un fenómeno mediático entre el público de la época.

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En el 74, la suerte sigue del lado del cineasta de ascendencia italiana. Con El Padrino II, si bien el éxito fue algo más modesto entre el pueblo llano que con la primera parte de la trilogía, la crítica ensalzó aun más si cabe esta entrega que a su predecesora. En esta ocasión, la infancia de Vito y las dificultades de Michael entretejen una doble trama de peculiar tono en clave de tragedia en el sentido más clásico de la palabra. Coppola, ahora con más presupuesto y libertad creativa, toma por completo las riendas del proyecto aprovechando el éxito sobre el que se asienta su persona. En esta ocasión, Coppola enfatiza con personalidad un binomio poético recurrente: lo perdurable del triunfo y el paso del tiempo que, indefectible y  cruel  hace mella en los protagonistas y arrastra a una locura pactada, fruto del fatum, arcáica e irrefrenable de la que Michael se hace encarnación prototípica. Tres Oscars fueron con los que galardonó el jurado a esta nueva incursión en el universo al que Puzo insufló vida literaria con su pluma.

A la vez que el realizador cosechaba los frutos sembrados con la segunda parte de la trilogía de los Corleone, La Conversación había visto la luz en un estadio de éxito irrefrenable. Ganadora de la Palma de oro en Cannes en el 74, Coppola hace gala por fin de un cine de autor propiamente dicho, cine que enlaza con sus inquietudes e intereses personales, siendo en este caso la fascinación por los métodos de espionaje la que se erige blanco oportuno en esta cinta protagonizada por Gene Hackman y que enlaza directamente con las escuchas del Watergate en el 72. Sin embargo, a pesar de tener en sus manos la capacidad de abrir brecha en el tema político, muy acorde con la depresión de la política americana, Coppola decide tomar otros derroteros y focaliza toda su atención en narrar los aspectos técnicos desde una perspectiva apasionada como realizador y desde un punto de vista melancólico y obsesivo desde la mira de protagonista, Harry Caul.

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Tras escribir y financiar para su amigo Lucas American Graffiti (1973), película generacional glorificada, y adaptar El Gran Gatsby (1974), no conforme con la sucesión de éxitos que había encadenado durante esta fructífera década, como broche final, Coppola decide poner fin al decenio con una andadura tan colosal como arriesgada. Así como Orson Welles, uno de sus más preciados referentes, intentara llevar a la gran pantalla El corazón de las tinieblas, el clásico de Josep Conrad, él decide tomar el relevo e iniciarse en un agotador rodaje en la jungla filipina que haría historia, aparte de por su encomiable resultado, por la brutal pesadilla que supuso para todo el equipo. Con Martin Sheen y Marlon Brando a la cabeza del reparto, Coppola extrapola el escenario de El Congo a la guerra de Vietnam. “Mi película no trata sobre Vietnam. Mi película es Vietnam” El propio realizador definía así la experiencia, osadía que le llevó a endeudarse e incluso a perder el norte por momentos. Todo ello quedó recogido por Eleanor , compañera de la UCLA y esposa, en el documental Heart of Darkness, en el que narra la homérica epopeya que constituyó la filmación de esta obra maestra. Pese  todos los pesares, Coppola vio como sus bolsillos volvían a recuperarse debido al aclamado triunfo que supuso, tanto en taquilla, como a nivel de crítica. La Palma de Oro en el 79 cerró este ciclo lleno de altibajos económicos para el director que, osando rizar el rizo presentó un nuevo montaje renombrado con el calificativo Redux en la edición del 2001 del festival de Cannes. Soplo de aire fresco con casi 30 minutos más de metraje que hizo las delicias de gran parte de la crítica pero sobre todo del  sector del público más devoto.

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Años 80: El camino del exceso


Mientras Coppola se frotaba las manos discurriendo el modo de relanzar la utópica Zoetrope, -finalmente compraría la Hollywood General Studios- decide atacar al enemigo desde dentro. Sitúa así la sede de su nueva compañía en el epicentro de la industria, en pleno Hollywood. Su entusiasmo y ambición le llevan a convertirse en un patriarca del exceso y la egolatría.

