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Listado de películas de culto por letra inicial

Underground
Escrito por Error Humano   
Viernes, 21 de Noviembre de 2008


Valoración espectadores: 8.60

Valoración de VaDeCine.es: 9

ImageTítulo original: Underground
Nacionalidad: Yugoslavia, Francia, Alemania, Hungría
Año: 1995 Duración: 167 min.
Dirección: Emir Kusturica
Guión: Dusan Kovacevic, Emir Kusturica
Fotografía: Vilko Filac
Música: Goran Bregovic
Intérpretes: Miki Manojlovic (Marko), Lazar Ristovski (Crni), Mirjana Jokovic (Natalija), Slavko Stimac (Ivan), Ernst Stötzner (Franz), Srdjan Todorovic (Jovan), Mirjana Karanovic (Vera), Milena Pavlovic (Jelena)
Trailer


Existen cineastas que, al menos a ojos del resto del mundo, resultan indisociables al país al que pertenecen. Emir Kusturica es, por temática, narración y sentimiento, un claro ejemplo de ello. Su cine late agridulce, inseparable de la tierra a la que pertenece, por más que su patria en sí sufra mil separaciones.

Underground indaga en la historia de Yugoslavia, Belgrado más bien, a lo largo de cincuenta convulsos años del pasado siglo, desde el comienzo de la Segunda Guerra Mundial hasta la horrible Guerra Civil que el país vivió a comienzos de los noventa. Si, como rezaba aquel tango, el siglo XX fue “cambalache, problemático y febril…” en los Balcanes la letra de la canción resultó doblemente cierta. Sin embargo, en las antípodas de la lamentación, Underground se mueve en el terreno de la disparatada sátira; tumultuosa, jovial en la desdicha, musicalmente alocada… en definitiva, con el carácter propio del terruño. En ese sentido, en España, tanto por personalidad como por enfoques parecidos en nuestro cine, estamos familiarizados con el asunto: Berlanga o Buñuel pueden dar fe de ello.

En medio de la sinrazón generalizada, Kusturica nos presenta la locura particular del singular trío que componen Petr “El Negro”, un fornido guerrillero del partido comunista; su compadre y camarada Marko, intelectual ‘trepa’ de izquierdas, y la mujer que ambos aman: Natalija, una actriz con un curioso instinto de supervivencia. El devenir de este triángulo y su relación amor-odio marcarán el rumbo del film y del país.

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Entre bigotes anda el juego.


Premiada en Cannes con la Palma de Oro, cierto es que este tipo de historias, en las que, desde la picaresca y la cotidianeidad, y sin caer en la cursilería del alegato, se abordan temas espinosos, suelen ser del agrado de jurados e intelectuales. Pero, Underground es algo más que eso: es originalidad, es estilo, es tragicómica como la vida misma y, si me permiten la incoherencia, es surrealismo realista. Quien conozca a Kusturica, sabrá de lo que hablo.

Los exigentes papeles protagonistas están perfectamente cubiertos, especialmente el de Marko, donde Miki Manojlovic nos enseña a estar en el sitio oportuno en el momento justo, ascendiendo de perseguido comunista a símbolo del país; de vividor y sinvergüenza redomado a político respetado. Resultaría desternillante este retrato, de no ser porque es tan real que provoca arcadas recordar que existe gente así: personas que, demasiado a menudo, pisotean y engañan a un pueblo que trabaja sin descanso, erigiéndose en héroes para la posteridad, rigiendo el destino de naciones enteras.

Aparentemente, el estilo desenfadado del film parece dejar la técnica en segundo plano, pero nada más alejado de la realidad. Las secuencias corales con multitud de actores en plano, las angulosas perspectivas, las extensas tomas de fiestas y barullos en general y el montaje del film esconden un depurado conocimiento cinematográfico dentro del cuidado y ordenado caos. Parece irónico, pero esta desmesura le va al pelo a la historia y a la Historia.


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La orquesta de Mestalla anima las fiestas del barrio.


La nostalgia impregna la película, en la que Kusturica solamente intentó reflejar la añoranza de Yugoslavia no como patria, sino como unidad de culturas, nación y hermandad. La polémica infectó este mensaje, malentendido por muchos, afectando profundamente al realizador, que incluso se planteó abandonar su profesión.

Para entender la belleza del film, simplemente hay que esperar al final del extenso metraje. Allí, tras el tránsito entre vida y muerte, los difuntos comen fraternalmente y Kusturica se permite una concesión postmodernista para rendir sentido homenaje a los muertos, no de la película, sino a los de las guerras que asolaron su tierra, fragmentándola en pedazos que, ahora, inician la búsqueda de su propio destino. Un camino que, como indican los títulos de crédito, nunca tendrá fin.



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