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Psicosis
Escrito por Error Humano   
Domingo, 03 de Febrero de 2013


Valoración espectadores: 9.67

Valoración de VaDeCine.es: 9,5

Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960)Título original: Psycho
Nacionalidad: Estados Unidos
Año: 1960 Duración: 109 min.
Dirección: Alfred Hitchcock
Guión: Joseph Stefano (novela: Robert Bloch)
Fotografía: John L. Russell
Música: Bernard Herrmann
Intérpretes: Anthony Perkins (Norman Bates), Janet Leight (Marion Crane), John Gavin (Sam Loomis), Vera Miles (Lila Crane), John McIntire (Sheriff Al Chambers), Martin Balsam (Milton Arbogast)
Trailer


El mundo entero conoce Psicosis, uno de esos pocos films que todos parece que hayamos visto incluso antes de hacerlo. Asimilado, metabolizado ya, por el imaginario colectivo, también quien no lo ha disfrutado adivina ciertas escenas, en ocasiones siente escalofríos en la ducha y jamás se alojaría en un motel llamado Bates. Y si bajo cualquier circunstancia escucha ciertos acordes (los de la tremenda banda sonora de Bernard Herrmann) inconscientemente piensa en la hoja de un cuchillo al viento, en repetidas puñaladas, sangre por el desagüe.

Explicar este fenómeno no es tarea sencilla, pero habríamos de abordarlo pues es la esencia de un Hitchcock que introdujo su perturbador universo en la cultura popular de un modo metacinematográfico, atravesando las paredes de las salas de cine para conseguir que cada uno, dentro de su cabeza, se llevase la película a casa. A la salida, había contagiado una fobia, un miedo atávico o la paranoia de un falso culpable, según el caso. De paso, con tremenda asiduidad, paría un icono. Por otro lado, resulta imposible desligar la obra de Hitchcock del ego del cineasta británico, pues su modo de manejar al espectador lo era todo. Así, de igual modo que no podemos entender al titiritero sin sus marionetas, no podremos abarcar a Hitchcock sin sus espectadores. Psicosis podría ser la sublimación de todo lo dicho.

Janet Leigh y su particular canto bajo la ducha.

El film arranca como un perspicaz relato de suspense policíaco en el que el robo de una cantidad de dinero y un romance furtivo parecen ser los ejes. Y así será mientras presenciamos las sospechas policiales y la elusión de la justicia por parte de una rubia oficinista (siempre una rubia) cuya pausada escapada desemboca en un motel de carretera secundaria, el regentado por el tímido y diligente Norman. En ese punto, avanzado ya el metraje, con la rubia (Janet Leigh) y nosotros los espectadores degustando el queso de la ratonera, Hitchcock hará saltar el muelle, retorciendo el guión hacia el oscuro punto que siempre tuvo en mente. Aquél que ligaría por siempre el nombre de Norman Bates a la psicopatía bipolar (padre fundacional del slasher) y el de su protagonista, Anthony Perkins, al encasillamiento absoluto.

Una vez más Hitchcock ha jugado con nosotros y registrados ya (con nombre falso, cómo no) en los libros del Motel Bates, nos hará presenciar su carrusel del horror. Desde la ventana de nuestro cuarto presenciaremos la fantasmagórica silueta de una casa que recordamos de alguna obra de Edward Hopper y, mientras intentamos recordar cómo se llamaba aquel cuadro, nos sobresaltará una discusión a dos voces, madre autoritaria e hijo reprimido. Poco más tarde, durante la informal cena, Norman Bates nos hablará afablemente sobre su afición a la taxidermia. Ya no podremos volver a estar tranquilos…      

Todo en Psicosis (y por extensión, en el cine del realizador británico) se hizo con el fin de alcanzar el efectismo esperado. La creatividad de sus planos, lo intrincado de sus narraciones, sus mcguffins, cualquier alarde técnico, los inolvidables títulos de crédito de Saul Bass, la subyugante orquestación… Hitchcock incluso ansiaba fomentar y controlar el debate al salir del cine (revisen el epílogo de Psicosis si no me creen). Hoy día, medio siglo después, engañados por el paso del tiempo y la legión de imitadores, habrá quien lea este texto y piense que las formas de Hitchcock se podrían calificar de arteras o manidas. Cometería el grave error de minusvalorar un largometraje perfectamente vigente y sugestivo. Todo ello, la planificación concienzuda y determinista, simplemente compondrá el sofisticado e ingenioso vehículo para la sorpresa y encantamiento en los que Alfred basaba su universo. No son sino los brillantes hilos del titiritero empecinado en hacer danzar a sus muñecos. Hitchcock es pues un cuentacuentos, seguramente uno de los más grandes que el medio audiovisual haya dado. Un tipo fascinado por el viejo arte de narrar historias y su inherente capacidad para acaparar toda la atención. Cine, lo llamaba él.

Bates y House by the Railroad (1925, Hopper)


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