De este periodo de excentricidad y derroche correspondiente a 1982 surge Corazonada, obra con la que el director estrena su nueva productora, ahora centralizada y bajo su propio monopolio en una autocracia que dejaba atrás las aspiraciones hippies de comunidad cinéfila. La cinta, musical estrambótico establecido en el marco de Las vegas, derrocha neón y presupuesto a raudales. Con una inversión de más de 20 millones de dólares, la taquilla no dio más fruto que una mísera décima parte de lo arriesgado. Es ésta una historia de amor- con mucho de autobiográfico- enmarcada en una exhibición de la tecnología que Coppola manejaba en su estudio. Los artificios, que se traducen en infinitos planos secuencia, los guiños al proscenio y el uso de material novedoso como la Steadycam, remiten a un instinto reprimido durante años: el teatro. En esta ocasión el ególatra barbado cambia los exteriores exuberantes de Apocalypse now por el laboratorio de montaje, resultando una aventura circense ubicada en una artificial y claustrofóbica Las Vegas, significando la ruina económica del realizador y la consiguiente retirada a Tulsa, Oklahoma, no sin antes ser llamado al orden por Win Wenders, al cual debía Hammett(1982).

Los siguientes dos trabajos a los que Coppola dio vida no fueron encargos, en contra de lo cabría pensar. Tanto Rebeldes (1983) como La ley de la calle (1983), inspiradas en el comportamiento idealista de jóvenes de pelo grasiento y que viven de acuerdo al canon romántico. Formando un binomio indivisible pero en cierto modo antónimo, ambas se inspiran en obras de la escritora S. E. Hinton.

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Si Rebeldes hacía honores a West Side Story (Wise, Robbins, 1964) en lo que se refiere a enfrentamiento entre bandas, en este caso Greasers contra Socs, o lo que es lo mismo, status contra miseria, La ley de la calle asume el prototipo de joven rebelde que vive deprisa a lomos de su moto, fetiche y estereotipo recurrente que remite al mito de James Dean.

El estrepitoso fracaso en taquilla de los dos anteriores films le obliga a aceptar una serie de encargos. El primero de ellos fue Cotton Club (1984), inducido por el productor de El Padrino, Robert Evans. En clave de musical y ambientada en el ambiente cabaretero de los años 30, Coppola se las ingenia para colocar a Diane Lane, su predilecta, en el papel protagonista, tomando como partener a Richard Gere. Gangsters, mucho despilfarro y poca rentabilidad.

Seguidamente, en el 86 realiza el segundo compromiso: Peggy Sue se casó (1986), contrato que le supuso salvar el Sentinel Building, sede de Zoetrope. El paso del tiempo vuelve a convertirse en protagonista. Peggy Sue, de cuarente y tantos, volverá a revivir una adolescencia que utilizará para aceptar su sino en un ejercicio de resignación. Velada por Regreso al futuro (Zemeckis, 1985) en lo que a temática se refiere, la originalidad de la misma queda minimizada irremediablemente. Ese mismo año, el destino daba una cruel bofetada al realizador: La muerte de su hijo Gio durante el rodaje de Jardines de Piedra (1987). Cinta gira entorno a las relaciones entre diferentes generaciones y está ambientada en el Vietnam de los 60, pero alejándose del campo de batalla físico en pos de una evocación que sigue en su devenir una línea clásica.

Los papeles se habían cambiado. Décadas atrás, Coppola, tras uno de sus numerosos golpes de suerte económicos, había tenido la deferencia de producir para su camarada Lucas American Graffitti. Ahora tocaba el turno de ser agradecido. Lucas decide producir Tucker (1988), protagonizada por Jeff Bridges y enmarcada en el escenario de Detroit, ciudad natal del director. Cambiemos Coppola por Tucker e industria del motor por cine. Veremos cómo el paralelismo autobiográfico no deja lugar a dudas. Es por tanto ésta la historia de un soñador que lucha por triunfar entre férreos titanes asentados, el deseo de construir un imperio entre imperios.

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Salir del lodo. Crónica de los 90


Tras recibir unas críticas un tanto nimias por su trabajo Life without Zoe, incluido dentro de triplete formado por él mismo, Woody Allen y Scorsese y que se dispuso bajo el título de Historias de Nueva York (1989), Coppola quiso dejar atrás su ruina económica mediante la filmación de la tercera entrega de El Padrino (1990). Nominada a siete Oscars, resultó vapuleada por Bailando con lobos (1990), de Kevin Costner. La crítica estuvo en todo momento de su parte y, lo que es más, El Padrino III sirvió para exorcizar los demonios de la prematura y trágica muerte de su primogénito. Lejos de la grandilocuencia de las dos primeras entregas de la saga, se nos narra a modo de drama crepuscular la caída de Michael, que ha de abdicar en Vincent, el bastardo de su hermano Sonny.

