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El hijo de la pradera
Escrito por José Mª Miralles Aznar. Colaborador   
Miércoles, 18 de Julio de 2012


Valoración espectadores: 9.00

Valoración de VaDeCine.es: 8

Título original: Tumbleweeds
Nacionalidad: Estados Unidos
Año: 1925 Duración: 78 min.
Dirección: King Baggot y William S. Hart
Guión: Gardner Sullivan (Historia: Hal G. Evarts)
Fotografía: Joseph H. August
Música: Mudo
Intérpretes: William S. Hart (Don Carver), Barbara Bedford (Molly), Lucien Littlefield (Kentucky Rose), J. Gordon Russell (Noll Lassiter), Richard R. Neill (Bill Freel), Jack Murphy (Bart Lassiter)


Entre los que podríamos llamar padres fundacionales del western cinematográfico sin duda hay dos nombres que encabezan la lista por un amplio margen: William S. Hart y Tom Mix, creadores ambos de dos visiones del género contrapuestas. El apelativo que mejor definiría a Mix, tanto biográfica como profesionalmente, es el de estrella. Su aproximación al Oeste se debió principalmente a productos de acción trepidante y sin tregua, en muchas ocasiones casi circense, que siempre se adaptaba a lo que pedía de él la audiencia, en especial la chiquillada, y sus héroes son el germen de todos los westerners blancos y sin mácula posteriores, tan lleno de virtudes como carente de vicios.

Por el contrario, Hart pasó su juventud creciendo con el devenir mismo del Oeste retratado más tarde por el cine, a lo sumo los sucesos históricos para él eran información de segunda mano leída en la prensa de la época. Su experiencia real era lo que trataba de imprimir a sus películas, y su héroe era el prototipo del hombre austero, fuerte y silencioso. Un hombre terrenal, libre y apegado a la naturaleza, la misma que había impreso un regio código moral sobre él. El hombre que tantas veces había presenciado en su juventud.


Con muchos años y lesiones ya a sus espaldas, a los sesenta años Hart se retiró de la gran pantalla con El hijo de la pradera, primera gran crónica del ocaso de una forma de entender el Oeste, aquel gran espacio donde un hombre podía respirar aire puro, ir donde quisiera, cuando quisiera y ser dueño de su propio destino. Don Carver (Hart), vaquero errante o tumbleweed (literalmente, un arbusto rodante) según la analogía que establece el título de la cinta, asiste desde lo alto de una colina junto a sus compañeros a la triste despedida de las grandes manadas de reses ante la llegada de los colonos. “Este es el fin del Oeste, muchachos”, menciona. Posteriormente salva la vida de unos cachorros de lobo huérfanos y se abstiene de matar a una serpiente, pues según él tienen más derecho a esa tierra que los recién llegados colonos (1) . Así, el film de King Baggot y Hart (sin acreditar) se convierte en un testimonio emocionante del fin de una forma de vida, tanto a un lado como a otro de las cámaras, y no solo referente a Hart, sino también extensible a la situación de muchos otros vaqueros que, salvando la distancia temporal con lo narrado en la película, abandonaban sus ranchos y que en muchas ocasiones buscaban cobijo bajo el naciente negocio del cinematógrafo.


No solo el calado fondo sentimental y lírico que transmiten las imágenes de El hijo de la pradera (como si eso no fuese poco) sirven para ponderarlo como uno de los grandes westerns del periodo silente. En lo estrictamente visual, destaca por la belleza y estilización de muchas de sus imágenes, caso las vastas hileras de reses que desde un primer plano se pierden en la lontananza, por no hablar de la excelente planificación de la secuencia de la carrera por las tierras, en la que el travelling lateral se convierte en elemento dinamizador de la acción y donde la calculada posición de la cámara sitúa la silueta Hart cabalgando sobre su amado caballo Fritz recortados sobre el horizonte, y donde la velocidad desarrollada por Fritz hace por momentos parecer que vuela sobre el cielo, adelantando de forma casi mágica a cuanto animal, carro o incluso velocípedo se encuentran. Definitivamente, el film se cierra con un bello plano de los tumbleweeds agolpados contra un alambre de espino, bonita metáfora sobre la situación final del personaje de Hart, asentado al fin junto a la mujer que ama, pero que no por ello le resta cierta ambigüedad: bien pudieran ser esos vaqueros errantes acorralados por la llegada de la civilización…

Por último, recordar que en 1939, ante el éxito del western generado a raíz de La diligencia (Stagecoach, 1939), de John Ford, el film se reestrenó en cines, aprovechando la ocasión para que un ya anciano Hart rodase un prólogo presentando la película, y que a la postre sería todo un homenaje al actor y a Fritz (fallecido un año antes), que recita sus líneas tan emocionantemente como emocionado se le percibe a él. Sería la única vez que se escuchó la voz de Hart en la pantalla.

(1) No obstante, más tarde matará a otra serpiente estando enojado. “Mal día para cruzarse conmigo”, dirá. El héroe de Hart, pese a la definición dada anteriormente, no deja de estar movido por sus emociones.


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