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Listado de clásicos por inicial

Johnny Guitar
Escrito por Dr. Manhattan   
Domingo, 22 de Julio de 2012


Valoración espectadores: 10.00

Valoración de VaDeCine.es: 10

Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1954)Título original: Johnny Guitar
Nacionalidad: EE.UU.
Año: 1954 Duración: 110 min.
Dirección: Nicholas Ray 
Guión: Philip Yordan, Roy Chanslor
Fotografía: Harry Stradling Sr. 
Música: Victor Young
Intérpretes: Joan Crawdord (Vienna), Sterling Hayden (Johnny Logan), Mercedes McCambridge (Emma Small), Scott Brady (Dancin 'Kid), Ward Bond (John McIvers), Ernest Borgnine (Bart Lonergan)


Con los años Clint Eastwood ha demostrado ser un director maestro en todos los géneros que ha abordado, y sin embargo le recordamos como el sempiterno hombre del oeste, ese ser sin nombre e incorruptible gesto grave que fuma o masca tabaco. En El jinéte pálido no hay tabaco, aunque sí gesto serio, y es que su expresión parece aquí más justificada que nunca, dadas las cotas de trascendentalismo que atañen al personaje que interpreta y por las connotaciones que circunscriben la historia que aquí nos narra, de ecos visiblemente religiosos.
Se ha comparado comúnmente al film con Raíces profundas (George Stevens, 1953), y si bien la coyuntura que define el inicio y desarrollo de la historia es idéntica en ambos (la llegada de un hombre misterioso que habrá de empuñar las armas para proteger a una comunidad indefensa, fruto de las presiones del poderoso del pueblo que quiere hacerse con sus tierras), no lo es sin embargo la ambientación, que en el caso del film que nos ocupa se adentra sin ambages en el terreno del fantástico, algo prácticamente inaudito en el cine del oeste. Y es precisamente ése su mayor rasgo diferenciador, que vislumbra al personaje interpretado por Eastwood -en apariencia un predicador- como un ángel enviado por el mismísimo Dios para purificar y salvar vidas inocentes, aun a costa del empleo de la violencia, pero con las suficientes credenciales que justifican su desagradable e igualmente necesaria labor.
Normalmente estamos acostumbrados a presenciar el protagonismo masculino en el género western; duelos míticos a revólver para marcar el territorio y demostrar la hombría ante la figura de la mujer, que observa casi siempre desplazada en un segundo plano, completamente a merced del hombre como un bonito y servil instrumento del que presumir. Sin embargo, una de las señas de identidad más visibles de Johnny Guitar contradice tal corriente para exponer la batalla de dos mujeres férreas y determinadas, que tienen a toda una legión de hombres detrás, matándose a razón de sus dictados más o menos sentenciosos, en mayor o menor medida pretendidos pero comúnmente letales y prácticamente irremediables.

No es la única novedad patente en el film del viejo Nicholas Ray: se inscribe éste en la versión más melodramática del género, aquella que mueve la trama a raíz de unas relaciones personales impulsadas por el amor y el odio entre los distintos personajes, y cuyos diálogos resultan tan o más importantes que los disparos que estos desencadenarán después. Así queda expuesto en una historia que cuenta el regreso del aparentemente inofensivo Johnny Logan, cargado únicamente con su guitarra y sus canciones, a un pueblo gobernado por los grandes ganaderos, cuya principal figura es la de una aguerrida mujer a cuyo hermano han asesinado una banda de pistoleros; el problema es que el jefe de estos la tiene enamorada, y a su vez está enamorado de otra no menos influyente mujer, Vienna, que se ha atrevido a levantar un saloon en mitad del territorio gobernado por los primeros y que ahora debe enfrentarse a sus amenazas -de posible lectura maccarthysta, dada la inquina y agresividad persecutoria, sin demasiadas razones mediante-, con la ayuda de Johnny, un amor del pasado... 

Él y ella

Semejante mejunje podría encajar a la perfección en un drama de época perfectamente ñoño, empero se ve resuelto en mitad de un western a todas luces atípico -de sentido naturista y trasfondo romántico-, pero finalmente extraordinario. Ray demuestra su maestría manejando los tempos de una narración en claro crescendo, sin dejar de lado la imprescindible violencia, seca y directa, que habrá de aparecer de manera inmisericorde, explotando cuando ya no hay más remedio y habiéndose preocupado de explicarnos, previamente, su endemoniado germen. Prueba de esto último es que toda la primera parte de la película transcurra en el mencionado saloon, donde interactúan los diferentes personajes -a fin de nuestro perfecto conocimiento de los mismos-, en lo que es un plano prolongado de un mismo escenario; toda una lección de planificación y de dirección de actores, encargados de pronunciar una serie de diálogos de leyenda (obra del habitual guionista del director, Philip Yordan), uno de los cuales, dirimido entre la pareja protagonista, no me resisto a exponer a continuación:

- Johnny: ¿A cuántos hombres has amado?
- Vienna: A tantos como mujeres tú, me imagino.
- No te vayas.
- Pero si no me he movido
- Dime algo bonito
- Claro. ¿Qué deseas oír?
- Miénteme. Dime que me has esperado estos cinco años. Dímelo.
- Todos estos años te he esperado. 
- Y que habrías muerto si no hubiese venido.
- Habría muerto si tú no hubieras venido. 
- Y que todavía me quieres como yo te quiero a ti.
- Te quiero como tú me quieres a mí.
- Gracias.
- Cómo te he esperado, Johnny. ¿Por qué has tardado tanto?

Pero el gran poder de esta obra maestra, lo que sin lugar a dudas más destaca por encima de todo lo demás, es Joan Crawford. Un auténtico animal de la pantalla, que devora con su sola presencia cualquier otro elemento presente en el plano. Ruda pero acreedora de una clase inigualable, sensible en la intimidad pero determinante en sus exposiciones, su actuación la hace pasar por la gran figura masculina que todo buen western merece, en un amaneramiento de formas y una pose sencillamente imponentes. Y acrecentando su visibilidad, un muestrario de trajes y pantalones inundados de fuerza y que la hacen sobresalir aún más si cabe, situada en mitad de una escenografía vivísima y repleta de color, con unos fondos fotográficos que devienen auténticos cuadros pictóricos de una gran belleza. A su lado se empobrecen las demás actuaciones, por otro lado estupendas en lo que a su rabiosa oponente, interpretada por Mercedes McCambridge, Steling Hayden y Ernest Borgnine se refiere. 

La enemiga y su grupo de seguidores

Amor, pasión, celos, venganza, persecuciones, tiroteos, muertes y, por encima de todo ello, palabras, en este clásico inolvidable de los años 50, firmado bajo el moldeable trazo, ora sigiloso, ora cruento, del maestro Nicholas Ray, pertinentemente acompañado con la sensibilidad de las notas musicales que aporta Victor Young y la inolvidable canción de Peggy Lee. Imágenes indelebles que tienen a bien acompañar a un monstruo de la interpretación, una mujer de un magnetismo extraño e irreprimible por igual, y que simboliza en el fin un espíritu libre y la lucha por un lugar justo.

La irrepetible Joan Crawford

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