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En el 92, una vez más, el genio creador sigue los pasos de su referente ideal: Orson Welles. Adaptando la novela de Bram Stoker, Drácula, así como intentara en el pasado su gurú, se deja arrastrar por la oscura espiral de la literatura gótica y va más allá de la iconografía de Stoker; adentrándose en los juegos visuales y las superposiciones, Coppola alcanza la luna con una historia de una profundidad romántica memorable en consonancia con un artificio visual intencionadamente elemental y anacrónico. Ganadora de tres Oscars (vestuario, maquillaje y efectos sonoros), el director rentabilizó su propuesta y consiguió seguir subiendo peldaños en sus dulces noventa.

Curiosamente decide aceptar un encargo: Jack (1996). Con un resultado un tanto descorazonador, Robin Williams ve como los años hacen mella en su cuerpo a una velocidad de vértigo. De nuevo la preocupación por los años vividos y por vivir se hace eco en la filmografía de Coppola que, en esta ocasión, se desvelan mediante la presentación de un niño encerrado en el cuerpo de un anciano. Mediante la inserción de un final cíclico que deja lugar a la esperanza de la vida, Coppola expía sus fantasmas personales acerca del transcurso del tiempo como elemento devorador insaciable.

Con The Rainmaker (1997), protagonizada por De Vito y Matt Damon y más conocida en España por Legítima defensa, vuelve a la adaptación literaria, esta vez de la mano de John Grisham. Se trata de la representación de lucha anónima y solitaria contra los valores sociales y legales establecidos. El sistema está enfermo y, como metáfora de esta mórbida realidad, acuña como factor clave la leucemia de un personaje maltratado por la justicia. En un tono tragicómico que oscila de forma fluida, Coppola equilibra la balanza con soltura desde su posición en la realización cerrando así un ciclo más que sugerente en lo económico.


El nuevo siglo: en manos de un futuro incierto


Tras la reedición a Apocalypse Now ahora tildada con un Redux que relanzaría desde Cannes en 2001, Coppola presentaría en sociedad Youth Without Youth (2007)  con la consiguiente sorpresa generalizada. Se trata de una película independiente y personal, más un legado a su propia progenie, una imposición íntima para con las nuevas generaciones. De nuevo, tomando partido por una adaptación literaria, en esta ocasión de Mircea Eliade, se desplaza a Rumanía y se desvincula de los excesos económicos para centrarse en la captación de una esencia sutil. Sus obsesiones resucitan,  toman vida reiteradamente en una puesta en abismo sobre la que atisbamos el reflejo de su propia existencia. El protagonista, Dominic Matei, se ve aturdido por el hecho de no poder finalizar la obra acerca del origen de las lenguas, metáfora de la substancia de la vida. Experimentando con la fragmentación narrativa y temporal, la cinta toma matices oníricos que remiten en ocasiones a En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, con quien comparte obsesión por el paso del tiempo.

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Ahora, después de unos cuantos años en la oscuridad, Coppola nos presenta Tetro, su último trabajo, una historia rodada en Argentina en relación a la explosión migratoria desde territorio italiano que experimentó Buenos Aires en los albores del siglo XX. El reparto, conformado por Vincent Gallo, Maribel Verdú, Carmen Maura y Alden Ehrenreich entre otros, promete no dejar indiferente a nadie.

Y es que la figura de Coppola, megalómano y excéntrico en sus decisiones, posee todas las características que hacen pasar a la historia a un realizador de su talla. Desproporcionado en sus actos y utópico en sus decisiones y, no obstante, tan desesperado por captar un momento eterno en el que guarecerse del insaciable Cronos.

ONE CAN BE FROZEN IN TIME.
ONE CAN BE BEYOND TIME.
ONE CAN BE AHEAD OF TIME.
ONE CAN BE BEHIND TIME.BUT,
ONE CANNOT BE WITHOUT TIME.
[…]
TIME WAITS FOR NO MAN.

(“Diarios 1989-1993”)

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