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¿Teléfono Rojo? Volamos Hacia Moscú.
Escrito por Error Humano   
Miércoles, 11 de Febrero de 2009


Valoración espectadores: 9.08

Valoración de VaDeCine.es: 9,3

ImageTítulo original: Dr. Strangelove or: How I learn to stop worrying and love the bomb.
Nacionalidad: Reino Unido
Año: 1964 Duración: 93 min.
Dirección: Stanley Kubrick
Guión: Stanley Kubrick, Peter George, Terry Southern (novela: Peter George)
Fotografía: Gilbert Taylor
Música: Laurie Johnson
Intérpretes: Peter Sellers (Cap. Lionel Mandrake / Dr. Strangelove / Pte. Merkin Muffley), George C. Scott (Gen. Buck Turgidson), Sterling Hayden (Gen. Jack D. Ripper), James Earl Jones (Ten. Lothar Zogg), Keenan Wynn (Cor. Bat Guano), Slim Pickens (T.J. King Kong)

Trailer


“Cómo aprendí a querer a la bomba y dejar de preocuparme”. Ése parece haber sido el lema de algunos insignes e infames dirigentes mundiales a lo largo de la historia. No hace falta remontarse demasiado para toparse con el primer botón de muestra. Mandatarios torpes, codiciosos y manejados por los interesados titiriteros que financiaron su hipotecado ascenso al poder. Nos gusta creer que la humanidad progresa, pero la irracionalidad está a la orden del día y los conflictos internacionales se enquistan con la velocidad que aporta la absurdez. Da miedo pensar en quién nos gobierna, en qué manos está nuestro destino. Eso mismo atemorizaba a Stanley Kubrick, que no daba crédito a la vertiginosa escalada armamentística de una Guerra Fría que, cada día, se caldeaba más. Y claro, como siempre que el realizador se obsesionaba, la preocupación parió una película: ¿Teléfono Rojo? Volamos Hacia Moscú es el reflejo de aquella inquietud.

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Peter Sellers caracterizado para un biopic sobre David Lynch.

Durante aquellos años, el mundo vivía bajo una espada de Damocles nuclear pendida de unos finísimos hilos. La torre de Babel en que habían tornado las relaciones USA-CCCP alcanzaba cotas kilométricas y su colapso parecía inminente. Ambos bandos planeaban contundentes respuestas ante ataques militares. La consigna era clara: aplicar la proporción bíblica en su réplica, aquella del 100 a 1. Entre medias, el resto de insignificantes mortales quedábamos encuadrados en ese concepto tan moderno de “daños colaterales”.


Existían, y existen, múltiples maneras de aproximarse a la crítica política. Kubrick eligió la más sutil y eficiente: la sátira. Tras su minucioso y habitual trabajo de documentación, que le convertía en experto en el tema a tratar, decidió revestir la verdad con esa fina ironía que le caracterizaba y que algunos parecen obviar al recordar su filmografía. Desde los memorables y sugerentes títulos de crédito se nos anuncia el burlesco espíritu de la cinta, aquél que permitió que Peter Sellers campase a sus anchas por la obra, encarnando magistralmente hasta tres personajes, incluyendo al mismísimo presidente norteamericano.


La rocambolesca trama, de puramente disparatada, refleja la triste realidad. Estados Unidos aprobó, sin detenerse a pensar demasiado, un plan de emergencia en caso de ataque con el fin de que su respuesta fuera inmediata aun cuando el presidente no pudiese dirigir la represalia. A su vez, el Bloque Soviético dispuso un mecanismo de defensa que, automáticamente y sin posibilidad de detención, se disparaba al sufrir una agresión militar. El galimatías se completa cuando un enloquecido general de la fuerza aérea estadounidense puentea al alto mando y lanza la primera piedra, propiciando el efecto dominó por su cuenta y riesgo. Entre claves, cifrados, códigos, órdenes y contraórdenes, la pésima política exterior de ambos países condena al planeta con la guerra atómica, pues ya resulta imposible desdecir la demente e irreal primera señal de alarma.

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Yeaaaah!! El sentimiento de contar con tropecientos megatones en la entrepierna.

Rodada en eficiente blanco y negro, una vez más la mano del genial maestro hace acto de presencia para regalar icónicas referencias: desde el Dr. Strangelove de Sellers hasta el puramente yanquee ‘Ride The Bomb’, pasando por aquella mítica Sala de Guerra en la que, irónicamente, estaba “prohibido pelearse”. Gran parte de la película permanece en el imaginario colectivo como reflejo de una infausta época en la que acontecimientos como la Crisis de los Misiles en Cuba acercaron peligrosamente los informativos al arte cinematográfico.

Nadie reflejó con tanto humor el desvarío del mundo, nunca el ser humano se vio retratado tan ineficiente y vulgar ante su propia telaraña gubernamental. La denuncia vertida sobre la locura del armamento nuclear resultó más efectiva que mil didácticos panfletos, y es que detenerse ante el espejo es la mejor forma de apreciar nuestras deformidades. Este clásico imperecedero resultaría desternillante si no fuera por un pequeño detalle: posee infinitamente más realidad que ficción.

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