Y el gran Spielberg llegó. Tras el pequeño batacazo que supuso su primera película hecha ex profeso para el cine un año antes (Loca evasión, 1974), el realizador filmaría la que después siempre ha sido considerada una de las cumbres de su carrera y, casi con toda probabilidad, la película más terrorífica que se ha hecho sobre las aguas: Tiburón.
Un clásico inolvidable para todas las generaciones, tanto los jóvenes afortunados que tienen la suerte de encontrarlo por primera vez, como los que tenemos la inmejorable ocasión de redescubrirlo y deleitarnos a cada nuevo visionado. Un film que alcanza la entidad de fenómeno social, por el tremendo impacto que causó en su estreno (ampliamente publicitado por la productora, generando un gran halo de misterio previo que sirvió de perfecto gancho comercial para la masa) y, sobre todo, por la indeleble marca que siempre ha dejado en el público tras su visionado. Nadie olvida ese terrible escualo de fauces siniestras, reconvertido en monstruo... sobre todo los veraneantes que se acercan a las playas en cualquier tiempo, ya sea pasado, presente o futuro. En ese sentido, el grado de impacto personal que imprime sobre la memoria del espectador es comparable al que causa Hitchcock con su celebérrima escena de la ducha en Psicosis. Miedos de la cultura popular, un auténtico hito cinematográfico.

Jaws se basa en una olvidada novela del mismo nombre escrita por Peter Benchley, quien escribe el guión en colaboración con Carl Gottlieb; un thriller más o menos inquietante que cobra verdadera vida e insufla miedo real cuando es puesto en imágenes por el genial Steven Spielberg. La sensación de constante tensión en el que mira, como causa de su identificación con la masa amenazada en las imágenes (semejantes suyos) y fruto del progresivo grado de mostración del ente amenazante, es el principal valor narrativo de la cinta, y precisamente donde reside la clave de su comercialidad. Se auna, así, el sentido meramente lúdico, de entretenimiento, con una calidad e inteligencia compositiva que van más allá de lo estrictamente cinematográfico, de manera que el resultado contenta a todos.
En realidad, Tiburón no es sino una reformulación de El diablo sobre ruedas -el hombre corriente, inesperado héroe, que tiene que luchar a vida o muerte contra una amenaza insospechada y fatal, de raíz monstruosa; entonces un misterioso y andrajoso camión, ahora una tremenda máquina de matar en forma de pez gigante-, sólo que filtrada a través de una capa de accesibilidad mucho más abierta y seguramente mejor pulida, impuesta por una concepción de proyecto de un mayor rango (reflejado directamente en el presupuesto) e intenciones de emoción a gran escala.

Por todo lo anterior se confirma Spielberg, porque es capaz de aplicar su exquisita técnica y manejo tras la cámara, constatables ya en su primer largo pero impulsados y mejorados de manera definitiva en éste, para la creación de una obra mayor, refinando su arte y, por tanto, el alcance del mismo, en todos los aspectos. Suerte que su crecimiento fue paralelo al de su fiel y escudero compositor John Williams, otro maestro donde los haya que parió para este film unos acordes que no dejan de percutir en nuestra psique como una de las formas más perfectas de la intranquilidad delante de una pantalla.
Cuando esté en la playa (que va a ser en breve) no le daré la espalda al mar por lo que pueda pasar, que yuyu...