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Listado de clásicos por inicial

Duelo en la Alta Sierra
Escrito por Manuel Aguilar. Colaborador   
Domingo, 22 de Julio de 2012


Valoración espectadores: 10.00

Valoración de VaDeCine.es: 10

Título original: Ride The High Country
Nacionalidad: Estados Unidos
Año: 1962 Duración: 94 min.
Dirección: Sam Peckinpah
Guión: N.B. Stone Jr.
Fotografía: Lucien Ballard
Música: George Bassman
Intérpretes: Randolph Scott (Gil), Joel McCrena (Steve), Mariette Hartley (Elsa), Ron Starr (Heck) 


Trailer


Cuando Peckinpah inició su segunda incursión como director en un western tras The Deadly Companions [tv/vd/dvd: Compañeros mortales, 1961], el género acababa de iniciar su andadura en los sesenta, y la tendencia desmitificadora y/o crepuscular aún estaba por definirse, de manera que puede afirmarse que Duelo en la Alta Sierra representa la avanzadilla de esta corriente y, de hecho, es tanto deudora como origen.


En muchos aspectos, la presente cinta ofrece elementos que hacen de ella una prolongación del western psicológico triunfante en la década anterior: así, estamos ante una confrontación de personalidades intercambiables divididas a ambos lados de la ley, las dos con un turbio pasado a sus espaldas, para las cuales el recorrido por los grandes paisajes representa un viaje iniciático que refleja sus turbulencias interiores. De hecho, la película podría confundirse con cualquier título dirigido por Anthony Mann, de no ser por el aura nostálgica que impregna cada uno de sus fotogramas, representada a la perfección por sus dos avejentados protagonistas, acertadamente encarnados por dos grandes mitos del western clásico de serie B como son Joel McCrea y Randolph Scott; en ellos, en su perfecta interpretación, en la compañía del joven Heck Longtree (Ron Starr), en la violencia del clan Hammond, se materializa un mundo que se acaba, una forma de entender la vida y otra que está ya a punto de imponerse, todo ello rodado al estilo clásico, con un uso apabullante del scope en el que Peckinpah demuestra un temprano talento tras la cámara.

A este logro no es ajena la pericia con que el guion, coescrito por N. B. Stone Jr. y, sin acreditar, Robert Creighton Williams y el propio Peckinpah, desarrolla el argumento a partir de un tono aparentemente jovial que pone de relieve la escasa relevancia de los protagonistas en el mundo que, sin percatarse, ha evolucionado a su alrededor (así, la escena inicial, con un orgulloso Joel McCrea reprendido por un guardia urbano), todo ello para subrepticiamente ir penetrando en algo muy parecido al infierno.


Plagada de momentos antológicos, dotada de una belleza romántica inigualable, la segunda película de Sam Peckinpah se inscribe por derecho propio en la categoría de westerns antológicos, independientemente de la corriente en que se incluya. Pronto, el director y guionista hará uso de mayores ambiciones en las que volcará las inquietudes presentadas en esta joya, otorgando así estilo propio a la vertiente crepuscular ya predominante; este crecimiento, no obstante su gran influencia y el desarrollo a nivel personal que como director significó para Peckinpah, le convirtió de inmediato en elemento conflictivo dentro de los estandarizados esquemas de los productores norteamericanos, haciendo del mejor heredero de una de las grandes escuelas del cine hollywoodiense un autor maldito y condenado al fracaso comercial. Quizá por eso Peckinpah no hizo tanto cine como debiera. Quizá por eso el género en el que mejor se desenvolvió acabó olvidado también.


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