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Desafío en la ciudad muerta
Escrito por Manuel Aguilar. Colaborador   
Lunes, 23 de Julio de 2012


Valoración espectadores: 5.00

Valoración de VaDeCine.es: 7

Título original: The law and Jake Wade
Nacionalidad: U.S.A.
Año: 1958 Duración: 84 min.
Dirección: John Sturges
Guión: William Bowers (Novela de Martin H. Albert)
Fotografía: Robert Surtees
Música: Fred Steiner
Intérpretes: Robert Taylor (Jake Wade), Richard Widmark (Clint Hollister), Patricia Owens (Peggy), Robert Middleton (Ortero), Henry Silva (Renny).


Trailer


En numerosas ocasiones, la historia de un género puede estudiarse a través de la carrera de un director, y el de John Sturges es un caso evidente: director de westerns clásicos y grandes cintas de aventuras, sus películas aparecen a lo largo de los cincuenta teñidas de un aire nostálgico, triste a veces, que podría incluirle en la lista de los precursores de la ya próxima tendencia desmitificadora. Muchas de sus películas, de este modo, transpiran ya un notorio afán reivindicador, así Conspiración de silencio y El último tren de Gun Hill, ambas una denuncia sin ambages del racismo y, en el caso de la primera (independientemente de que pueda considerarse o no un western), evidente alegato antimaccarthysta, por no hablar de El sexto fugitivo, donde, por encima de la revisión argumental a los diferentes arquetipos del género, se plantea la búsqueda del pasado de su protagonista, en la mejor línea del western crepuscular.


Algo similar sucede con el presente título, en muchos aspectos un remake de la obra maestra de William A. Wellman Cielo amarillo, pero al mismo tiempo imbuido de la atmósfera turbadora del mejor Anthony Mann y con más de un punto en común con El último tren… del propio director, rodada un año después. Así, Jake Wade (Robert Taylor), antiguo pistolero ahora al lado de la ley, se ve obligado a iniciar un retorno a su turbio pasado al ayudar a escapar a un delincuente (Richard Widmark), que antes le había hecho el mismo favor (del mismo modo que el personaje de Kirk Douglas debe enfrentarse a su viejo amigo convertido en marshall en El último tren...). Cuando, prisionero de su “amigo” y su banda, encuentra refugio en una ciudad abandonada, los fantasmas personales de cada uno de los personajes, como en la cinta de Wellman, comienzan a aflorar, quizá alentados por el ambiente malsano del lugar.


Tenemos aquí, pues, todos los componentes de la corriente psicológica dominante en aquellos momentos. La confrontación de personalidades entre Widmark y Taylor es antológica, como lo fue entre Gregory Peck y, de nuevo, Widmark encabezando una banda de forajidos en el film precedente, teniendo en cuenta que, en ambos casos, los personajes confrontados no están demasiado distantes uno del otro. La atmósfera de la ciudad fantasma, por otra parte, está bastante lograda, recordando por momentos (en especial el ataque indio) a los westerns metafísicos del infravalorado Gordon Douglas. Es una lástima que estos momentos no posean el grado de abstracción requerido -aquí se revelan las insuficiencias de Sturges, al predominar la acción en una cinta que debería haber sido más intimista- para ser la obra maestra que debería haber sido, aunque la violencia soterrada que se desprende en cada plano y de cada personaje (se habla incluso del asesinato de un niño) es sorprendente y revela a un director, cuando menos, valiente.

Los sesenta estaban ya a las puertas y, con ellos, la era de grandes éxitos comerciales para Sturges. Tras su remake westerniano de Los siete samuráis llegaría su canto de cisne como autor cinematográfico. Olvidadas las ambiciones revisionistas de sus mejores títulos, ya no participaría en el auge desmitificador que se estaba desarrollando y que él mismo había contribuido a crear, regalándonos en cambio bodrios de la talla de La batalla de las colinas del whisky. Excepciones aparte, siempre quedará la duda: ¿qué habría logrado el director de Duelo de titanes si hubiese continuado siendo fiel a sí mismo?


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