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Centauros del desierto
Escrito por Barry Lyndon   
Viernes, 25 de Mayo de 2012


Valoración espectadores: 8.42

Valoración de VaDeCine.es: 7

Título original: The Searchers
Nacionalidad: Estados Unidos
Año: 1956 Duración: 119 min.
Dirección: John Ford
Guión: Frank S. Nugent
Fotografía: Winton C. Hoch
Música: Max Steiner
Intérpretes: John Wayne (Ethan), Jeffrey Hunter (Martin), Vera Miles (Laurie), Ward Bond (Reverendo capitán Samuel Jonhston), Natalie Wod (Debbie), Henry Brandon (Jefe Cicatriz/Scar)


Trailer

El odio es un fuego difícil de aplacar, máxime cuando la raíz del rencor y del desprecio es muy profunda, incluso anterior a nuestra generación. En esos casos, los agravios venideros llegan a desligarse de los pasados, y seguramente con ferocidad in crescendo. Es decir, mientras puede que nadie se acuerde del origen del conflicto, las respuestas al primer perjuicio llegan a ser aún más virulentas que éste, quedando justificadas las progresivas en una escalada de hostilidad sin claros culpables. No obstante, hay coyunturas en las que el germen de la colisión es tan brutal y obvio que resulta complicado perder la perspectiva. Hablamos ahora del western, y me refiero por supuesto al ambientado en las guerras contra los indios norteamericanos, aquella vilipendiada casta que sufrió uno de los mayores genocidios de la historia de la humanidad, si no el más severo de todos. Y es que no hemos de olvidar que los colonos europeos, la mayoría de discutible reputación en el viejo continente, no dejaron títere con cabeza en su conquista de América del Norte. Ahí están los hechos: en nuestra crónica como especie hallamos centenares de tropelías de escala mayor, pero ésta es muy seria candidata a llevarse la palma. Una exterminación en la que el cine yankee encontró tierra fértil para sembrar sus propios héroes de leyenda, al menos hasta que la conciencia U.S.A empezó a despertarse ya bien entrado el siglo XX. Pero de la sensibilidad para con el subgénero hablaremos después.


Y volviendo al odio en su más corrosiva versión, lo destaco porque es el sentimiento que gobierna Centauros del desierto, clásico inigualable a la hora de reflejar la atmósfera de desasosiego de la época en la que se ambienta, espléndido en fotografiar parajes y captar sensaciones extremas de sus imponentes escenarios naturales, aunque muy ambiguo respecto a los nativos norteamericanos y su eliminación. El tema no puede esquivarse en esta ocasión bajo el lema “esto es Hollywood”, ya que el racismo está omnipresente premeditadamente en su desarrollo, personificándose en su complejo protagonista, Ethan Edwards (John Wayne), un excombatiente sureño marcado por el aborrecimiento de todo lo que huela o suene a indio.

No queda duda de que Ethan tiene sus motivos para albergar el diablo en sus adentros. Su pasado es misterioso, cuasi legendario. Se adivina brutal, probablemente oscuro. Él es un eslabón más de la cadena de afrentas. Cree conocer a los pieles rojas tanto como a sí mismo, y les detesta más allá de la muerte. Puede que no sepa ni le interese recordar que sus propios antepasados comenzaron a tomar la tierra de los indios por las bravas. Todo eso no importa ahora. El contraataque comanche ha sido atroz, arrasando su último vínculo con la paz al matar a su familia y secuestrar a su sobrina Debbie, quien obligada a convivir con la tribu del jefe Cicatriz, quizás ya sea uno de ellos. La búsqueda durará años. Ethan es consciente, pero no está dispuesto a abandonar. Cabalga muy a su pesar con un mestizo y no oculta que le incomoda. Su idea de liberación para la chica no puede resultar más radical y consecuente. Sabe que lo conseguirá con tesón; sin embargo, el rescate de sus propios demonios es altamente improbable.


