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Listado de clásicos por inicial

M, el vampiro de Düsseldorf
Escrito por Dr. Manhattan   
Martes, 20 de Mayo de 2008


Valoración espectadores: 8.71

Valoración de VaDeCine.es: 9,6

Cartel de MTítulo original: M, Mörder unter uns
Nacionalidad: Alemania
Año: 1931 Duración: 117 min.
Dirección: Fritz Lang
Guión: Thea von Harbou y Fritz Lang
Fotografía: Fritz Arno Wagner
Intérpretes: Peter Lorre (Hans Beckert), Ellen Widmann    (Frau Beckmann), Inge Landgut    (Elsie Beckmann), Otto Wernicke (Inspector Karl Lohmann), Theodor Loos (Inspector Groeber)


Primera película sonora del genio alemán, “M, Mörder unter uns” –en traducción: “asesino entre nosotros”, inicial título que tras de sí escondía una posible lectura crítica hacia el fáctico poder del partido nazi, por aquel entonces ascendiente al poder, y que a la postre fue retirado por los responsables del film por miedo a las represalias- se cuenta para muchos como la primera película de un asesino en serie de la historia, y si bien no fuera así, sí puede ser considerada como la más relevante hasta el momento… permaneciendo su mítica inextinguible con el paso del tiempo. ¿Pero qué queda en la actualidad de aquellas imágenes en ese primario blanco y negro y tan mal conservadas? En esencia, todo. Más allá del lógico refinamiento técnico/estilístico posibilitado por la evolución del medio y el progresivo descubrimiento de sus cada vez menos limitados alcances a lo largo de su productiva vida, el cuerpo narrativo de la historia se sostiene de manera bastante coherente. Veámoslo.

Tenemos aquí a una ciudad atemorizada y nerviosa bajo la oculta y terrible amenaza de un asesino de niñas –modélica primera secuencia, que nos pone sobre aviso del enrarecido clima, mostrándonos a la par la cruel inocencia de los niños, que se rifan a modo de juego quién será la siguiente víctima, y la preocupada (y triste y rutinaria) vida de sus adultos-. No hará falta esperar mucho para que el sujeto entre en acción, a pesar de que sean contadas las ocasiones en las que haga gala de presencia a lo largo de la película, y sin embargo son harto provechosas todas ellas (a lo que no contribuye poco el gran dibujo de su personaje, pero, sobre todo, un extraordinariamente inspirado Peter Lorre). Analicemos la primera si no: una niña camina por la calle jugando con su pelota, parándose ante una columna informativa que anuncia del peligro; mientras vemos el balón rebotar contra el cartel, una amenazante sombra se torna cada vez más intensa sobre la claridad del papel (en lo que es una clara imagen deudora del expresionismo alemán, movimiento que promovía la explicitud de las sensaciones en el espectador por medio del contraste entre luces y sombras). A continuación, el camelo de la niña mediante la compra de un globo a un pobre ciego por parte del desaprensivo –mientras silba los célebres acordes de “Peer Gynt”, de Grieg, motivo sonoro recurrente y simbólico de la desviación mental del desafortunado psicópata durante la inmediación temporal del crimen, en lo que viene a ser otra demostración más del excelente uso de las posibilidades expresivas del sonido que realiza Lang durante todo el film-, para, justo después, darnos cuenta del terrible hecho gracias a la mostración del vacío: el globo enredado en un cable de tensión eléctrica y la pelota que rueda solitaria… Sutilidad e inteligencia.

Fotograma de M

Lo que sigue es una expeditiva pero difícil y en principio infructuosa investigación posterior por parte de la policía y del hampa de la ciudad, mostrada en esencia por medio de un montaje en paralelo que ayuda a remarcar la similitud de dudosos procedimientos, ambientes poco saneados y, en el fondo, intereses de ambos sectores…; todo ello situado en el marco de una población revuelta y desbocada que prejuzga al primero que le viene en gana, sacando a relucir así su miedo y ganas de necesaria justicia, que no parece llegar. Tras este gran bloque intermedio –quizás excesivamente alargado, pero sin duda bien resuelto, con escenas que irremediablemente quedan grabadas en la memoria: el reflejo del rostro del asesino e intento de auto-comprensión de su ser ante el espejo; el asesinato frustrado y la posterior soledad y desesperación de M; esas escondidas reuniones de atmósfera humeante, fiel reflejo de las nebulosas personalidades de los presentes en ellas; la última persecución antes de la captura final del miedoso maleante;…- llegaremos a la memorable secuencia final, la del ¿juicio? a M y su elocuente monólogo defensivo, donde no sólo quedan constatadas las portentosas virtudes gestuales de Lorre, sino también la definitiva reflexión moral y social que entraña la historia. ¿Les suena todo esto? Lo que les decía…

“M” ofrece la pulsación del temor a lo imprevisto y sospechosamente malvado en una sociedad reglada por una desfavorecedora jerarquización de poder, hablándonos sobre la forzada ignorancia y primitivismo del pueblo raso frente a unas altas esferas, legítimas o no, de dudoso honor y oscura labor, indistintas en el fondo; y reflexiona sobre la ambivalencia de la maldad y el consecuente imperativo de juzgarla de manera ponderada y paciente, estableciendo un estremecedor retrato de una personalidad desequilibrada, mil veces imitado. A películas como ésta les debemos todo el enriquecedor legado posterior. Les debemos nuestro deleite actual.

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