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La Diligencia
Escrito por Error Humano   
Miércoles, 08 de Agosto de 2012


Valoración espectadores: 10.00

Valoración de VaDeCine.es: 10

La Diligencia (John Ford, 1939)Título original: Stagecoach
Nacionalidad: Estados Unidos
Año: 1939 Duración: 99 min.
Dirección: John Ford
Guión: Dudley Nichols (Historia: Ernest Haycox)
Fotografía: Bert Glennon
Música: Gerard Carbonara
Intérpretes: John Wayne (Ringo Kid), Claire Trevor (Dallas), Thomas Mitchell (Doctor Boone), Andy Devine (Buck), George Bancroft (Curley), Donald Meek (Peacock), Louise Platt (Lucy Mallory), John Carradine (Hatfield), Berton Churchill (Gatewood)



Existe en John Ford un decidido intento por el oxímoron de la compleja sencillez, por revestir de liviandad un retrato del ser humano infinitamente más serio y completo que la mayoría de filmes que abordan profundas cuestiones desde la gravedad y la impostura. De ahí que su conocida frase “me llamo John Ford y hago películas del Oeste” retrate en buena medida dicho espíritu, dicha búsqueda de despojar de otras consideraciones sus largometrajes, de desnudarlos en busca de la honestidad.

Efectivamente, John Ford hacía westerns. Y con ellos, dibujaba retratos del ser humano, de su naturaleza y su comportamiento en sociedad, ahondando en aquello que se ha dado en llamar el humanismo fordiano. A veces, resaltando valores perennes: honor, amor, coraje, humor, amistad… Otras, desenmascarando a una civilización que quiere crecer sin mancharse las manos, aupada sobre los hombros de los cuestionables héroes de su cine; gentes gobernadas por sus circunstancias, fuertes, sinceros, primitivos, bondadosos, agresivos protectores de su tierra y los suyos. Y en esta La diligencia, con ocasión de una de sus obras maestras, catálogo de constantes de su filmografía, acometió un completo estudio social a bordo de un carruaje. El microcosmos sobre ruedas. En apenas dos metros cúbicos. Suficiente para Ford.

"La diligencia", consagrada como título imprescindible, no sólo es un largometraje excepcional en sí mismo, también es un manual de cine indiscutible. Desde su ejemplar presentación de personajes hasta la cuidada economicidad de su narrativa (aquellas miradas de los actores plenamente significativas, legado de la época muda de Ford). No es gratuito que Orson Welles la encumbrase como espejo y guía para preparar su celebrada Ciudadano Kane. Ni el “Ford” adoptado por Coppola. Tampoco es casual que Monument Valley (primer gran recuerdo fílmico del emplazamiento) quedase indisolublemente ligado al género y al propio director como referencia perpetua.

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Pero, dejando a un lado la tremenda repercusión de la cinta y su privilegiada atalaya en la historia del cine, cuestiones estas ampliamente tratadas en otros textos sobre Ford y su herencia, La diligencia, decíamos, mantiene plenamente vigente su valor intrínseco. Porque sus personajes son atemporales, sus problemáticas eternas. Así, en un sabio compendio social (trabajadísimo guión del usual Dudley Nichols sobre el relato de Haycox), tendrán cabida los prejuicios, la ingenuidad del aislado, la inquisidora moralidad, la lucha de clases, el keynesianismo salvaje de la banca y, sobre todo, el comportamiento y las relaciones entre personas en situación de peligro, donde las máscaras se desquebrajan, cuando valor o cobardía penden de un hilo y más vale tener de tu lado a certero tirador fugado de presidio (primigenio John Wayne, surgido de un mítico y desenfocado travelling de acercamiento) o a un médico hedonista y alcohólico (mayúsculo Thomas Mitchell) que a un perfecto caballero con un as en la manga.

Será en esta narración donde John Ford demuestre su clásica maestría, porque la planificación de secuencias resultará modélica, porque todo el estudio humanista que hemos destacado queda envuelto en un western de acción progresiva, cuya sinopsis podría reducirse a la aventura de una diligencia de pasajeros, en la que cada cual guarda una motivación u obligación para embarcarse en un viaje hacia Lordsburg, y que se verá amenazada constante y crecientemente por el apache Gerónimo. El tipo de historia que la gente ansiaba en aquellos cines de acomodador y programa de mano. Su género. La vestimenta perfecta.

En medio del constante in crescendo, tanto de la episódica odisea como de la evolución de personajes, Ford apuntalaba la peripecia con originalidad de planos, con un soberbio montaje, afianzando la necesaria espectacularidad con el inolvidable y trepidante asalto apache a la caravana en medio de un desierto carente de un sistema de referencias (lo que le permitía jugar con el eje, rodar en 360º), y clausurando el relato humano con el éticamente ambiguo desenlace en aquel oscuro poblado de Nuevo México. El resultado, este largometraje indispensable, es uno de los pilares sobre los que se cimenta el cine americano y universal. Y es que John Ford era un tipo de una honestidad brutal cuya carta de presentación resultaba radicalmente cierta: hacía películas del Oeste.

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