El rudo y carismático John Wayne se encarga de dar vida a este racista poseído por un odio enfermizo. Ethan acapara nuestra atención para bien, para mal y para peor. Es el centro de la obra. Ha comido toneladas de mierda al otro lado de esa puerta que John Ford establece magistralmente como frontera abierta entre ambos mundos, el de los angustiados colonos y el inhóspito de los considerados salvajes. Se encuentra en mitad de una guerra; la de una civilización enfrentada a otra. La perspectiva del film siempre se halla del lado de los recién llegados. Sin matices.

Desde una mirada sesgada, si la pretensión es centrarse en ésta, la recreación del entorno está conseguida y luce sugerente. El trabajo de Ford resulta impresionante como retrato de la dura vida de aquellas gentes, si bien no logra levantar personajes con empaque más allá del intimidante John Wayne, ni tampoco situaciones demasiado interesantes entre ellos. La apuesta por la cotidianidad de algunas de las secuencias no termina de cuajar, infectándose de tedio y banalidad por momentos. En todo caso, es comprensible la decisión de apostar por ello. También por la inclusión de cierto humor facilón y vulgar, que a fin de cuentas sería tal y como debieron comportarse esas humildes personas en la vida real. Para los colonos la tierra era hostil y sus enemigos implacables. Tocaba resistir, intentando poner una sonrisa a la cruda existencia. Al fin y al cabo, no hubo más salida que emigrar. Nada quedó para ellos al otro lado del Atlántico. La vieja Europa hace tiempo que les empujó. Ahora siguen luchando por la supervivencia. El contraste es brutal y no hay lugar para el mestizaje global. Tampoco sería necesario: los nuevos americanos son más fuertes, aunque pasarán años de sufrimiento hasta imponerse por completo y por la fuerza. En esta faceta de la obra, secuencias de batalla, tiroteos y persecuciones incluidas, se espera algo más de su montaje, si bien son estos los momentos más excitantes de una aventura de búsqueda que llega a fatigar al espectador con su desanimada narrativa.


Respecto a la polvareda del racismo, aunque el controvertido Ford acierta al no adentrarse demasiado en el mundo indio, mostrándolo como amenaza sin rostro y esquivando así un mayor maniqueísmo por forzada incomparecencia de la parte, sí cabe criticar el ensalzamiento de John Wayne como héroe de la función, que en definitiva es lo que fue en su época. Se acepta toda polémica al respecto, pero entiendo manifiesta la convulsa intención de captar la empatía del espectador hacia él. No se advierte sermón alguno. Cierto es que tampoco tiene por qué pronunciarse. El propio Ford rechaza segundas lecturas ni presunciones en sus obras al señalar que le “gustan las historias simples y claras”. Nuestros enemigos durante dos horas de visionado se adornan con plumas. Queda cristalino. Ethan es un cabrón, pero se nos invita a estar de su lado. Que cada cual saque sus conclusiones. Desde un punto de vista puramente cinematográfico tampoco se debe hablar de tara por ello.

Podríamos decir que esta película está en la frontera de la temática indígena, exponiendo al menos el problema. Poco más adelante surgirían obras realmente interesadas en el indio, llegando a erigirlos incluso como protagonistas de éstas. Actualmente no se entiende una cinta despreocupada por ellos. Es comprensible una defensa del más antiguo y partidista “western de indios” en base a la argumentación de que nos encontramos ante una ficción. No obstante, todas aquellas películas daban por sentado que los nativos eran los villanos, sin dejar espacio a sus motivaciones o causas, y lo hacían a sabiendas de que sobraban las presentaciones porque se acogían a un contexto histórico reconocible por todos. De no ser así, el argumento quedaría cojo y difícilmente entenderíamos algo. El desmarque total de la historia real es por tanto imposible. Y aunque hemos de aceptar cada película dentro de su contexto y de su tiempo, solicito permiso para afirmar que no está de más que toda muestra artística incluya cierto grado de compromiso. Muchas de aquéllas no asumieron ese papel de responsabilidad cultural, sino más bien todo lo contrario. Centauros del desierto da un paso respecto a ellas, ilustra y fija el foco, pero se queda bajo el dintel de la puerta. Hay debate.




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